Un dinosaurio en el salón - Historia corta gratuita de Ciudad Terrible
Actualizado: hace 3 días
Abandoné el Puesto de Mando con los pantalones por las rodillas, trayendo conmigo los gritos agónicos de mis compañeros, a los que devoraba la manada de deinonychus.
Es probable que esta no sea la forma más alegre de comenzar el testimonio. Me disculpo de antemano, pero lo que sigue no es mejor. Si no, no estaría aquí, grabando este programa para… ¿Netflix?
A lo que iba. Mi culo seguiría soldado a la incómoda silla de oficina y tendría los labios al rojo vivo de mordérmelos cada vez que el imbécil de Garet me dijera que había traído plátanos para almorzar, que si me hacía compartirlos. Queda feo que diga que me alegro de que lo encontraran…, bueno, como lo encontraron, ¿verdad?
Por mí podía haberse quedado en Essex. Él y todos. En buen momento vi la oferta de trabajo, contacté con la empresa de recursos humanos y acepté doblar el lomo de ocho a ocho en Ciudad Terrible. ¡Al lado de casa! ¡Excelente ambiente laboral! ¡Dinosaurios reales!
Puta vida.
Aquel día teníamos la prueba de campo. Me ahorraré los detalles e iré directa al grano: Vólkov, el jefazo, había invitado a una comisión de investigación norteamericana, un escritor farandulero y un paleontólogo. El que salía en la tele, Miguel Sanz. El día transcurrió con normalidad hasta la caída de los sistemas. Me pilló recopilando las facturas para enviárselas a la gestoría. A una, estaba descargando el extracto de un envío de material inflable; a otra, la fantasmagórica luz de emergencia perfilaba arrugas de terror en los rostros de mis compañeros. Supongo que yo, Inés Rojas, no era la excepción.
Al cabo, volvió la luz. Comentarios, ajetreo, ese tipo de cosas. Tampoco me detendré aquí.
El punto de giro donde el mal sueño se convirtió en una vertiginosa pesadilla, de esas que te anclan los tobillos a la cama y te pelan capa a capa con una cuchilla de afeitar, llegó instantes después de ver a la enorme y calva mole rusa de Vólkov recorrer apresuradamente el pasillo hacia el hangar, acompañado del asiático sin lengua. O, como le llamábamos, «Mr. Perrito Faldero». Bajé la mirada hacia la pantalla, la tormenta rugiendo sobre nosotros, y permanecí así hasta que se hizo evidente que el repiqueteo no lo provocaba la lluvia contra el cristal.
Garet se levantó. Llevaba un jersey ajustado que realzaba su trabajo en el gimnasio —ninguno; su barriga tenía la pendiente del cráneo de una foca monje— y, en la muñeca, un reloj digital de plástico de los que venían con los cereales cuando los empresarios eran menos tacaños. Caminó en sentido inverso a Vólkov, hacia un rumor metálico.
—¿Se habrá olvidado la correa el paleontólogo? —dijo en voz alta, casi exclamando, mientras abarcaba la oficina diáfana con ambos brazos.
Rebajaba la tensión como un lingotazo de vodka el nivel de alcohol en sangre.
Yo llevaba desde el apagón con ganas de orinar, y como para ir al aseo tenía que pasar junto a la mesa de Garet, lo había retrasado hasta un punto límite. Aproveché su ausencia. Tuve que empujar su silla, ya que ni de eso fue capaz; el aire de su espacio estaba viciado con una mezcla de perfume de moras, sudor corporal y esa humedad mohosa que llegaba por los conductos de ventilación.
Dejé la oficina, entré al aseo y me bajé los pantalones para sentarme en el servicio. En medio del gustirrinín que produce liberar lo que lleva tiempo cautivo, escuché un grito. Me quedé quietecita, con el recorte de papel higiénico en la mano derecha; los móviles nos los confiscaban al inicio de la jornada para evitar filtraciones.
Estuve así varios segundos. Supuse que a alguien se le habría acabado la batería de los cascos y se habría reproducido por los altavoces el audio de la película que estuviera viendo en YouTube. El caso es que era una suposición que no tenía razón de ser. Usábamos ordenadores cedidos por Future Gen Dinasty, con más cortafuegos que los bomberos de Los Ángeles, en los que cualquier web no corporativa estaba vetada. Saltaba un aviso a los informáticos, o algo así.
