Magdalena - Último capítulo - Hasta el final

 


Hasta el final.

Hoy seré breve, más que de costumbre. Aquí tenéis el desenlace de la novela Magdalena, así como el índice completo para poder realizar una lectura del tirón.

El gran final. La última batalla.

Y sus consecuencias...


LISTADO DE CAPITULOS

Prólogo y Capítulo I - Reencuentro

Capítulo II - Doble-W

Capítulo III - Azul y morado

Capítulo IV - La prisión del tiempo

Capítulo V - El CID

Capítulo VI - El Monstruo

Capítulo VII - Al llegar el alba

Capítulo VIII - Hollyfrey

Capítulos IX y X - Un café con Ángela & Joshua Güendell

Capítulo XI - Vía Muerta

Capítulo XII - Magna Quidem Illustrans

Capítulo XIII - Visita a medianoche

Capítulo XIV - El hombre de sus sueños

Capítulo XV - Alcohol y cocaína

Capítulo XVI - El Movimiento Panonírico

Capítulo XVII - Sangre y vómito

Capítulo XVIII - Caballo de Troya

Capítulo XIX - Marineros de agua dulce

Capítulo XX - Apguul

Capítulos XXI y XXII - La ciudad sin ley & Una teoría del todo

Capítulo XXIII - Visita a medianoche

Capítulo XXIV - Urgencia nocturna

Capítulo XXV - El mismo ataúd

Capítulo XXVI - Sangre de mi sangre

Capítulo XXVII – El reencuentro

Capítulo XXVIII - Huida simulada

Capítulo XXIX - Anfíedis


Capítulo XXX – Hasta el final

 

El ruido de los huesos al crujir bajo la oruga de aquel blindado era música para los oídos de Sreader. Habían sufrido bajas aunque finalmente se acercaban al perímetro señalado. Las noticias sobre sus tres compañeros tardaban en llegar, pero no podían esperar, su deber era presionar con todo lo que tenían a las fuerzas del diablo alienígena.

El zumbido lo devolvió a la realidad. Uno de los acólitos estaba disparando a un Lion-743 cercano con un láser de minería. Dado que muchos de sus enemigos provenían de castas humildes, iban armados con cualquier tipo de herramienta. El láser, utilizado tradicionalmente para perforar roca, atravesó una de las paredes del vehículo antes de perder fuerza. El coronel tomó su arma y disparó contra el adversario, acertando con varias de sus balas y haciéndole morder el polvo. De poco sirvió, pues nuevos equipos de demolición salieron cargados con láseres y explosivos hacia los tanques. La mayoría fueron abatidos, pero los pocos en conseguir llegar causaron estragos.

- ¡Cuidado, señor! – vociferó un hombre que saltó en su dirección.

El soldado murió cercenado por otra arma de minería, pero logró apartar a su coronel a tiempo. Éste se recuperó y abatió a un par de enemigos más. Los primeros infantes lograban asaltar el complejo de la Torre Lemon, por donde únicamente correteaban acólitos. Las Criaturas de la Bruma habían detenido su ofensiva, seguramente aguardando para realizar una emboscada. Sreader se unió a la infantería y saltó al interior del lugar a través de las ruinas.

Entre él y la torre había una pequeña carretera y varios edificios anexos, tanto viviendas militares como centros médicos y de investigación. De ellos no paraban de surgir adoradores del mal dispuestos a quebrar sus esperanzas. En mitad del perímetro se alzaron tres aberrantes humanoides cargando con señales de tráfico y tuberías.

- ¡A por ellos! – ordenó el coronel. - ¡Que no merme vuestro valor!

El disparo ligero era ineficaz contra las criaturas, y una de ellas partió por la mitad a un hombre tras golpearlo con el arma metálica. El fuego de un lanzagranadas logró desmembrar a una bestia, pero las otras dos se dispersaron dispuestas a sembrar la confusión y el caos. Animados por el ejemplo, los fanáticos reforzaron su contraofensiva, abandonando las posiciones defensivas y cargando contra los atacantes.

- ¡Vamos hostia, fuego pesado!

Los gritos de Sreader vigorizaron a las tropas, que tomaron sus propias armas pesadas para abatir a aquel oponente. Cuando parecía que cambiaban las tornas y los tanques comenzaban a acceder al perímetro, las Criaturas de la Bruma comenzaron a surgir a través de las alcantarillas del complejo, atacando a los hombres desde todos los frentes. La batalla parecía perdida.

