Magdalena - Capítulo XXVII - El reencuentro

 

Magdalena




Feliz domingo, lectores.

Estamos a unas pocas semanas del desenlace. Sin lugar a dudas (si es que alguien aún guarda alguna en su corazón o donde quiera que las esconda), va a ser por todo lo alto. La novela llega a su fin (o a su nacimiento, depende de cómo lo queramos ver). 

Hoy, antes de la gran batalla final, llega el momento de los reencuentros, de la paz y de la calma. El ojo que todo huracán guarda en su interior.

Relájense, disfruten junto a vuestros héroes, pues durará poco.

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LISTADO DE CAPITULOS

Prólogo y Capítulo I - Reencuentro

Capítulo II - Doble-W

Capítulo III - Azul y morado

Capítulo IV - La prisión del tiempo

Capítulo V - El CID

Capítulo VI - El Monstruo

Capítulo VII - Al llegar el alba

Capítulo VIII - Hollyfrey

Capítulos IX y X - Un café con Ángela & Joshua Güendell

Capítulo XI - Vía Muerta

Capítulo XII - Magna Quidem Illustrans

Capítulo XIII - Visita a medianoche

Capítulo XIV - El hombre de sus sueños

Capítulo XV - Alcohol y cocaína

Capítulo XVI - El Movimiento Panonírico

Capítulo XVII - Sangre y vómito

Capítulo XVIII - Caballo de Troya

Capítulo XIX - Marineros de agua dulce

Capítulo XX - Apguul

Capítulos XXI y XXII - La ciudad sin ley & Una teoría del todo

Capítulo XXIII - Visita a medianoche

Capítulo XXIV - Urgencia nocturna

Capítulo XXV - El mismo ataúd

Capítulo XXVI - Sangre de mi sangre



Capítulo XXVII – El reencuentro




Joshua y Maykel entraron triunfantes en la ciudad. Apenas habían probado el combate por el camino contra bandas errantes de acólitos y, ahora que llegaban a Cadmillon, la Bruma se había disipado. El sol, resplandeciente en el amanecer, iluminaba una ciudad que yacía en ruinas.

- No la recordaba así – comentó Maykel a su amigo.

- Debemos de llevar mucho tiempo fuera – respondió Joshua para quitarle hierro al asunto.

Frente a ellos, los cadáveres tanto de los seguidores del Culto como de militares y civiles se amontonaban por las calles. Aún había incendios activos que los soldados deberían sofocar, y seguramente gente que, más que de costumbre, necesitaba ayuda de verdad. El general se acercó a un pequeño grupo de cuatro personas que venían del centro de la ciudad.

- Coronel Sreader, me alegro de volver a verle tras lo ocurrido – saludó el superior.

- General Cobos, tan perspicaz como de costumbre – respondió el coronel abrazando a su viejo amigo. – Las cosas se han puesto feas por aquí.

- Al menos nos dimos cuenta a tiempo. Pensar que durante tantos años hemos estado sirviendo en secreto a esos hijos de puta… - se lamentó el militar.

- Aún no ha acabado – intervino Taylor. – Alza la mirada, el centro de Cadmillon ha caído y una pirámide voladora ha salido de ahí. Apguul ha vuelto.

Mientras llegaban los soldados, Benjamín se había dedicado a poner al día a su amigo sobre su padre y sobre todo lo sucedido.

- ¿Apguul? – preguntó el general extrañado.

- Es una larga historia – dijo Sreader mientras se alejaba junto con su camarada dispuesto a ponerlo al día.

Joshua y Maykel fueron corriendo hacia Benjamín.

- ¡Cabrones, como me alegro de veros! – gritó el gordito al ver a sus amigos acercarse.

Los tres se abrazaron con fuerza.

- Quien lo iba a decir, tú armado como un soldado – le comentó Maykel bromeando.

- Todo sea por derrocar al Gobierno Central – respondió éste a la chanza.

Taylor recorrió las calles vacías de Cadmillon, reflexionando sobre cuál debería ser el siguiente paso por dar. Apguul se había dirigido a la Torre Lemon, pero tras haber puesto a prueba su poder, el chico dudaba de que fuesen capaces de derrotarlo. “Ha detenido un misil sin inmutarse”, pensó. El camino de su consciencia lo llevó también a pensar en los hermanos Salcedo, en el destino de un linaje borrado de la faz del universo y en lo que su amigo había debido de sufrir desde el episodio de la Iglesia del Santo Prejuicio. Al poco tiempo, Sreader se acercó a él.

- Te estaba buscando, muchacho. Tenemos que ponernos ya en marcha.

