La semilla del terror: por qué los libros de terror no dan miedo hasta que te ves en situación
- Héctor Peña Manterola

- hace 7 días
- 8 min de lectura

Introducción
El niño de Parque Jurásico se reía de los velocirraptores porque eran "pavos de dos metros" hasta que Alan Grant le enseñó de lo que eran capaces con las garras.
Es una escena icónica, no solo porque afile las uñas de los paleontólogos (¡no son raptores, son Deinonychus!), sino porque logra que cuando esos dinosaurios acosan a los protagonistas tanto ellos como el espectador saben de lo que son capaces sin necesidad de ponernos explícitos.
Esta misma idea puede aplicarse a los libros de terror. La mayoría de los lectores dicen que leer no asusta, que un pasaje no puede meterte el miedo en el cuerpo. Y, como autor que ha construido su carrera sobre el género, creo que pueden tener razón.
Mientras lees, estás sentado en el sofá con café y con buena luz, o en la playa escuchando el rumor de las olas, o en el metro, atento a la música del raquero de turno que tiene los modales de una motocicleta. La lectura es un refugio. Todo es ficción.
Entonces, se va la luz. Alguien grita desde el agua. Las ruedas del metro chirrían y se detienen.
Es el momento en el que germina la semilla de aquel libro que no daba miedo.
1) Una cuestión de puntos de vista
Los únicos libros capaces de convencerte de que existen los fantasmas son adorados por millones de personas.
Un escritor de terror no busca convencerte de que el monstruo de turno existe. Es probable que sea una invención personal que represente un temor colectivo, o que lo rescate del folklore (y por lo tanto ya haya personas que sospechen o, al menos, duden de su existencia). Lo que intenta es que esa aportación sirva al único fin de la literatura de ficción: hacer que la historia sea más entretenida.
Una película cuenta a su favor con el aspecto audiovisual. La banda sonora nos condiciona, pastorea nuestra predisposición a la tensión narrativa. Luego, al ver a la entidad, quizá se nos retuerza el estómago, o nos perturbe. Nuestro cerebro está viendo algo real. El miedo es palpable, aunque una vez que la amenaza toma forma, lo que queda es suspense y la impresión de las escenas más viscerales.
Con un libro no sucede lo mismo. Además, los autores tendemos a regodearnos en las descripciones de las criaturas, recurriendo en ocasiones adjetivaciones decimonónicas. Es difícil asustar a alguien con "las venitas que se traslucían bajo la marmórea piel de las muñecas".
Lo divertido ocurre a libro cerrado. Cuando el perro ladra de noche, erizado el lomo, hacia el final del pasillo. Tu cerebro amodorrado titubea antes de incorporarte. Te recuerda la historia del hombre aquel que se colaba de noche en las casas con una máscara antigás y drogaba a los maridos para que se rieran a carcajada limpia mientras reducía a sus esposas a filetes con el propio cuchillo de trinchar carne de la cocina.
El motivo por el que novelas como MIMO se quedan contigo es porque la imaginación siempre gana.
2) El miedo necesita contexto
De pequeño, me impactó muchísimo la película Tiburón, tanto que siempre le he tenido un miedo atroz al agua (ayudó que casi me ahogara en un par de ocasiones).
De luna de miel en Maldivas, después de haber visto bancos de tiburoncitos y otras especies exóticas, la pesadilla se materializó. Mi mujer y yo estábamos en el agua cuando un escualo de dos metros nadó a unos centímetros de mí, entre la orilla y nosotros, el ojo de buey atento a un hipotético movimiento brusco. La adrenalina posibilitó que mantuviera la entereza. "Sal del agua. Tiburón".
Mientras el escualo nadaba hacia una formación rocosa, todavía a escasos metros, mi mujer recortó la distancia conmigo y salimos. Pese a que yo me recuerdo templado y ella le quitara hierro al asunto diciéndome que no era para tanto y que me había quedado blanco, en mi cabeza se reprodujeron las escenas del tiburón de Spielberg destrozando barco y capitán, unidas a un teleprompter donde iban apareciendo los párrafos iniciales de la novela: el gran pez, el nado, el impacto del mordisco. Un cuerpo que se agita como una marioneta y que podría haber sido cualquiera de los nuestros.
Una experiencia similar me llevó a escribir Mo-Ho en mi última etapa en Cantabria antes de mudarme a Madrid. En El Astillero, mi pueblo natal, hay un pantalán que conecta las Marismas Negras con las Blancas, que se abren a la bahía. Pasa bajo las vías del tren y la autovía. Cuando estaba en forma, solía frecuentarlo como parte de mi itinerario.
Caminas paralelo al agua, literalmente. Cuando sube la marea, tienes que ir agachado o incluso en plan comando. El agua está tan sucia que no ves nada.
Muchas veces, entrenaba de noche. Si algo liberado por algún vecino hubiera establecido su nido en las alcantarillas que desembocan en las marismas, o un animal desorientado en la bahía hubiera llegado aquí... El miedo a escuchar un chapoteo seguido de sentir una fuerte presión y de ser arrastrado al agua es real.
Después de presentar la novela, recibí comentarios de gente que salía a pasear por la zona. Ya no les hacía tanta gracia.
Las lecturas permanecen latentes hasta que tus circunstancias se asemejan a las de los personajes de la novela. Te pierdes en el bosque, comienza a anochecer y el viento aúlla entre los árboles. Un familiar desarrolla demencia. Debes entrar solo en la casa de tus padres fallecidos.
El terror necesita contexto.
3) El monstruo como metáfora
Stephen King es una de mis grandes influencias, igual que para tantos otros escritores.
