Magdalena - Capítulo XVIII - Caballo de Troya

 


Continuamos avanzando con la publicación de Magdalena. Llegamos ya al capítulo dieciocho, que va a representar un pequeño peldaño más que los protagonistas superarán para afrontar el velo del mal que los rodea.

Quería adelantar una noticia interesante relacionada con esta novela, y es que seguramente antes de la publicación del siguiente capítulo, podré presentar varios bocetos del artista italiano encargado de la portada. Ya sabéis cuál es la única manera de no perdérselos.

Como siempre, a continuación el índice:

LISTADO DE CAPITULOS

Prólogo y Capítulo I - Reencuentro

Capítulo II - Doble-W

Capítulo III - Azul y morado

Capítulo IV - La prisión del tiempo

Capítulo V - El CID

Capítulo VI - El Monstruo

Capítulo VII - Al llegar el alba

Capítulo VIII - Hollyfrey

Capítulos IX y X - Un café con Ángela & Joshua Güendell

Capítulo XI - Vía Muerta

Capítulo XII - Magna Quidem Illustrans

Capítulo XIII - Visita a medianoche

Capítulo XIV - El hombre de sus sueños

Capítulo XV - Alcohol y cocaína

Capítulo XVI - El Movimiento Panonírico

Capítulo XVII - Sangre y vómito




Capítulo XVIII – Caballo de Troya

 

Ya habían pasado casi cincuenta minutos desde que desactivó los sensores perimetrales. Sus invitados deberían estar al llegar.

Sreader recorrió la distancia que lo separaba de la sala de máquinas y el cuarto de salida de basuras en silencio, mirando por encima del hombro a todos los subordinados que osaban dirigirle una mirada. Su semblante se mantenía firme, como siempre, sin reflejar en ningún momento lo que acababa de hacer.

Cuando se alejó lo suficiente, miró a la derecha y suspiró. Desde hacía tiempo sabía que las cosas no iban bien, y él, que siempre había tratado de ser un hombre de honor, se guiaba por lo correcto. La pérdida había marcado un antes y un después en su vida, haciéndole cuestionarse decisiones que previamente aceptaba sin disputa.

Sabía que las cámaras lo vigilaban, únicamente esperaba no encontrarse con “el rufián de Winterlich”, tal y como se dirigía a él en el interior de su cabeza. No era capaz de reconocerlo. El viaje que habían compartido hasta aquella base le había revelado el sicario sin escrúpulos en que se había convertido, pero en otro tiempo no había sido así.

“Yo tampoco”, pensó. “El tiempo nos cambia a todos. El tiempo y las vivencias.”

El Lich se había retirado junto al tal Joseph Mattpher. Sreader no lo conocía en profundidad, pero su cara llenaba las pancartas políticas de Cadmillon. Si alguien de su estatus trabajaba de forma conjunta con Pyotrolai, desde luego que había gato encerrado y eso justificaba perfectamente sus propias acciones.

“Me pregunto que habrá sido de Taylor después del ataque de aquella criatura. Siempre le he tenido cariño a ese chaval.”

Sus grandes manos negras abrieron con delicadez la puerta, permitiendo al hedor a basura inundarlo todo. Dentro, un par de hombres con equipos de protección se encargaban de dar el último adiós a los residuos.

- Cambio de turno, camaradas. Este envío va a tener que esperar – dijo irónicamente.

- Señor, debemos de vaciar el depósito de la tarde – respondió uno de ellos.

- No va a ser necesario, se vaciará junto al de la noche.

- Pero, señor…

- Es una orden.

Los dos hombres asintieron y se acercaron a la puerta dispuestos a abandonar el recinto.

- Si no es mucha indiscreción, ¿a qué se debe esta interrupción? – preguntó el segundo de ellos, que había permanecido en silencio hasta este momento.

- Es confidencial, órdenes directas del señor Mattpher. No sé qué es lo que tendrá en mente exactamente, pero si queréis seguir trabajando aquí, lo mejor será que no digáis a nadie nada sobre esto y que cuando el siguiente turno vacíe el depósito, estén sobre aviso.

