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En memoria de Alan Grant

Sam Neill interpretando a Alan Grant en la icónica película Jurassic Park
Sam Neill interpretando a Alan Grant en la icónica película Jurassic Park




Estoy en Asturias, en el hotel, a unas horas de que comience mi andadura en el festival Celsius 232. Abro las redes y me encuentro con cientos de post sobre la misma noticia: el fallecimiento de Sam Neill o, como algunos le conocimos, el Dr. Alan Grant. Me he traído el ordenador para continuar con una de las novelas que tengo entre manos, la más avanzada, pero para eso habrá un mañana. Hoy voy a hablaros de él.


Cuando uno es un niño, descubre que las fronteras de su mundo infantil no son tan sólidas como cree. En esa tesitura me encontraba yo cuando, gracias al cine y a los juguetes, descubrí a los dinosaurios. Aún era demasiado joven para abrirme a las delicias de los mundos de fantasía. Para empuñar una espada y derrocar al Señor Oscuro.


Los dinosaurios fueron mi primera gran obsesión, y reconozco que, con los años, he tenido varias. Jurassic Park fue la prueba de que habían sido reales. Como niño, ver su poder destructivo en escenas donde había seres humanos que (gracias a la traducción) hablaban mi mismo idioma, o maravillarme con su majestuosidad, hizo que algo hiciera clic en ese cerebro en formación; algo que sigue sin arreglarse. La ciencia, explicada de manera maravillosa a todos los públicos gracias al guion, hizo verosímil la ficción. Pero, al igual que ocurre con los movimientos extremistas, ¿qué más necesita un fanático que una excusa para creer?


Si pudiéramos retroceder, no sé, 26 años, a la pregunta "¿Qué quieres ser de mayor?", hubiera respondido que paleontólogo. Sin titubeos. Y la culpa la tiene el Dr. Alan Grant. No era un soberbio como Han Solo, ni un aventurero como Indiana Jones, pero, quizá por la carencia de habilidades sobrehumanas (o que rozan lo hercúleo) o por el aplomo que mostraba ante los dinosaurios más feroces, se convirtió en el héroe de mi infancia.


Sam Neill (los niños solo llamamos a los actores por su nombre cuando ya es demasiado tarde, cuando somos conscientes de que hemos crecido) inmortalizó al personaje de Crichton, haciéndolo, ante todo, humano. Su arco en la primera película es inmejorable. Su rol en la tercera, denostada por ser poco más que un film de acción, también. Perdónenme la expresión, pero hay que ser muy puto amo para convencer a una generación de querer estudiar una carrera, y Neill, nuestro Dr. Grant, lo hizo.


Podría hablar de la actuación, de filmografía, de la vida... Pero esto va de sentimientos. Porque cuando los héroes de la infancia van muriendo, los lugares donde fuimos felices van derrumbándose y las personas con las que compartíamos los mejores momentos ya no están, es cuando adquirimos consciencia, quizá a pequeños dosis o con la potencia de un tsunami, de que nos han expulsado nuestro Edén y pasaremos lo que nos quede de vida intentando reconquistarlo, quizá para nosotros, quizá para las siguientes generaciones.


En Mientras escribo, Stephen King decía que muchas grandes obras nacieron de la incapacidad de regresar a la Tierra Media. Tolkien había muerto. Frodo y Sam se habían despedido en los Puertos Grises. Llegaba la Era del Hombre. Como surgidas de una profecía autocumplida, novela tras novela lanzó a sus héroes a combatir a la oscuridad, pero eran otras tierras y otros nombres. Miguel Sanz, el protagonista de Ciudad Terrible, nació de este desencanto. Crichton nos dejó antes de tiempo, la ficción de dinosaurios ha perdido el norte y el doctor Alan Grant estaba enfrentándose a un terrible cáncer. El mundo no se detiene por nadie ni para nadie, el muy cabrón. Si alguna vez leéis la obra, poned la cara de Neill al Dr. Sanz, porque esa fue mi intención desde el primer momento y creo que alguien vive mientras se le recuerda.


Vuela alto, señor de los dinosaurios, como ellos aprendieron a hacer. Los que crecimos contigo recogemos el testigo.




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Héctor Peña Manterola ©2026

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