- ¿Y los civiles?

- Algunos hombres se quedarán a ayudar, pero ahora hay que acabar con esto. Me acaba de llamar la señora Hollyfrey. Me ha dicho que tu amiga tiene algo que contarnos y que nos espera en Nirit.

Taylor asintió, y varios de los vehículos militares de transporte lo llevaron tanto a él como a Sreader, Benjamín y al resto hacia Nirit. Por el camino, el cansancio lo venció y finalmente se sumió en un profundo sueño, tan profundo y ligero que nada lo perturbó pero que, al despertarse, no recordaba nada del onírico paseo.

- Eh, macho, que ya hemos llegado – le informó Benjamín.

Nirit no era para nada lo que se esperaba, pero cumplía perfectamente como base oculta, ajena al ajetreo del mundo moderno. La mayoría de los vehículos no llegaron a entrar al pueblo, sino que formaron un perímetro defensivo a su alrededor. En la distancia, la Torre Lemon se erguía poderosa, proyectando su señal fatal al cosmos. Nada más apearse, vio a dos figuras conocidas esperándolo.

- ¡Papá! – gritó al correr y abrazar fuerte a su padre.

- ¡Taylor, hijo mío! – respondió Garret con lágrimas en los ojos. – Cuánto has crecido.

El exsoldado también dedicó un abrazo a su madre, poniendo en común tres pares de regueros lacrimosos.

- No tuve más remedio que hacerlo – lamentó éste. – Pero al fin estamos todos juntos otra vez.

- Lo siento muchísimo, tanto por ti como por tu madre. Os he hecho sufrir muchísimo. No os lo merecíais – reconoció apenado.

Su hijo lo detuvo colocando su mano derecha sobre el hombro izquierdo de su padre.

- No pasa nada, lo entiendo. Hiciste lo que tenías que hacer en vez de lo que querías. Una vez que todo acabe, tendremos tiempo de hablar. ¿Sabéis donde están Ángela y Magdalena?

Su madre decidió intervenir.

- Ángela está descansando. Llegó herida. Magdalena está en la cabaña de la señora Hollyfrey. Ahora que finalmente has llegado, deberíamos ir.

Primero lo hicieron Sreader, Benjamín, Maykel y Joshua; y después la familia Longshallow Gingercloth. Uno tras otro, cruzaron el umbral de la vivienda de Mila Hollyfrey. En su interior, la señora aguardaba junto a Magdalena, Maelstrom, y otro hombre adulto casi anciano. Taylor y Magdalena se miraron, y sus ojos desbordaban cariño y confianza, el alivio de descubrir que ambos se encontraban bien y que se habían perdonado mutuamente, pero aun así guardaron las formas.

- Me alegra verte – saludó él, un poco cortado.

- Y a mí verte a ti – reconoció ella.

- ¿Y de mí no piensas decir nada, maleducada? – bromeó Benjamín.

Tras fingir una sonrisa, Mila tomó el peso de la conversación.

- Joven Longshallow, no pudimos presentarnos bien antes. Mi nombre es Mila Hollyfrey y soy la líder del Movimiento Panonírico – afirmó solemnemente. El chico respondió moviendo la cabeza arriba y abajo. – Este señor es Marañón, un conocido de Garret. Ha sido el encargado de curar a Magdalena.

- ¿Curar? – preguntó Taylor.

- Así es – confirmó el hombre. – Su sangre estaba contaminada por ese tal Apguul, pero hemos conseguido limpiarla… al menos en su mayoría.

- ¿Qué quiere decir con en su mayoría? – inquirió Benjamín.

- Quiere decir que ahora soy inofensiva cuando llega la Bruma, pero que una pequeña parte del Nakamati aún habita en mí – explicó ella.

- Exactamente. Hemos limpiado la mayor parte de su sangre, pero era imposible hacerlo con toda. No debería de darnos ningún problema.

- De todos modos, el verdadero problema es otro – retomó Mila. – Cadmillon y la mayoría de las urbes han sido arrasadas. ¿Sabéis por qué el Culto se ha retirado, y con él la Bruma?

Los demás negaron con la cabeza.

- Porque no necesita gastar más energías para someternos. Las estructuras de mando han sido dañadas de forma tan profunda que intentar enfrentarnos a Apguul únicamente sería un suicidio. El resto del trabajo lo completarán sus seguidores cuando, siguiendo la transmisión de la Torre Lemon, alcancen este planeta – continuó ella.

- Entonces derribemos esa puta torre – indicó Benjamín en tono belicoso.