Cerré los ojos y suspiré. Algo sonó entre las paredes. El viento haciendo de las suyas, o un ratón de campo desorientado en los conductos de ventilación. Mientras me limpiaba, noté que el aire se impregnaba del dulzón aroma de la fruta en descomposición. No recordaba haber almorzado nada que dotara a mi orina de ese olor.
Me encogí de hombros —en sentido metafórico, claro— y me levanté. Quizá fue el movimiento pendular de mi cabeza al agacharme para coger la cintura del pantalón; o que el ambientador rociaba el espacio entre cabinas con menor intensidad, como si fuera incapaz de frenar la peste a muerto que ahora rondaba a ras de suelo, y me contorsioné sutilmente al provocar una arcada, pero mis ojos avellana se quedaron prendidos de la rejilla de ventilación.
O, más bien, del hocico estrecho y estriado que asomaba por ella.
Las fosas se contrajeron y dilataron con una cadencia casi hipnótica, y al moverse el cuello en las sombras, una pluma turquesa del tamaño de mis pulgares se desprendió y flotó haciendo eses hasta aterrizar sobre la cisterna. La luz del plafón dibujó una franja blanca en el ojo rasgado y, a mi parecer, ávido, de la criatura.
«Pero, ¿qué?».
Cerré los ojos y negué con la cabeza, apretando los párpados como si se me hubiera ido la olla. Al abrirlos, el dinosaurio todavía estaba allí. Una uña curva, ónice, se enroscaba en dos rejas e intentaba arrancarlas.
Tiré de la puerta hacia el interior y corrí hacia el pasillo, con, como he dicho, el pantalón por las rodillas y el culo al aire. Me subí apresuradamente las bragas; era algo. Creo que grité. El sonido se perdió en el escándalo de la oficina. Los raptores estaban dentro del Puesto de Mando y ¿qué había de los protocolos que impedían que atacasen a los humanos? Sí, esos que nuestro espléndido equipo de ingenieros había instalado en los robots —porque, realismo aparte, los dinosaurios de Ciudad Terrible eran puñeteros robots—. ¿Qué pasaba con ellos?
El brazo de Garet os podría haber dado un testimonio mejor. Saludaba con la mano abierta, dándose trompazos contra el suelo de linóleo. O quizá hubiera sido mejor preguntar al deinonychus al que se le había atascado el húmero en la garra con forma de hoz.
¿Que cómo sé que era suyo?
Lo reconocí por el estúpido reloj de caja de cereales.
Corrí, a trompicones, hacia el acceso principal, con la llave magnética colgada al cuello. Rebotaba en su funda de plástico contra mi pecho. Había desistido de volver la vista; me perseguían los ruidos de los ordenadores y las mesas al volcarse, de las pantallas al estallar, de los mordidos. Los destripados creo que no daban la lata.
Dejadme soltar la frustración, coño, que me tiembla el alma solo de pensarlo.
Crucé por el vestíbulo sin acertar con el botón del pantalón. La máquina expendedora hacía ese siseo malicioso de refrigeración. Vi, a través de la puerta de cristal blindado, un coche negro que abandonaba el hangar. Las ráfagas de viento emborronaban el paisaje al arrastrar la lluvia. Corrí con el brazo izquierdo en alto, mientras con la mano derecha me arrancaba la cinta de la que colgaba la tarjeta. Grité como una idiota. En una situación así, uno comete el típico error de vaciar los pulmones con un:
—¡Aquí, no os vayáis sin mí!
Y alguien, desde luego, no pretendía irse.
El deinonychus turquesa resopló desde el umbral, diez metros por detrás de mí. Vi su reflejo en el cristal arañado. Su labio inferior vibraba, convirtiendo el sonido gutural que se elevaba desde su garganta metálica en el preámbulo de algo espantoso, al menos para mí.
Sin pensarlo, deslicé la tarjeta por el lector de la pared. El mecanismo emitió un cloqueo hidráulico cuando las hojas comenzaron a deslizarse por los rieles. Mientras se separaban, vi que el raptor se contraía sobre el vientre, agachando el cuello como si fuera una caña de bambú ligeramente flexible.