Como si se tratara de la primera luz del alba, un destello de esperanza cruzó el campo de batalla. Varios haces de luz impactaron contra las fuerzas del Culto, cercenando a las criaturas y abriendo paso a la infantería.

- ¡Joder, joder, joder! – gritó nervioso Benjamín al comprobar la potencia de fuego de la nave.

De las plantas más altas de la torre comenzaron a surgir monstruosidades aladas que intentaron dar caza al vehículo volador. Humanoides con alas membranosas que sustituían a sus extremidades superiores volaban a pesar de las leyes de la física, seguramente porque las mutaciones habían afectado a su estructura ósea. Estas intentaban vomitar ácido sobre la embarcación, pero el escudo protector lo repelía.

- ¿Quieres cargarte a esas cosas? – preguntó Taylor muy agitado.

- ¡Lo intento, pero son muy rápidas! – aquejó el piloto.

Nervioso, Taylor se acercó a una pequeña cabina inferior que daba al arma auxiliar de la nave, un pequeño cañón automático. Tomó los mandos e intentó disparar a las criaturas, desintegrando a varias de ellas. La potencia del láser era menor pero también era un arma más fácil de controlar.

- ¡Grande Taylor! – gritó su amigo.

- ¡Cuidado! – exclamó Magdalena para que el piloto no se desconcentrase.

Benjamín intentaba ascender rodeando la torre, pero las criaturas lo retrasaban. Desde tierra, la infantería asaltaba las plantas bajas a pesar del acoso constante de los mutantes. La propia torre comenzó a revelar plataformas antiaéreas, pero la velocidad de la nave conseguía que las dejaran atrás antes siquiera de que pudieran apuntar. Contra más ascendían, más se notaba la fuerza emergida desde el torreón.

- ¡Benjamín, a la derecha! – gritó la chica cuando un nuevo enjambre alado salió de una escotilla de ventilación.

Incapaz de esquivar a los seres, la nave los arrolló sufriendo ligeros daños.

- Aguantaremos – afirmó el chico tras suspirar.

Taylor no daba abasto, disparando tanto a humanoides como a las plataformas de disparo emergentes. Las de las plantas superiores supusieron un problema mayor, ya que estaban preparadas, esperándolos. Los pocos disparos que no pudieron evitar rebotaron contra el campo protector de la nave, pero el indicador de los escudos de ésta descendió vertiginosamente. Estaban cerca de la cima, pero Benjamín era consciente de que no lo lograrían.

- Bajaros aquí, ¡vamos! – ordenó acercándose a unas ventanas destruidas.

- ¿Qué dices? – preguntó Taylor desde la cabina.

- Hostia, ¡hacedme caso! La nave no aguantará, ¡subid esas putas escaleras y cargaros a ese cabronazo!

Magdalena tomó a Taylor del hombro. Los dos se miraron a los ojos y saltaron a duras penas. Ella iba armada con la espada interfásica y Taylor con un fusil, un cuchillo y una pistola. Ante ellos, únicamente había cristales rotos, sillas de oficina, ordenadores gastados y pizarras con los cálculos necesarios para generar aquella señal intergaláctica. Benjamín se alejó con la nave, atrayendo tras él a más criaturas aladas, pero dispuesto a recargar el escudo de la nave.

- Solo quedamos tú y yo – indicó el chico.

Ella asintió. Cuando se dispusieron a abandonar aquella oficina, unas pisadas tras ellos les alertaron de que no estaban solos.

- No tan deprisa – enunció en tono burlón un hombre mientras los apuntaba con su arma.

Los dos jóvenes le miraron extrañados. Era un rostro familiar, pero desconocían como había llegado hasta allí.

- Doble-W… - masculló Taylor.

- El mismo, pequeño canalla. Veo que guardáis un buen recuerdo de mí – manifestó el hombre mientras daba dos pasos hacia ellos.

- Detente. Tú no eres así – le dijo Magdalena.

- Te veo muy cambiada. La verdad, no sé si lo que te hizo el doctor te ha venido bien o mal. En fin, no es de mi incumbencia – añadió encogiéndose de hombros.

- Walter Winterlich, sácalo de tu cabeza. No dejes que te controle – le ordenó la chica con tono firme.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Taylor confuso.

El hombre siguió apuntándoles con la pistola, variando el objetivo de uno a otro.

- A mí también me encantaría saber qué tonterías te pasan por la cabeza, pero no tenemos tiempo para esto – respondió Doble-W.