Parte de su éxito viene de llevar lo particular a lo universal. Utilicemos como ejemplo El misterio de Salem's Lot. La película reciente fue un fracaso porque se centra en los vampiros. Y sí, es un libro con vampiros, pero no de vampiros. Hay persecuciones, combates y colmillos. Eso queda genial. Pero si King hubiera estructurado así su novela, considero que no hubiera aportado a su carrera lo que hizo el texto real.
El misterio de Salem's Lot trata (en muy resumidas cuentas) de un escritor que regresa a su hogar natal después de la muerte de su novia en un trágico accidente de moto. Allí recuerda los miedos de su infancia, en concreto la mansión abandonada donde se coló por una apuesta infantil. Creyó haber visto al dueño, que se había suicidado después de cometer un crimen. Mientras el escritor se enamora y trabaja en la novela, un nuevo habitante adquiere la propiedad. Comienza lo inexplicable.
Al lector promedio quizá no le gusten los vampiros. King tarda páginas (y páginas, y páginas) en mostrarlos. Lo que hace es describir la vida de un sencillo pueblecito norteamericano en los setenta de una manera cruenta y realista, alejada de la imagen de la campiña inglesa que la mayoría tenemos en la cabeza gracias a Tolkien y sus hobbits.
En la obra de King, el vampiro es un catalizador de las dinámicas humanas. La esposa infiel que tiene un amante joven, el sacerdote beodo, el abusón escolar... El vampirismo se transmite con la virulencia de una bendición que permite dar rienda suelta a los deseos más oscuros de cada cual. Cualquier lector puede verse identificado en estas dinámicas y disfrutar de los monstruos, consciente de que ya estaban ahí antes de la llegada del conde vampiro.
Creo que esta es una de las razones por las que Cabárceno sigue vendiéndose cuatro años después del lanzamiento y tiene buenas reseñas, a pesar de ser mi primera publicación (con lo que implica a nivel de ritmo, prosa, etc.). Los sucesos con los animales zombi empujan a personas corrientes a actuar como son, libres de ataduras..., ataduras que nos limitan en nuestro día a día cuando el vecino empieza a taladrar la pared a las ocho de la mañana un sábado. Y es lo que me llevó a invertir un tercio de Mo-Ho en la construcción de la atmósfera antes de enseñar a la criatura. El monstruo es un catalizador y una metáfora.
4) Como el buen vino
Siempre se ha dicho que el momento vital influye de manera relevante en la manera en la que recibimos las lecturas. Con el terror ocurre lo mismo.
Con quince años, me impresionaban estas películas que usaban una grabación cenital para mostrar falsos documentales de espíritus y posesiones. Aunque mi caso es peculiar al sufrir parálisis del sueño de manera recurrente hasta hace unos pocos años, pero... Lo que me asustaba era el grado de realismo.
En cualquier caso, vivía con mis padres. Ellos me protegerían, o decidirían que había llegado el momento de mudarnos antes de que alguien empuñara un cuchillo y no atendiera a razones.
Con veintipico, usé los fantasmas como concepto central para escribir Mecánica de fluidos. Ya había probado la experiencia de vivir por mi cuenta. El edificio era viejo, y el maderamen del ático tenía debilidad por los conciertos nocturnos. Cada crujido parecía una pisada. Nadie podía protegerme. Éramos ella y yo contra el mundo.
En unos años, volver a un lugar cargado de recuerdos quizá traiga asociadas otras experiencias.
Con esto quiero decir que el lector de quince años entenderá el libro (incluso el de nueve puede tener miedo al leer Traumas; el terror infantil debe centrarse en elementos rutinarios de los chavales); el de treinta, el miedo; el de cuarenta las tragedias asociadas, y así. La vida tiene la mala costumbre de comportarse como un túnel que se estrecha.
5) De vísceras y semillas
Hace unos días, un buen lector de mi obra me comentó que Ciudad Terrible era mi novela menos gore y la más científica. Para contextualizar, es un libro con dinosaurios. Soy explícito siempre, menos cuando quiero recortar porque me siento vago. Esto implica que cuando un T. rex parte por la mitad a un guarda, o un Deinonychus le saca los higadillos al camarógrafo, lo describo.
La diferencia con, por ejemplo, MIMO, es que en esta novela los asesinatos son muy impactantes y la atmósfera es más negra, más opresiva. Los personajes mantienen monólogos internos pesimistas, el clima se predispone a la desgracia, la ausencia de ciencia dura cede el paso al imperio de la filosofía. Cuando un asesino en serie practica el canibalismo contigo mientras se flagela por ello o convierte a tu sobrino en atún, hay bombillas que se funden.
Una parte importante del terror moderno intenta generar miedo mediante violencia, monstruos, vísceras... Esto es efectivo y alimenta el conflicto y el ritmo de la obra, vinculándose con la cultura audiovisual del lector contemporáneo. Pero lo que permanece sigue siendo la semilla. Las escenas de MIMO que transcurren en el hospital son pavorosas mientras que la de la tarta de bodas pasa aparentemente desapercibida... hasta que acudes a un enlace y percibes algo raro. O, en el primer caso, cuando te pasas una temporada hospitalizado, el cerebro te recuerda que, en cualquier momento, alguien podría colarse en tu habitación con malas intenciones.
Si consigues que tu novela altere la manera en la que el lector interprete la realidad, has ganado.
Conclusiones
El cerebro humano funciona por asociaciones. El objetivo de un libro de terror es crear nuevas asociaciones entre estímulos cotidianos y amenazas extraordinarias. A este punto, tanto la experiencia vital como la imaginación completan el cuadro: el estímulo realiza el boceto y tus vivencias lo pintan.
Es, por tanto, una semilla. Mientras la sostienes en la mano parece inofensiva. Un día, la vida la lleva al terreno adecuado y germina.
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