Diez metros no era nada para esa aberración; yo firmé la factura del estudio de biomecánica.
Salí de perfil. La lluvia me recibió cegándome con sus gotas frías; gracias. Del otro lado, las pisadas del cazador.
Di un fuerte codazo a las hojas de cristal blindado aprovechando el impulso del giro. Entonces, lo vi, en el aire, como el pollo monstruoso que era. Mi cerebro decidió fotografiarlo para compartir recuerdos bonitos antes de dormir. Tenía el vientre claro, prácticamente desnudo de plumaje, y las piernas recogidas de manera que las hoces eran lo primero que iba a impactar contra mí.
La puerta se bloqueó. El deinonychus tardó ese segundo en estrellarse contra ella. Las hojas apenas temblaron. Dominado por el frenesí, intentó deslizarse por el vano. Había sacado una de las extremidades posteriores y me buscaba con una desesperación que ya hubiera querido ver en mis exnovios.
Me alejé hacia los marjales, dando la espalda a los graznidos ansiosos y al traqueo del mecanismo de la puerta al cerrarse.
«Chúpate esa, cabrón», pensé. Cien por cien que pensé eso. Fui la única que prestó atención durante el simulacro de ataque terrorista, y eso me salvó la vida: en caso de impacto, las puertas se cierran. Fin. ¿Hubiera servido el del raptor? Y yo qué sé.
Lo único que tenía claro era que estaba conmocionada. Poneros en mi lugar. Me limpié los dientes prometiéndole al espejo que haría lo posible por no cruzarle la cara a Garet. Almorcé la ensalada del táper con la angustia de a ver si no cerrábamos por culpa de la inspección norteamericana. Luego, el apagón; tos nerviosa.
Y ahora estaban todos muertos.
No dejé de correr por los raíles del Estegotren —no recuerdo el nombre del otro— hasta que la tormenta amainó. Los mosquitos zumbaban en mis oídos. Me habían dejado los brazos llenos de ronchas y tenía un incomodísimo picor en la parte baja de la espalda. Sí, sí, a estas alturas ya llevaba abrochado el pantalón.
La luz había declinado. Las gotas caían de los árboles hacia el agua estancada. Me volvía con cada ruido, con cada perturbación en el agua, y la oscuridad se hizo tan densa que tuve que caminar despacio, ya que no veía dónde ponía los pies.
El autoengaño, como todo en esta vida, tiene límites. El mío llegó cuando un rugido grave y cavernoso se abrió paso entre los árboles. No, Inesita mía, no. El fallo no se había limitado a los deinonychus. Las diecisiete especies del parque eran libres ahora, libres del yugo humano. Los herbívoros actuaban a la manera pacífica —y territorial; he visto pelis— de los herbívoros, y los carnívoros… Bueno, a la manera de echarle una mano a Garet.
Me acurruqué contra un tronco cercano. Estaba llorando. Dios, llevaba un rato necesitándolo, pero mi tonta yo catatónica había suprimido cualquier estímulo producido por algo remotamente parecido a una emoción. Apreté la frente empapada contra el antebrazo y grité contra el dorso de la mano opuesta. Creo que tuve algo cercano a una epifanía. Me vi a mí misma vieja, rodeada de gatos, en una casa en ruinas. Eso hizo que llorase más fuerte.
De pequeña, mi padre me había perdido en el parque de bolas. No viene mucho al caso, pero lo diré para que entendáis mi aversión a la soledad. El viejo se puso a leer y, cuando quiso darse cuenta, estaban cerrando y yo me había escapado. Mis pasos me habían llevado a un tobogán hecho para niños más pequeños que yo, tanto en edad como tamaño.
Estuve atrapada seis horas.
En Ciudad Terrible, debajo de uno de esos árboles de pantano y siendo devorada por ese enjambre universal de mosquitos, me sentí igual. El mundo me daba la espalda. Sería un cadáver de noticia, eso sí. El de la única ilusa que abandonó el Puesto de Mando para morir debajo de un árbol artificial, con el esqueleto cubierto por un manto de musgo y una colonia de hongos en los hombros.