- Te conozco mucho mejor de lo que crees. La primera vez que te vi fue en el metro, cuando nos atacaron las Criaturas de la Bruma. Tú sabías que ocurriría, ¿me equivoco? – inquirió ella.

El pistolero soltó una carcajada.

- No sabía que una chica como tú conociera mis dotes adivinatorias. Creo que me equivoqué de profesión. ¿Quién de los dos quiere ir primero? – preguntó mientras amenazaba con disparar.

- Tú ayudaste a mis padres cuando los perseguía el Culto. Hace años eras un azote para estos cabrones, por eso se metieron en tu cabeza. Intenta recordar.

Walter se llevó la mano izquierda a la cabeza mientras esgrimía una mueca de dolor. Taylor aprovechó para cargar contra él, que no tuvo tiempo a reaccionar, y ambos rodaron por el suelo intercambiándose puñetazos.

- ¡Alto, deteneos! ¡El verdadero enemigo está ahí arriba riéndose de nosotros! – gritó la chica.

Doble-W consiguió ponerse encima de Taylor, pero éste lo derribó de una patada, separándose. Magdalena aprovechó la interrupción para situarse entre ellos.

- ¡Apguul! ¡Sé que me estás escuchando! ¡No tienes poder en el alma de este hombre, y pronto no lo tendrás en la de ninguno! ¡Déjalo ir! – decretó ella.

Walter Winterlich se llevó ambas manos a la cabeza. Las palabras de la chica le estaban haciendo recordar un pasado donde él era más joven, una época en que empezaba a descubrir una amenaza oculta bajo la epidermis de la corteza social; y poco después, únicamente podía encontrar la Bruma, una neblina verdosa que bloqueaba su pensamiento. Confundido, tomó su arma, decidido a acabar con todo de una vez por todas.

- ¡No! – gritó la chica.

Segundos después sonó un disparo. La mano de Magdalena había conseguido apartar a tiempo la mano de Winterlich, evitando su suicidio.

- ¿Por qué has hecho eso? – cuestionó él, enfadado.

- Porque estás empezando a recordar quién eres. Él es el enemigo, el mismo que nubla tu mente. Ayúdanos a acabar con Apguul y a evitar que nadie más sufra tu destino.

Dubitativo, Doble-W asintió y se levantó. Sentía un profundo dolor en las sienes, pero reconocía en los ojos de Magdalena la misma mirada que su padre le había dirigido en el pasado. Si no perdía la determinación que ella le transmitía, podría seguir aferrado a esa sensación para alejar a Apguul.

- No me fío de este tipo – graznó Taylor jadeante.

- Seguimos sin tener muchas opciones – respondió ella.

El trío atravesó el umbral de la puerta hacia las escaleras. Nada más hacerlo, una Criatura de la Bruma se abalanzó sobre ellos, pero Magdalena la mató de un tajo con la espada interfásica. Lucía un arma realmente poderosa, una tecnología a años luz de la humana.

Jadeantes, ascendieron. Los pocos acólitos que salían a su paso morían ante la espada o frente los disparos de los hombres. La mayoría estaban ocupados defendiendo las plantas inferiores y el exterior, pero alguno intentaba correr tras los polizones o surgía del interior de las habitaciones cerradas. Finalmente, cruzaron una última puerta que daba a la azotea.

- Es… impresionante – logró decir Taylor.

Ante él, una columna de luz verde ascendía hacia su perdición en el espacio. Doble-W volvió a llevarse una mano a la cabeza, pero Magdalena apoyó la suya en su hombro del varón para ayudarlo a disipar sus dudas. Tras el pilón de energía, flotaba el zigurat de Apguul.

«Habéis tardado más de lo esperado, y encima venís con aliados inesperados.» La voz sonó con fuerza en su cabeza. No era la primera vez que lo hacía. De detrás de la columna verdosa apareció el apóstol caído, cabeza de la religión de la que encarnaba el Culto.

- Magna Quidem Illustrans – adivinó el chico.

El Gran Iluminador, envuelto en sus ropajes característicos, sonrió al escuchar su título honorífico.

- Anfiédis, cuánto tiempo. La última vez que te vi te disponías a reposar en tu vehículo, pero al igual que nuestro dios, has decidido despertarte. ¡Ángel caído! La envidia siempre fue uno de los peores pecados.

- Simio imbécil – respondió Magdalena. - ¿Sabes lo que eres en realidad? Únicamente un experimento genético fallido.

El hombre se rio.