Nuevamente, los dos hombres agitaron su cabeza de forma nerviosa, intentando asentir con normalidad, y abandonaron la estancia, charlando sobre sus dudas entre tomar Rock Damm o simplemente café en la cafetería. El coronel no habría dudado, leche de cabra con un ochenta y cinco por ciento de proteína.

“Vamos, cabrones, no tenemos todo el tiempo del mundo.” No sin razón, él también estaba nervioso, ya que se jugaba mucho. Si salía mal, sería su cabeza la que colgaría de alguna pica; y si salía bien, seguiría los pasos del recluta que desertó.

“No hemos venido hasta aquí para lamentarnos, ostia.” La espera se hizo larga y tanto el ángel como el demonio que reposaban sobre sus grandes hombros no hacían más que calentarle la cabeza, intentando que se cuestionara sus decisiones. “Es lo correcto, es lo correcto. Yo vine aquí a hacer lo correcto.”

La palanca estaba algo oxidada, pero no le costó moverla. La basura aún no estaba encima así que únicamente se precipitó al vacío algún resto de comida. La luz de su linterna le permitió ver alguna silueta bajo sí, y confiando en que fueran humanas, las tendió la escalera que usaban los equipos de desinfección. Uno a uno, hasta siete hombres subieron a través de ella. El primero llevaba una túnica negra, y los otros siete un uniforme militar confiscado. Uno de ellos era bastante gordito.

- Por un momento pensé que no ibais a llegar nunca – dijo el coronel.

- Mila es una mujer de fiar y nosotros somos su brazo armado. ¿Cuántas veces te han fallado los tuyos? – respondió el hombre que iba a la cabeza.

Sreader lo conocía. Se hacía llamar Maelstrom, aunque a sus ojos, simples y bonachones, no era más que otro loco.

- Para que no me fallen, tengo que entrenarlos diariamente. ¿Se puede saber qué haces vestido así?

- Voy más cómodo para lo que tenemos que hacer. Al final somos más de los que pensábamos, estos cuatro chicos se han unido a nosotros en el último momento y era imposible decirles que no vinieran – dijo señalándolos.

- ¡Benjamín Lorenz, señor! – dijo el chico gordito.

- No tienes mucha pinta de militar – respondió el coronel.

- Eso es porque no lo soy, pero tengo unos cojones que no me caben en los calzoncillos – dijo sonriente Benjamín.

Sreader le devolvió la sonrisa.

- Me gusta tu actitud, lo demás es sólo entrenamiento. Está bien, creo que la señora Hollyfrey os ha informado de la misión. Nuestro objetivo es simple, aquí hay un hombre con dos libros muy valiosos, vamos a ir a por él y vamos a sacarlo junto a ese par de papeles.

- El señor Longshallow – volvió a decir Benjamín.

- ¿Longshallow? ¿Es el padre de Taylor? – preguntó Sreader.

Los chicos asintieron, pero antes de que pudieran continuar con las preguntas, Maelstrom los interrumpió.

- Las presentaciones y los culebrones familiares podemos dejarlos para más adelante, cuando estemos bien lejos de aquí. Ahora vamos a lo importante, porque me imagino que por simple que sea, no va a ser fácil.

- Estás en lo cierto – dijo el coronel con voz firme. – Uno de nosotros debe de quedarse aquí para evitar que vacíen la basura, ya que va a ser nuestra vía de escape primaria si el sigilo funciona. Tres más me acompañaran a mí hacia la estancia del prisionero con la excusa de garantizar un interrogatorio seguro. Tú – dijo señalando a Maelstrom mientras le daba un mapa de las instalaciones– deberías de colarte por los conductos de ventilación para llegar a las salas de máquinas, y si puedes, desconectarlas, ya que eso nos facilitará mucho las cosas. Los otros dos daros un paseo por la base y no la lieis mucho, siempre sin abandonar esta planta ni perder la referencia de esta habitación, es probable que las cosas se compliquen y necesitemos de fuego de cobertura para poder escapar. Nos veremos aquí en dos horas.