Nunca he sido de manifestar. Lo considero un engañabobos. Y, sí, mi carácter ya era una mierda antes del siniestro. No tengo ni la más remota idea de qué causó que la cría de dinosaurio buscara cobijo en mi regazo, y agradezco que descendiera por el tronco como los lagartos normales y no lanzándose de cabeza. Me hubiera roto los huesos.
La cosa es que sentí su contacto pequeño y resbaladizo, la rugosidad de su cresta ósea. Incluso a la escasa luz lo reconocí como uno de esos triceratops enanos sin cuernos que pastaban por el marjal. Los cerebritos que nos habían condenado a todos habían decidido, en un alarde de empatía, fabricar crías, por eso de que podían levantarse a dos patas y jugar con los niños. Aseguraron que dispararían las ventas de peluches. ¡Peluches! Esta, del tamaño de un chihuahua, pero con el cuerpo de un cerdo vietnamita y la cola de una lagartija, se tumbó en mi blusa empapada y metió el pico de loro entre los botones.
—¡Quita, bicho! —exclamé, poniéndome de pie de un brinco.
El dinosaurio se despatarró.
Maldije. Acababa de indicarle dónde estaba la cocina a todos los depredadores a la redonda. No me quedaba más remedio que buscar otro árbol donde pudrirme.
Me había dado la vuelta para irme cuando el animalillo tiró de mis cordones con el pico.
—¿Se puede saber qué circuito se te ha fundido? —pregunté en lo que consideré un tono moderadamente más bajo. No lo era.
Lo aparté de un puntapié. Noté las costillas metálicas bajo el mullido revestimiento. El dinosaurio emitió un gemido, seco y quejicoso, que hizo que me sintiera una miserable maltratadora de cachorros. Sin embargo, no tuve demasiado tiempo para autoflagelarme. Noté otro tirón, este en la etiqueta que salía del talón de mis playeras.
Frustrada, abrí y cerré los dedos como si fueran los tentáculos de un pulpo en medio de un ataque epiléptico. Suspiré por el hueco entre los paletos y me acuclillé.
—Eh, ya. Basta.
Giré los talones y el dinosaurio giró conmigo. Tironeaba con ganas, lo reconozco. Esos picos de loro en miniatura tienen un agarre excepcional.
Me disponía a cogerlo cuando me soltó. Qué alivio. O lo hubiera sido si no la hubiera tomado, de nuevo, con mis cordones. Intuí que trataba de enseñarme algo. Consideré la inteligencia maliciosa de los raptores —el ojo en el conducto de respiración, el sigilo con el que intentaba caerme encima mientras me limpiaba el pis—. Este gnomo deforme que se resistía a irse no podía ser tan estúpido como aparentaba.
—A ver. Voy. Ya. Deja mis putos cordones en paz.
Di un paso con el otro pie, esquivando una de las raíces del árbol. Una colonia de setas había crecido en la umbría. Lo sé porque la aplasté.
El dinosaurio me condujo detrás del árbol. Saltó sobre otra raíz y corrió por ella hasta llegar al tronco y se encaramó, de un brinco, a la manera de un koala. Las nubes se desplazaron lo suficiente para que la pálida luz de la luna rielara en el agua estancada. El animalillo me miraba con sus ojitos de sapo, expectante; no adivinaba por qué. Trepó en diagonal hasta quedarse sobre el marjal, delante de una rama cimbreante que se curvaba en un arco tosco. Con insistentes movimientos de cabeza, me instaó a seguirlo.
«¿Por qué no?», pensé. Mi cuerpo se preservaría mejor en el agua.
Metí un pie, que era el equivalente a introducir hasta la rodilla. Estaba tan frío que apreté los dientes; sorprendente, considerando que estaba empapada. Hice lo mismo con el otro y avancé dos pasos desplazando la masa de agua rancia —y el enjambre de mosquitos— conmigo.
El dinosaurio me miró y ascendió hasta la copa, afianzándose en las grietas de la corteza. ¿Para esto…?
Escuché un bufido que resonó en mi caja torácica. Procedía del camino, de un punto no muy lejano. Mis sentidos reaccionaron con fuertes y dolorosos latidos, con una capacidad auditiva aumentada. Percibí la pesadez en el aire y las leves vibraciones del terreno.