- ¿Fallido? Mi vida se ha extendido a lo largo de las eras en pos de los designios de mi amo. Mi única misión es extender su palabra a todos los rincones del planeta. Ahora, al fin alcanzaré el Paraíso Eterno que tanto ansío, la única recompensa que requiero por este servicio.

- Estás completamente chalado – le reprochó Taylor mientras escupía al suelo.

- Los impuros de corazón entendéis la verdad como locura, pero no os preocupéis, ¡yo os ayudaré a encontrar la Vía de la Iluminación! – gritó mientras alzaba su mano izquierda.

De ella nacieron varios relámpagos que intentaron encontrar a los compañeros, pero erraron en su intento gracias a la agilidad de estos.

- Magdalena, ¡corre! ¡Nosotros te cubriremos! – le ordenó Taylor.

Acto seguido, tomó su fusil y disparó al sacerdote, que detuvo las balas con la energía eléctrica que nacía de sus yemas. Tras tres disparos más, rodó para esquivar sus propias balas devueltas gracias a una pantalla de energía reflectante. Doble-W lo apuntó con su Beretta 92 F, pero dudó a la hora de apretar el gatillo. La chica intentó correr rodeando el pilar central para alcanzar un punto desde el que saltar al zigurat. El Iluminador se apareció ante ella dispuesto a golpearla con su bastón, pero ésta rodó y le devolvió el golpe con su espada. Cuando estuvo a punto de alcanzarle, se desvaneció. Taylor miró en todas las direcciones, desconcertado, y decidió acercarse a Magdalena para cubrirla. El sacerdote apareció descendiendo del cielo y lanzó un nuevo relámpago en su dirección, que lo alcanzó, lanzándole por los aires y dejándolo cerca de caer de la torre.

- ¡Taylor! – gritó Magdalena acercándose.

- ¡Déjame y corre! – dijo él mientras escupía sangre, apoyándose en su fusil para intentar levantarse. Le costaba respirar. Jadeaba.

Su adversario se acercó a ellos, pero esta vez Doble-W no dudó y disparó, impactándolo en el hombro izquierdo. Tras soltar un grito de dolor, el sacerdote lanzó una onda de vacío hacia el sicario, que logró derribarle. Al ver a Taylor en pie y dispuesto a luchar, Magdalena comprendió que debía irse y continuó su periplo hacia el zigurat. Cuando se disponía a saltar, el Iluminador puso toda su atención en ella.

- No es a ella a quien quieres, ¡sino a mí! – gritó Taylor mientras le disparaba nuevamente con su arma.

El acólito se vio obligado a generar un campo de fuerza a su alrededor para defenderse, impidiendo así que de un salto e impulsada por el exoesqueleto, Magdalena alcanzase la morada de Apguul. Iracundo, liberó la energía del campo de fuerza haciendo que Taylor perdiera su arma, arrojándola torre abajo.

- Estúpido humano, ¿es que no lo ves? ¿No alcanzas a entender que el mundo será un lugar mejor bajo el reinado de nuestro señor?

- ¿Mejor? Ese puto alienígena únicamente quiere convertirnos a todos en sus esclavos, ¡y tú eres un buen ejemplo de ello!

- No sé qué quieres decir – le respondió él, acercándose, levitando sobre el suelo de la torre.

- A lo largo de tantos miles de años, ¿no has visto felicidad en el ser humano? Familias, amigos…

Taylor respiraba muy fuerte. Le dolía todo el cuerpo.

- ¿Quieres saber qué es lo que he visto? Guerras y muerte, destrucción e injusticia. Reyes que alcanzaron dicho privilegio escudándose en un dios que no era tal, el mismo en el que se escudaron para continuar con las masacres, violaciones a mujeres sin suerte y asesinatos de inocentes. ¡Eso se acabará! ¡En el Paraíso Eterno no habrá lugar para el dolor ni para la maldad!

El líder del Culto alzó su mano y, gracias a su dominio de la telekinesis, alzó a Taylor en el aire y comenzó a constreñirlo.

- ¡El único camino posible para lograr eso es la educación, no la dictadura! – exclamó el chico con su última bocada de aire.

Cuando estaba a punto de perder la consciencia, cayó al suelo. El impacto terminó de desorientarlo, pero haciendo acopio de sus últimas fuerzas, alzó la mirada y frente a él vio a Doble-W forcejeando con el Iluminador. A duras penas, sacó su pistola mientras el sacerdote se alzaba sobre el cuerpo tendido del sicario y, levantando su vara ceremonial, atravesaba con ella el pecho del hombre. Un disparo después, su cuerpo, también inerte, cayó sobre el del agente. Taylor había perforado con una bala el cráneo del heraldo de Apguul. Al acercarse a la escena, pudo ver que ni su adversario ni su salvador respiraban ya. Él no podía luchar más, ahora todo estaba en manos de su amiga.