- No es tan fácil – le interrumpió Maelstrom. – La influencia de Apguul crece por momentos, y la torre está defendida por infinitos acólitos y Criaturas de la Bruma. Es el epicentro de su poder. Un asalto por tierra no tiene ninguna opción.

- Entonces, ¿qué proponéis hacer? – preguntó Garret. – Si estamos aquí es porque tenéis una respuesta, ¿verdad?

- Sí. Mientras realizaba la diálisis y purificación de Magdalena, ella afirmó tener visiones – comentó Marañón.

Los ojos de todos se pusieron sobre la chica.

- No sé muy bien por qué, pero desde hace tiempo he tenido trances donde veía el pasado. Veía a mi padre, a Doble-W, a mi madre… poco a poco se abrían ante mí las puertas de la memoria, pero ese Monstruo siempre me hostigaba. Esta vez ha sido diferente. Pude verlo todo, inclusive la raíz del mal.

- ¡Claro! Cómo he podido ser tan idiota – se lamentó Garret.

- ¿Qué te pasa a ti ahora? – le preguntó su mujer.

- Magdalena tiene la misma sangre que Apguul, por diluida que esté. Es normal que lo vea, al igual que es normal que viera a su padre. Esa información se ha transmitido de generación en generación a través del ADN.

- Entonces, ¿por qué yo no? – preguntó Maelstrom.

- Porque no te ha atormentado como a ella, o quizá no has completado los rituales… no lo tengo claro, pero lo único que importa es que ella ha tenido esas visiones.

- Bueno, – carraspeó Magdalena para seguir – lo que quería decir es que pude asistir a los orígenes de la corrupción de Apguul. Los Nakamatis nos crearon para regalarnos el libre albedrío, pero él creía que les correspondía esclavizarnos. Se rebeló contra los de su raza y creó a las Criaturas de la Bruma para asesinarlos, ya que un Nakamati no puede matar a otro de su misma especie. En su traición algo hizo a otro de los suyos que originó a los seres humanos tal y como los conocemos, una línea de sangre ajena a la corrupta de la que provengo yo. Intentó construir una torre para que sus seguidores vinieran al planeta a esclavizarlo, tal y como quiere hacer ahora; pero Anfiédis, su propia hermana, lo detuvo. Ella usó algo llamada espada interfásica para descoordinarlo con respecto al universo, y al no poder matarlo, lo que hizo fue detenerlo hasta ahora. Apguul actúa a través de su heraldo, que es el que ha orquestado su regreso. Quizá, si podemos volver a utilizar esa arma contra él, terminemos con esta pesadilla.

- Una espada interfásica… jamás oí hablar de algo así – reconoció Garret. - ¿Sabes cómo podemos construir una?

- No – se lamentó ella.

- Entonces, ¿cómo vamos a detenerlo? – quiso saber Maykel, que había estado callado en todo momento.

- Porque sé dónde podemos encontrarla. El último respiro de Anfiédis lo dio en las montañas cercanas a Cadmillon. Allí se encuentra también su nave, y con ella podremos asaltar directamente el zigurat – afirmó con valentía.

- Vamos a ver. Eres consciente de que para eso tendremos que distraerlos por tierra, ¿no? – preguntó Sreader.

- ¿Qué ha sido de la aviación? – consultó Taylor.

- El general me dijo que justo antes de la ofensiva del Culto todos los aviones y helicópteros fueron saboteados. Han actuado de forma muy precisa y organizada – lamentó.

- Si tiene que hacerse así, que se haga. No tenemos más remedio que confiar en Magdalena – dijo Mila.

- ¿Y vas a enviarla sola en busca de algo que ha soñado? Mila, por favor, es solo una niña – le replicó el coronel.

- No irá sola – afirmó Taylor. – Yo iré con ella.

- ¡Y yo! – gritó instintivamente Benjamín de la que daba un paso al frente. – Necesitaréis a alguien para pilotar ese cacharro, ¿no? Que no os veo muy espabilados – añadió realizando una chanza.

Alyn Gingercloth sonrió al ver a los tres amigos unidos de nuevo.

- No se hable más. Si tan claro lo tenéis, partid inmediatamente. Magdalena, recuerda que no tienes únicamente la sangre de Apguul, sino que la sangre de tu madre corre también por tus venas. Eres la unión de ambos caminos y nuestro destino está en vuestras manos. Los militares os ocuparéis de sitiar la Torre Lemon y desatar la ofensiva. ¿Cuánto tiempo creéis que tardaréis? – preguntó la señora Hollyfrey.

- Las montañas están a unas dos o tres horas de aquí – dijo Sreader. – Nosotros partiremos inmediatamente hacia la torre y comenzaremos el ataque. Con un poco de suerte podremos penetrar sus defensas. Solo puedo pediros que no tardéis.