Se acercaba algo enorme.
Me incliné hasta tocar el tronco con los antebrazos. Estaba empalagoso. O quizá era yo, que sudaba como una cerda y el sudor se mezclaba con la humedad de la lluvia.
Las vibraciones se convirtieron en pisadas. Vi la silueta bípeda de un allosaurus entre los árboles, moviendo la cola y la cabeza sobre los raíles. El tren que llevaba a los empleados al Puesto de Mando pasaba por los territorios de ese dinosaurio, parecido a un T. rex, pero de menor tamaño.
«Así que de esto querías avisarme».
Ya fueran mis piernas, que se derritieron por un colapso nervioso, o mi instinto de supervivencia tomando el control, me sumergí silenciosamente hasta quedar con las piernas estiradas, los pies clavados en el fango y las manos ancladas a las raíces. Asomaba la frente, los ojos y, por supuesto, la nariz para respirar.
El allosaurus se acercó con pasos cautelosos. La superficie del pantano tembló. Una ola de agua se encrespó y me golpeó el remolino del cabello.
La cabeza alargada y estrecha trazó una sombra negra sobre el marjal gris, la de un cocodrilo que invertía el rol que le había asignado la naturaleza.
Esperé a que regresara al camino y aproveché para llenar los pulmones y sumergirme por entero. Sentí la vibración causada por las pisadas en las raíces. Me costaba mantener los dedos aferrados a ellas. Era como tener púas presionándome en las yemas.
Al cabo de unos segundos, el temblor se detuvo. Ladeé la cabeza mientras pugnaba contra un ardor arenoso en los pulmones. La sombra estaba sobre mí, como una nave espacial suspendida en el vacío interplanetario. Estuve a punto de gritar cuando lo que solo pudo ser un hilillo de baba golpeó la superficie a centímetros de mi cara. El agua se enturbió —más todavía— y, tras la reorganización de la porquería, la clara silueta del disco de la luna resplandecía como un pecio en el fondo del océano.
La tensión me la jugó. Solté el poco aire que me quedaba y la boca se me llenó de esa agua que sabía a tierra y a líquido de frenos. Saqué la cabeza, abrí los dedos y me quedé de rodillas. Boqueando. Oteando el camino con la visión desenfocada.
El allosaurus estaba delante de mí.
Tenía piel de serpiente en las piernas, pero, más arriba, su espalda era una llanura marciana castigada por una lluvia de meteoritos. Una hilera de escamas la dividía en dos mitades. Volvió la cabeza hacia mi árbol, desencajada la mandíbula. Al verlo tan cerca, deduje que había tenido un enfrentamiento saldado con una rotura y varios desgarros en el revestimiento del pecho. Los dientes inferiores colgaban como los de un muerto viviente, y el esqueleto interno de metal asomaba con su característico brillo.
Me pegué al tronco. Estaba convencida de que me veía. Mis lágrimas —silenciosas, al menos— abrían surcos de piel rosada en la pátina de saliva y agua turbia que me impregnaba la cara.
El allosaurus olfateó el tronco, tan cerca que respiré el mismo tufo a líquido de frenos. Sus ojos eran cuentas lechosas. Rugió, tan alto que camufló mi grito. Los mechones apelmazados se separaron de mi frente, expuestos a un soplador de hojas de última generación. Luego, bufó. La mandíbula inferior repiqueteó cuando se dio la vuelta y se alejó por la misma dirección que tenía que tomar yo para abandonar Ciudad Terrible. Menuda suerte tengo, ¿verdad?
Menuda suerte de mierda.
No tengo manera de saber cuánto tiempo permanecí así, quedándome como una uva pasa. Reaccioné cuando el pequeño dinosaurio trepador me dio un picotazo en la sien. Pegué un brinco y dejé que el cabreo barriera el miedo.
—¿A qué ha venido eso?
Lo tenía a unos centímetros, encaramado al tronco. Meneaba la cola con la expectación de un cachorro —uno al que había pegado—. Me levanté con nula dignidad, chorros de porquería de por medio, y regresé al camino. El dinosaurio saltó sobre la hierba aplastada y corrió hasta quedarse unos metros por delante de mí, un bulto negro de ojos resplandecientes.
Lo seguí.