Magdalena recorrió los corredores casi por inercia, nerviosa pero a la vez motivada mientras la adrenalina recorría todos los rincones de su cuerpo. Nadie salió a su paso. Nadie osó detenerla. Quizá nadie se esperaba que atacasen a Apguul en su propia morada. Finalmente llegó a la sala del trono, la misma donde sus compañeros habían asistido al despertar de la criatura poco tiempo antes. Ésta descansaba sentada, y en ningún momento se sintió extrañada por la presencia de la mujer. Fijando sus profundas pupilas en ella, la chica sintió como le hablaba directamente a los rincones más profundos de su alma.

«Hermana, que sorpresa verte de nuevo».

Ella ni siquiera respondió. Dio un paso en falso, intentando amenazar a la bestia primigenia. Apguul ni siquiera titubeó, manteniéndose inmóvil.

«No he leído ninguna respuesta en tu pensamiento, únicamente un muro en blanco entre tú y yo. ¿Esta es manera de saludarme? Podías empezar corroborando que estabas equivocada.»

Magdalena dudó. «¿Equivocada?».

«Equivocada, sí. Los humanos únicamente valen para servirnos, sigo sin entender tu maldita predilección por su raza. Es el momento de terminar lo que iniciamos hace milenios. ¿Qué harás esta vez? ¿Lucharás a mi lado, o intentarás volver a detenerme? Sabes que las leyes del universo impiden a un Nakamati matar a otro…»

- ¡Yo no soy ningún Nakamati! – afirmó esta vez en voz alta mientras formaba en guardia blandiendo la espada interfásica.

Apguul se levantó. «Quizá no debería haber dicho eso.»

«No deberías haberlo dicho, no. Si no eres mi hermana, ¿por qué portas su equipo?», preguntó el Nakamati, curioso.

- Porque he venido a acabar contigo de una vez por todas, cosa que ella no pudo hacer.

Magdalena saltó hacia Apguul blandiendo la espada, pero éste esquivó su ataque con facilidad. Mirándola a los ojos, la criatura sumió toda la estancia en oscuridad.

«No eres ni la mitad de buena que ella. Anfiédis era una gran guerrera, ¿pero tú? Eres una mísera humana, aunque si no tuvieras la sangre de nuestra raza, esa armadura te habría consumido. Antes de destruirte quiero saber quién eres.»

La chica desató varias estocadas en todas las direcciones, pero la oscuridad no se disipó y tampoco alcanzó ningún obstáculo. La única opción que quedaba es que estuviese jugando con su cabeza. Ella cerró los ojos y se concentró en intentar pensar que veía con claridad de nuevo, así que al volver a abrirlos, pudo hacerlo.

- ¡Sal de mi cabeza! – chilló intentando alcanzarlo una vez más.

Éste había descendido del trono y, tras evitar la embestida, la golpeó con uno de sus puños, arrojándola varios metros por los aires hacia la pared. Ella apretó con fuerza la espada, conocedora de que era su única oportunidad de victoria.

«Así que Magdalena es tu nombre. Uno puede aprender muchas cosas del dolor ajeno. Y tu padre solo fue un ruin traidor a mi causa. Un borrón de la existencia.»

Magdalena se reincorporó rápidamente. El exoesqueleto había absorbido la mayor parte de la fuerza de Apguul, salvando su vida. De no ser así, seguramente la habría destrozado.

- Tu eres el culpable de haberme causado tanto dolor. A mí y a los que me rodean.

La chica lo intentó nuevamente, pero Apguul desató una tormenta eléctrica en su dirección. Ella detuvo los rayos con la espada, teniendo que apretar con fuerza nuevamente para evitar perder el arma. El esfuerzo hizo que perdiese el blindaje de su mente.

«Mataste a tu novio porque no le querías, únicamente te nutrías de su cariño ya que nadie te había amado en tu vida. Pero… ¿que es peor, haberte librado de él, o haber cercenado la extremidad de la chica? De no haberte detenido, hubieras matado a… ¿Ángela? Únicamente por celos.»

- ¡Mientes! – gritó ella disipando los rayos y devolviéndoselos a Apguul. Estos impactaron contra él sin causar grandes daños.

