Relato - Los Caballucos del Diablu

 

Imagen obtenida de Internet.

Buenos días, equipo.

Aprovechando que ayer fue la Noche de San Juan, voy a compartir un relato que escribí hace mucho tiempo sobre unos seres mitológicos de mi tierra, Cantabria

Espero que os sirva como aperitivo ante lo que está por venir. 



Los Caballucos del Diablu

 

Parece que fue en otra vida cuando disfruté por última vez del cielo de Cantabria. Regresar al hogar es empezar de nuevo. Existe cierto placer en extrañar lo que uno añora, o quizá el toque de sal esté en añorar lo que uno extraña, no lo sé.

A pesar de haber sido siempre un hombre del mar, el encanto del valle me atrapó desde que muy joven recorrí el Besaya para adoptar un cachorro. Quién me iba a decir a mí que mi primera misión nada más abandonar la academia iba a ser tan cerca, en Arenas de Iguña. Uno de mis antiguos compañeros de mi etapa escolar era de Anievas, así que no debería de haberme extrañado su denuncia. «El lugar está encantado», «ahí dentro ocurren cosas raras», «la gente escucha los lamentos por la noche, y todos dicen que vienen de allí».

Yo aún llevaba pañales cuando se estrenó la película de Los Otros, donde una magnífica Nicole Kidman lucía el apogeo de su feminidad. ¡Qué joven era para poder comprenderlo! Ahora, el palacio de los Hornillos lucía imponente ante mis cansados ojos, incitándome a entrar y a poner a prueba los rumores que susurraban los asustados pueblerinos. Tiré la colilla al suelo de forma desafiante y recogí el guante del neogótico edificio. No serían más de las siete cuando en la antesala de la noche de San Juan, la luz comenzó a menguar, respetando la intimidad que manteníamos el estanque y yo, cuyas aguas estaban cubiertas por extrañas flores.

El Duque de San Carlos lo había preparado todo para mi llegada. La puerta estaba abierta y, en su interior aún había restos del negocio de hostería que la pandemia había paralizado. Un sinfín de camas polvorientas, una recoleta cocina, un pequeño estante que contenía libros de otra época... Saqué mi bocadillo y apoyé mi blog de notas sobre un mantel de rojo poliéster. Craso error. El reloj del salón principal, extrañamente sincronizado, anunció la media noche y, con ella, el punto de inflexión que desvaneció la poca cordura que me quedaba. La gran cabeza de ciervo que hacía las veces de mi anfitriona comenzó a reír a carcajadas, y el respingo que pegué hizo que perdiera mi comida. Corrí por el pasillo dispuesto a lavarme la cara, pero la puerta del baño se cerró ante mis narices. Al intentar abrirla, mi vano esfuerzo se vio sepultado por la risa grandilocuente del inerte animal.

«¡Sal de dónde quiera que estés!» grité, desesperado. Cuando logré abrir, el espejo me devolvió mi rostro envejecido. Busqué la puerta, pero una fantasmagórica doncella la guardaba. La risa, que se convirtió en mi propio llanto, me arrastró bajo la mesa de la cocina. Pisadas, olor a azufre, ruido de cubiertos a la hora de cenar y de cadenas arrastradas no quiero saber por qué ni por quién. Un sprint, cristales rotos, y siete corceles revoloteando alrededor de mi cuerpo mientras sus jinetes, regocijándose, intentaban pellizcarme.

Lo último que recuerdo fue descender la escalinata y sumergirme en el agua, observando el amanecer junto a un trébol de cuatro hojas.

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