Admito que me da mucha vergüenza reconocerlo, pero le di un nombre. Sabía que no era un triceratops y mi estabilidad mental dependía de que no me sintiera sola. A alguien de confianza no le llamas «amigo» o «vecino», ¿verdad? Para algo se inventaron los nombres. Son contenedores. Recipientes. Te atrapan y te definen. Son, a la vez, cartas de presentación y carteles de Se Busca.
Por eso, lo llamé Coj.
Porque no paraba de tocarme los cojones.
Coj correteaba paralelo a la orilla. Ramoneaba unos arbustos de los que están infestados de garrapatas —cada vez que me rozaban los tobillos, me frotaba como si quisiera arrancarme la piel—, en los que se detenía para arrancar frondas a tirones. Era el animal más nervioso que he conocido, y ni siquiera era un animal de verdad. Me sacaba de quicio.
En una ocasión, me saltó sobre las playeras con las patas llenas de barro. Ya las tenía hechas un asco. El problema fue que se me escapó un gritito, porque pesaba un quintal, el muy…
Busqué al allosaurus en el horizonte. Solo hallé hierba plateada, sombras y silencio.
Parecía que todo iba bien. El agua estaba en calma la mayoría del tiempo, a la tormenta no le daba por arreciar y el instinto programado de Coj le enviaba tan lejos de Puesto de Mando como a mí el mío. Comencé a chinarme cuando al tontosaurio le dio por alzarse sobre las patas traseras y arrullar. Era el típico hipido de un perro que tiene que salir a la calle porque se mea.
—Hazlo en cualquier parte.
Siguió a lo suyo. Movía la cabeza —y la cresta, claro— a los lados, como si olfateara el fétido olor del pantano con las fosas situadas a los lados, tras el pico.
Exhalé y lo dejé atrás. El marjal se abría a un espacio abierto desde el que podría seguir la ferrovía al sur, donde no había carnívoros, y abandonar el parque. Me detuvo una sombra maciza entre los árboles.
Estaba inmóvil, como esas tarántulas que excavan sus trampas en el suelo y esperan que a que un desafortunado roedor pase por delante para… ¡ya me callo! Por mi departamento no habían pasado facturas de la fabricación de tarántulas prehistóricas de un metro de abdomen. Eso no impidió que el pensamiento me despertara un terror viscoso y un picor en los hombros. Me sacudí. La sombra seguía quieta. Coj se había acercado a ella —y a mí, de paso— y continuaba con su sollozo.
—¿Estás esperando que alguien te ponga un micrófono? Pesado.
Solté un resoplido y me subí a una raíz. La sombra tenía una abolladura azulada en el costado, que brillaba fría contra el tronco del árbol donde me había subido.
Pasé a otra rama, con cuidado de no resbalar con el liquen. Desde allí se veía mejor. A la abolladura la seguía un cráter estriado y, en lo más hondo, media decena de hendiduras desde las que manaba la luz. Eran pilotos del interior de un dinosaurio del tamaño de una oveja. Una cresta como la de Coj, modelo escudo, estaba medio sumergida. De la cabeza, ni rastro.
Al buscarla, vi que la luna reflejaba más bultos. Paré al contar nueve. Bajé de las raíces y me acuclillé delante de Coj, con el labio inferior metido en la boca.
—Ya lo siento, de verdad. Mucho.
Coj apoyó las patas delanteras en mi rodilla. Esta vez me dio igual el peso el barro. Lo sujeté por debajo de las axilas y lo alcé. Intentó lamerme la cara con la lengua.
—Tampoco nos pasemos con las confianzas.
Creo que me salió un tono animado.
Apreté a Coj contra el pecho, le pasé una mano por debajo y nos alejamos de allí.
El marjal terminaba en una pradera cerca del Río de Fuego. Llegué a ella con los brazos rígidos, sufriendo ese tipo de congestión paralizante que te hace sospechar que, si fuerzas, van a partir. Coj se giró y tuve que poner a prueba mi teoría. Sentí un dominó de pinchazos desde el hombro al antebrazo. Me agaché para ponerlo en el suelo, pero, cuando lo tenía por la cadera, se escabulló y saltó.
«Maldito desagradecido», pensé.