«Mentir es una palabra muy fea. Te duele escuchar la verdad. No te arrepientes del dolor que has sembrado ni de las vidas segadas antes de tiempo. Te mereces todo lo que te ha pasado.»

- ¡No!

Magdalena rodó hacia la criatura e intentó cercenar su pierna, pero ésta esquivó la estocada rápidamente y la golpeó desde arriba, dejándola tendida sobre el suelo antes de patearla contra la pared. Intentó alzarla con sus poderes telequinéticos, pero la armadura de Anfiédis lo impidió, así que desató una nueva descarga de energía contra la chica. En esta ocasión no pudo detenerla y el impacto la dejó prácticamente inconsciente, aferrándose al rostro de sus padres que tomaba forma en su memoria.

- Tú has causado mucho más daño a lo largo de los siglos. Has torturado a los tuyos, has traicionado a todos aquellos que han confiado en ti, incluso al pueblo de hombres que te siguen y adoran. Has vendido la esclavitud como un paraíso, ¿para qué? ¿Qué es lo que te faltaba, si como Nakamati tienes un poder casi ilimitado?

La chica logró alzarse, pero le temblaban mucho las rodillas. Los abdominales le ardían y su corazón luchaba por escapar de su pecho.

«Porque nunca se tiene suficiente. El cosmos es un lugar injusto. Los más fuertes se merecen más que los débiles. Las reglas de la vida están mal redactadas, y yo únicamente quiero hacer justicia.»

Apguul se acercó hacia la chica. A pesar de saberse vencedor, aún miraba con recelo su arma. Un único roce del filo de la espada y todo habría acabado. Su hermana no pudo más que hacerle dormir, pero en manos de Magdalena el destino sería fatal.

- Hasta los dioses sangran cuando tienen una herida – vaticinó ella, consciente de que su enemigo dudaba.

Reuniendo fuerzas, trazó un arco descendente que Apguul esquivó con facilidad, antes de continuar con otro corte horizontal que le costó más evitar y que lo obligó a retroceder.

«Deja de intentarlo, no puedes vencerme. Eres una mortal, un alma inferior. Yo te devolveré al ciclo infinito para que puedas reencarnarte como una forma de vida más optimizada.»

El Nakamati exhaló un verdoso vapor por su boca, que activó lo poco de él que aún recorría las venas de la chica, haciendo que se retorciese de dolor. Esta vez no pudo más y dejó caer la espada. Apguul aprovechó y agarró a Magdalena con una de sus manos, apretando con fuerza.

«Es tu fin. Ha sido un despertar interesante. Al menos has tenido determinación y actuado con valentía, pero en el mundo real eso no es suficiente.»

Cuando se disponía a atravesarla con sus garras, Magdalena le tocó, haciendo que su armadura pasara a él. Los nano robots cubrieron el cuerpo del Nakamati, obligándole a adoptar una forma humanoide. Ella cayó al suelo. Con sus últimas fuerzas, en un intento desesperado tomó la espada interfásica y atravesó a Apguul mientras aún se encontraba indefenso adaptándose a su nueva forma.

«¿Qué has hecho?». Las palabras ardieron en su cabeza, reventando de dolor sus sienes. El Nakamati cayó rendido y tanto la espada como su cuerpo se retorcieron hasta transformarse en un pequeño agujero negro que se devoró a sí mismo, desapareciendo de este plano de la existencia. Magdalena se puso de rodillas y tomó aliento, a punto de caer desfallecida. Lo había logrado.

Apenas tuvo tiempo de celebrar la victoria, pues todo comenzó a fallar a su alrededor. El suelo temblaba y las luces perdían tono. Sin la energía de Apguul el zigurat no lograría sostenerse en el aire. La chica comenzó a recorrer los corredores en sentido inverso, temiendo no llegar a tiempo pero tranquila por su vida pues había cumplido con su misión. Cuando finalmente vio luz, una única persona esperaba al otro lado.

- ¡Magdalena! – gritó Taylor.

El chico estaba destrozado. Se encontraba en lo alto de la Torre Lemon, y por la distancia, el zigurat estaba perdiendo toda la energía que lo sostenía ya que se encontraba prácticamente paralelo a la cúspide.

- ¡Salta! – suplicó desesperado ante la falta de reacción de ella.

La chica le miró a los ojos y pudo ver el reflejo de los suyos y una profunda admiración que le dio las fuerzas suficientes para intentarlo, pero falló. Le faltaba algo de altura, pero antes de caer al vacío la mano de Taylor la agarró y tiró de ella hacia la azotea. Cuando consiguió alzarla, los dos jóvenes se quedaron tendidos sobre la Torre Lemon.