Los tres jóvenes asintieron. Tras salir de la casa de Mila, Benjamín se despidió de sus amigos y Taylor de sus padres.

- Después de tanto tiempo sin vernos, no te vayas a morir ahora – le pidió su padre.

En su mirada había orgullo, pero también miedo. Aquella broma ocultaba sus mayores temores en ese momento.

- Ya ha habido demasiadas muertes por culpa de Apguul. Es hora de ponerle fin.

Tras pronunciar aquellas palabras, su madre lo miró casi como quien mira a un extraño. “Mi niño ya es un hombre”, pensó al intentar reconocerlo. Tras despedirse, Taylor se distanció en busca de estar en paz consigo mismo antes de la última aventura. En otro de los hogares reposaba Ángela. Con delicadeza, abrió la puerta y entró. La luz apenas se filtraba a través de unas cortinas gruesas y el salón estaba vacío. Tras una puerta entreabierta encontró a la chica con los ojos cerrados. La miró y decidió girarse para irse, pero ella lo detuvo.

- Es imposible dormir así, con tanto revuelo alrededor – expresó con la voz rota.

- Bueno, a ti nunca se te ha dado muy bien dormir – bromeó él girándose hacia ella.

- Ya somos dos, pequeño Longshallow. Me alegro de que estés bien.

Su voz sonaba cansada, aún a la espera de verse recuperada, aunque fuera parcialmente, de sus heridas. Toda la energía que la caracterizaba se había disipado, pero sin duda la había mantenido viva.

- Yo también me alegro de verte bien a ti – reconoció él.

- ¿Bien? – preguntó retóricamente enseñando la extremidad amputada.

Taylor se estremeció y dio un paso hacia ella.

- ¡Joder! – exclamó. – Lo… siento…

Apenas podía hablar tras ver a la muchacha en ese estado. Se le encogía el alma porque se sentía responsable.

- No es culpa tuya. Bastante bien me ha ido, ¿no crees? Para no haber cogido un arma en la vida, le he echado un par de ovarios – afirmó esbozando una media sonrisa.

- La verdad es que has sido muy valiente en todo momento. Desde Cadmillon hasta Manrilem, y también de vuelta a Cadmillon.

- ¿Qué tal está Magdalena? – se interesó ella interrumpiéndolo.

- Bien. Ya no volverá a transformarse en esa cosa.

- Bueno, me alegro por ella – respondió Ángela fríamente. – No te preocupes, lo entiendo.

- ¿El qué entiendes?

- Que estés enamorado de ella – sentenció.

- ¿Perdona? Yo no estoy enamorado de ella – expresó Taylor intentando defenderse.

- Soldadito rubio, que nos conocemos. A mí no tienes que darme ninguna explicación – comentó sonriendo esta vez.

- En verdad no lo sé, Ángela. Todo es muy complejo…

- ¿Complejo? ¿Qué tiene de complejo? La conoces de toda la vida y la mirada no miente. He visto vuestras pupilas dilatarse al miraros, he visto vuestra compenetración… Taylor, tienes que ser valiente por una vez, ¿o quieres pasarte toda la vida con líos en los retretes?

El chico intentó responder, pero ella lo detuvo con la única mano que le quedaba.

- De verdad, aquello estuvo muy bien. Me has gustado desde que te vi echarle pelotas en aquel vídeo y no me arrepiente de lo que pasó entre nosotros, pero soy lo suficientemente adulta como para entender cómo funciona el mundo. No te preocupes, si he sobrevivido a mis heridas, puedo sobrevivir a esto. Será nuestro secreto.

Taylor suspiró aliviado y la pasó con delicadeza el pelo por detrás de las orejas.

- Gracias por todo, Ángela. Yo también te tengo mucho cariño. Te prometo que haré que haya merecido la pena.

Ella, sonriendo por fuera pero muerta de pena por dentro, cogió su mano con la suya y lo miró directamente a los ojos.

- Sal ahí fuera y dale una lección a esa cosa. Haz que se lo piense dos veces antes de volver a enfrentarse a la humanidad.

Él apretó con fuerza.

- No te preocupes, haré que ni se lo vuelva a plantear.

Tras dejar atrás la cabaña de Ángela, Magdalena y Benjamín lo esperaban afuera. Se habían podido asear, pero sus ojos reflejaban el estrés y el agotamiento.

- Ya era hora, macho. ¿Qué tal está? – preguntó Benjamín.



- La he visto mejor, pero al menos está estable. ¿Nos vamos?




















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