Avanzó unos metros, alejándose de las vías. El paisaje descendía una sombra brumosa donde debería estar el puente, y se abría, al norte y al oeste, a una penumbra bañada por la luna: el Risco del Tiranosaurio. Ni en sueños me hubiera acercado allí.
Coj se detenía cada pocos centímetros, se erguía sobre las patas traseras y repetía.
—Como sigas así, voy a perderte.
¿De verdad había dicho eso? ¿Yo? ¿Esta boquita de fresa?
Sentí una punzada de incomodidad —un escalofrío, aunque bien podía ser por la congestión—. ¡Era un robot! Pero la visión de los restos de su manada envueltos en un hedor almizclado, con efluvios de líquido de frenos arrastrados por la brisa nocturna… Qué queréis que os diga. Una tiene su corazoncito.
Di varias zancadas hacia el bultito en movimiento. La tierra estaba húmeda y fofa. Remo… bloqueé ese pensamiento.
Coj saltó sobre mis playeras y comenzó a trepar por mis pantorrillas. Noté que el color de su volante óseo era más oscuro, puro betún, y tuve la impresión de que se había aclarado después del ataque del allosaurus. Intenté sujetarlo. Se zafó y me desgarró la blusa al subirse hasta mi cuello.
«Esto sí que no».
Lo enganché cuando se acababa de encaramar a mi cabello. Él tiró a un lado, yo al otro. El cuero cabelludo pugnaba por su relación tóxica con el cráneo.
Desistí.
—Bicho del infierno…
Y, como si hubiera invocado una presencia, un dinosaurio enorme surgió cojeando del pantano, a un puñado de metros de nosotros. Lo primero que asomó fue su cresta tubular, que terminaba en un morro con forma de pala y una cara redonda con un deje de estupidez. ¡Un parasaurolophus!
Tuve que resistirme. ¡Es mi dinosaurio favorito! Quise lanzar a Coj contra lo que fuera y correr a abrazar al crestudo, pero me dije: «No, Inés. Coj está temblando y vas a pillar un mareo de campeonato».
El parasaurolophus salió del todo… o casi. Su cuerpo, largo como un camión de basura, sucumbió. El suelo tembló. La sacudida ascendió por mis piernas hasta calarme en los muslos. Giró la cabeza, lanzó un bramido agónico y, entonces, vi que, tras el muslo encogido contra la tierra, se alzaba la giba de un zombi conocido. Un rayo de luna reflejaba el perfil de mercurio de la osamenta donde había desgarrado la piel.
El segundo siguiente, mis talones estaban orientados al Río de Fuego, donde siseaba el rumor distante del agua. Un sonido agradable en comparación con el de las garras del allosaurus destrozando al parasaurolophus. Mejor que mi respiración jadeante.
Corrí moviendo los brazos como si me ayudaran a ir más rápido. Cada zarandeo, estaba convencida de que se me quebraría el cuello. El tacón de mis playeras se hundía en el barro.
El parasaurolophus dejó de gimotear. Cinco pasos después, el rugido del allosaurus me golpeó la espalda. Noté que se evaporaba el poco azúcar que me quedaba en la sangre.
La estructura del puente fue cobrando constancia hasta materializarse a un puñado de metros. Las luces de emergencia del perímetro vallado de la Granja del Ceratópsido, sobre un promontorio al otro lado del río, caían ambarinas sobre los pretiles de piedra. Me pareció, y confirmé después, que había una alfombra de cristales en la calzada, estrellas irregulares y cautivas.
Sentí de nuevo las vibraciones del suelo. Vi, por el rabillo del ojo, la silueta draconiana del allosaurus corriendo hacia mí. Cada paso suyo contaba por tres de los míos.
Hacía un repiqueteo espantoso al correr. Los componentes chocaban entre sí. Los pistones emitían silbidos vaporosos. La mandíbula batiente daba campanazos contra el cuello.
Alcancé el puente en el preciso instante en que se oscureció la luna. Coj gorjeó; maldito caraculo. Salté hacia la derecha y rodé por la orilla hasta el agua. Las garras del allosaurus rasgaron el lugar donde había estado un segundo antes.