- ¿Y ahora qué? – logró preguntar él.

- Ya está. Apguul ha muerto – sentenció ella.

- Pero esta puta torre sigue mandando su señal al espacio, ¿qué haremos si vienen más de los suyos?

El ruido de unos motores interrumpió su conversación. Benjamín, pilotando la nave, llegó hasta ellos. Gesticulando con sus brazos, los animó a subir antes de acercar la escotilla adecuada. Cuando estuvieron dentro, a pesar de lo que tardaron en llegar junto a él por culpa de su estado, éste no frenó en su ímpetu.

- ¡Pensé que no ibais a llegar nunca! – exclamó nada más verlos.

Los dos amigos sonrieron, pero su gesto no excluyó la preocupación que suponía la Torre Lemon aún encendida.

- ¿Cómo van las cosas ahí abajo? – preguntó Taylor.

- Hemos ganado – se limitó a responder Benjamín. – Cuando esos bichos comenzaron a morir solos y los maniacos a actuar desorientados, supe que habíais acabado con Apguul, así que vine. El escudo protector de la nave ya está cargado.

- Espero que alguien sepa como derribar esta torre entonces – enunció Magdalena aun jadeando.

Benjamín sonrió mientras tomaba cierta distancia con la nave.

- Recordáis lo que os dije acerca del campo de fuerza y sobrecargarlo, ¿no? – preguntó retóricamente.

Un único disparo, concentrado y sostenido, se dirigió hacia el foco de energía del gran pilón de la Torre Lemon. Benjamín mantuvo toda la concentración posible para mantener el rayo láser hasta que la torre se sobrecargó. La explosión resultante generó una onda que los dejó sordos durante unos instantes. Los soldados se alejaban corriendo de la torre a ras de suelo. Ellos, desde las alturas, pudieron ver como la señal se interrumpía y la Torre Lemon caía, sumergiéndose en la tierra para toda la eternidad.

 

 

Epílogo

 

A pesar de las bajas sufridas, en Nirit no habían escatimado en celebraciones. El reencuentro fue duro, y los padres de Taylor abrazaron con fuerza tanto a él como a Benjamín y a Magdalena. El gordito rebelde se había ganado el respeto de Sreader, y junto a su madre decidieron volver a intentar levantar un negocio en las ruinas de Cadmillon.

Tanto supervivientes como ciudadanos llegados de otros rincones igual de desafortunados comenzaron la lenta reconstrucción de la ciudad. Esta vez, ningún Gobierno Central decidiría por sus habitantes, sino que sería la democracia popular la que tomaría las decisiones del pueblo. Magdalena decidió ayudar a Mila Hollyfrey a cuidar de los heridos y a alimentar a los desfavorecidos, y el coronel Sreader decidió asumir el control de la milicia urbana para evitar que los oportunistas hicieran más sangre de la herida.

Ángela, Joshua y Maykel decidieron irse a vivir a la cercana Manrilem, convencidos de empezar de cero tras el fatídico destino sufrido por sus familias. No habían sido los únicos en irse, pues los malos recuerdos atesoraban los rincones de Cadmillon. Por suerte, una prótesis fabricada por el doctor Marañón facilitó mucho las cosas a la impedida.

De Maelstrom poco se supo, pues tras la batalla, se desvaneció. Nadie conoce si su destino fue hundirse junto a aquel de cuya doctrina renegó, o simplemente dio su cometido por cumplido y dejó el mundo a quienes se lo merecían. El papel de contar a la madre de los Salcedo el destino de sus hijos le fue reservado a Taylor, quien en los llorosos ojos de la señora pudo observar un orgullo a la altura del dolor de la pérdida.

Pasados seis meses del inicio de la reconstrucción de la ciudad y casi un año de la muerte de Apguul, Taylor se encontraba tomando un café en una cafetería de lo que antes había sido conocido como Colmena. Ahora lo habían rebautizado como Calle de la Duermevela, no existiendo nunca más diferencia por clases sociales en Cadmillon. El avisador sonoro de la puerta sonó cuando una chica de pelo corto la cruzó y fue directa a sentarse frente a él. El reloj de la pared marcaba las cuatro y diez.

- Qué pronto has querido quedar hoy – dijo ella mientras se acomodaba.

Taylor removió la cucharilla de su taza de café, desdibujando el corazón que una coqueta camarera había formado incautamente al echar la leche.