Empujé con los brazos y me levanté. El puente estaba bloqueado. La cola se balanceaba en el aire como una serpiente marina. Sin pensarlo más, di un paso rápido y me oculté debajo del tablero, tras los estribos. La boca babeante asomó a mi lado sin darme un respiro, ciegos los ojos. Me agaché y gateé para alejarme en la dirección opuesta.
El río descendía caudaloso, con una fuerza que me hubiera arrollado si intentaba cruzar a nado.
Estaba atrapada.
Peor aún.
Estaba atrapada con Coj.
La mandíbula inferior del allosaurus se desprendió. Cayó al agua con un chapoteo. Ni se inmutó. Empujó el vientre contra el lecho fangoso y se impulsó como un gusano obeso, bramando y arañando la pared del puente al impulsarse.
La balanza se había equilibrado. Yo era más rápida; él estaba atascándose. Notaba su avidez; no hay palabras que describan lo que se siente cuando un allosaurus de diez metros quiere jugar a «palmas, palmitas».
Coj saltó de mi cabeza.
—¡Sigue, estúpido!
Y siguió. Siguió.
Siguió en la puta dirección equivocada.
Yo llegué al otro lado. Me giré con medio cuerpo fuera.
Coj estaba subido al hombro del allosaurus. Metió el pico por una solapa del revestimiento y tiró de un cable. Sí que se le daba bien, sí. Lo seccionó con una facilidad asombrosa. El brazo del allosaurus se puso rígido y golpeó uno de los pilares que sostenían el tablero. Los bloques inferiores se inclinaron. Crujieron. Cedieron.
Me eché hacia atrás. El puente se vino abajo sobre los dinosaurios. Una nube de polvo y partículas de hidrógeno me sopló el rostro.
El allosaurus dejó de moverse.
Un silencio ominoso se posó en los escombros. Me acerqué, con un temor reverencial a que ese monstruo se levantara de nuevo. No lo hizo. Su cola estaba tendida sobre el río como un cadáver que necesitaba hidratarse.
—¿Coj?
El miedo dio paso a una angustia incompensable.
—¿Coj?
Aparté un pedrusco. Unas lascas. Di con una uña rota del allosaurus.
—¡Bicho estúpido! —grité.
¿Estaba llorando?
Estaba llorando.
Me desplomé sobre las rodillas. El derrumbe solo había afectado a la parte inicial del puente, y de manera parcial, permitiéndome abrirme camino hasta el otro lado. Genial. Solo me faltaba ese incómodo e insoportable cachorro que me había…
Iba a pensar «provocado tortícolis», pero rompí a reír, histérica.
Lo que había hecho era salvarme la vida.
Me levanté y me limpié la llorera con el dorso de la mano. Entonces, noté un tirón en la etiqueta que salía del talón de mis playeras. Iba a dar un taconazo, uno de esos que das para desquitarte y mandar el mundo a paseo, y menos mal que, en su lugar, cogí aire muy despacio y lancé un zarpazo para agarrar a la chinche sarnosa que intentaba descalzarme.
—¡Me has dado un susto de muerte, pedazo de…!
Aupé a Coj y lo apreté contra mi pecho. Pude sentir los latidos de su corazón artificial, cada una de las escamas granuladas. Estaba empapado.
—¿En qué momento te programaron como a un perro?
El resto, o ya lo sabéis, o no os importa.
Coj y yo nos refugiamos en la granja durante la tormenta que desbrozó los árboles impresos en 3D de Ciudad Terrible. Los ingenieros habían tenido la decencia de vaciar parte del promontorio para asegurar un sótano donde guardar huevos de triceratops y aperos diversos. Estuvimos allí, rompiendo cosas, hasta que escuchamos el zumbido de los rotores de los helicópteros que sobrevolaban el parque a la mañana siguiente.
Fue mucho mejor que lo del tobogán, lo reconozco.
¿Que qué ha sido de Coj?
Podría deciros que lo escondí en un saco de pienso falso y que usé la conmoción como excusa para llevármelo a casa, diciendo que eran mis efectos personales, rescatados del Puesto de Mando. Con la que había montada, ¿quién se hubiera fijado? Pero mentir está feo, y no, bajo ninguna circunstancia, tengo un dinosaurio en el salón.
Es que ni me lo planteo.






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