- Temía que se hiciera tarde – reconoció él mirando el remolino.

- ¿Llevas mucho tiempo esperando? Me he retrasado diez minutos – se disculpó ella.

«Si solo fueran diez minutos… te has retrasado toda una vida».

- Oye, ¿vas a decirme ya que era eso tan importante que tenías que decirme? – insistió la chica.

Indeciso e intentando reunir el valor suficiente como para mirarla a los ojos, abrió la boca pero no pudo hablar. Dio un pequeño sorbo al café y descubrió que se le había olvidado echar azúcar.

- Bueno, voy yo a pedirme un café yo también, no vaya a ser.

Ella se levantó y se acercó a la camarera, que lejos de hacerle un corazón, formó un trébol de cuatro hojas con la leche caliente. La muchacha volvió al asiento y esta vez el vaso del chico estaba vacío junto a una pequeña servilleta donde había limpiado sus labios.

- Me voy a ir, Magdalena. Voy a irme muy lejos.

La chica, que estaba a punto de beber de su tacita, la posó de nuevo.

- Pero, vamos a ver, ¿a dónde? Y, ¿por qué? – preguntó nerviosa.

No era esa declaración la que se esperaba. No de Taylor. Los últimos meses después de derrotar a Apguul, habían estado recuperándose de sus heridas y del estrés sufrido, y los trabajos de ayuda social habían consumido la mayor parte de su tiempo. Ambos sabían que tenían una conversación pendiente, y aquella cita, en aquel café a las cuatro y diez, prometía romper con la maldición que los perseguía desde hacía numerosos años.

- No quiero volver a tomar las armas, ya no tengo nada por lo que luchar. Voy a ser historiador como mi padre. Han llegado informes de que, cuando se activó la Torre Lemon, en Abya Yala del Sur hubo grandes movimientos de tierra. Vamos a mudarnos mis padres y yo allí a investigar.

Las palabras del chico sonaban responsables, pero ella sabía que escondían algo más.

- Quiero seguir sintiéndome útil – añadió ante el silencio de ella.

- Aquí también puedes sentirte útil, Taylor. Toda esta gente te necesita – afirmó ella con tristeza.

El chico tomó sus manos entre las suyas y apretó fuerte.

- Les dejo contigo, ¿acaso existe una persona mejor en todo el universo para cuidar de ellos?

El viejo dial de la cafetería comenzó a reproducir una melodía que Magdalena reconoció al instante, la misma que bailaron sus padres al conocerse. Sin esperar aceptación y sin soltar a Taylor, se levantó de la silla y le sacó con ella al medio del local. Le puso frente a frente y miró fijamente a sus ojos.

El violonchelo acompañaba de forma continua al ritmo de otros instrumentos como el güiro, los triángulos, la guitarra eléctrica, el piano, o los violines. Era más bien una melodía lenta, pero ideal para la ocasión. Ella comenzó agarrándolo de la cintura y él correspondió a su gesto. Con la cabeza de Magdalena apoyada sobre el hombro de Taylor, su pelo corto jugó a hacerle cosquillitas. De forma tierna, él pasó su mano colocando sus cabellos tras las orejas. No le encontró sentido a romper el silencio con palabras y, mientras los demás clientes los miraban extrañados, ellos ignoraron que el mundo seguía girando ahí fuera.

  

 

Hasta el final

 

 

 

Cuando el cielo caiga sobre nosotros,

Y el fin parezca próximo.

Cuando abunden los desencuentros,

Y reneguemos hasta del prójimo.

 

Yo no dudaré,

No, no pienso dudar.

Porque me quedaré contigo hasta el final.

 

Cariño, ni un segundo de duda,

Hasta el final.

 

Si el infierno se abriese bajo nuestros pies,

Y el mismísimo dios decidiera abandonarnos,

Yo no lloraré ni temeré nada,

Porque te agarraré fuerte,

Hasta el final.

 

 

 

 

 

 

Yo no dudaré,

No, no pienso dudar,

Porque me quedaré contigo hasta el final.

 

Aunque la noche más oscura venza al amanecer,

Recuerda lo que te dije al mirarte a los ojos,

Que aunque se derrumbe el mundo ante nosotros,

Yo me quedaré contigo,

Hasta el final.

 

Y de ser necesaria renovar la promesa ante el fuego,

Y que me ardan las entrañas preso del miedo,

Yo te juro, amor mío, que lucharé por ti,

Hasta el final.



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