El grupo asintió. Parecía un plan improvisado, y debido al incremento en los números y a la vestimenta de Maelstrom, seguramente lo fuera; pero no tenían ninguna alternativa y ninguno conocía las instalaciones mejor que Sreader.

- Yo me quedaré cubriendo esta zona. Soy el menos preparado, pero tengo una labia de alucine – dijo Benjamín.

Giandro le dio una palmadita en el hombro y habló.

- Yo quiero acompañar al coronel.

- Y yo – dijo uno de los hombres de Mila.

- No voy a ser menos – dijo el otro.

- Entonces nosotros dos nos quedaremos por aquí, a ver qué vemos – dijo Joshua ante la atenta mirada de Maykel.

Sin mediar palabra, Maelstrom comenzó a trepar sobre la maquinaria para llegar hasta el conducto de ventilación. A pesar de su edad, su agilidad era sorprendente, casi inhumana.

Joshua y Maykel fueron los primeros en salir, avisando de que no había peligro, ya que ver abandonar aquel cuarto al coronel acompañado de tres hombres era muy sospechoso. Avanzaron por un camino largo en la dirección opuesta a sus compañeros y pronto se encontraron con una bifurcación.

- Y ahora, ¿qué? – preguntó Maykel.

- A la derecha, siempre a la derecha.

- Eso dicen siempre en Cadmillon.

Ambos se echaron a reír y pronto llegaron a la famosa cafetería, que más que un lugar de reposo y alimentación parecía un urinario público. Un camarero entrado en carnes les preguntó qué querían comer.

- Déjenos la carta – dijo Joshua.

El hombre se echó a reír.

- Sois nuevos por aquí, ¿no?

- Sí, sí – respondió casi tartamudeando.

- Entonces os la resumiré. Bocadillo de lomo, el pan está duro, pero cualquier otra carne da asco, y la tortilla… bueno, os puede salvar una guardia en el retrete – respondió el camarero riendo nuevamente.

Fueron dos bocadillos de lomo. Los jóvenes se sentaron a comer sobre estructuras de hormigón que hacían las veces de asiento. Tras el primer mordisco, Joshua casi perdió dos dientes en el intento, pero Maykel parecía encantado.

- Podría venir de misión más a menudo – dijo.

- Si mejoraran la comida, yo también – respondió su compañero algo asqueado.

El camarero los miró, casi intentando espiar su conversación, así que cuando Maykel fue a responder, Joshua lo fulminó con la mirada para que guardara silencio. Un grupo de cuatro hombres entraron en la cafetería, tres se sentaron y uno fue donde el camarero.

- ¡Peter, lo de siempre! – gritó.

Eran jóvenes, pero podrían sacarlos unos diez años, y por su constitución, se veía que habían sido sometidos a rigurosos entrenamientos. Uno se tumbó con las piernas estiradas y abrió una cerveza.

- Joder, y todavía nos quedan dos putos meses aquí. Tengo unas ganas de ver a mi parienta que me da que me corro solo conque me toque – dijo.

- ¿No te has enterado? Se rumoreaba que los de arriba tienen algo grande entre manos e igual nos piramos antes – dijo otro.

- ¡Eso no suena nada bien! Si la están liando seguro que nos mandan a otro país a meternos de tiros, o nos encierran con los bichos de la Bruma.

- No sé, pero los de limpieza han salido hace rato diciendo que Sreader les había dicho que nada de vaciar en su turno, y eso no se ha hecho nunca.

Los dos infiltrados se miraron con preocupación. Mila les había dado el nombre del coronel, y si hasta los soldados rasos rumoreaban sobre su posible entrada, sería una bomba de llegar a las esferas más altas.

Maelstrom se arrastraba como podía. Los conductos eran estrechos, pero estaba en sus genes la habilidad de poder avanzar rápidamente a través de ellos, aunque con los años había perdido la práctica. En el pasado, había sido obligado a recorrer kilómetros de túneles y respiraderos, y aunque se autoconvencía de haber dejado esos días atrás, en momentos como aquel estaban más presentes que nunca. Una de las rejillas daba a un urinario femenino, donde una mujer se estaba subiendo los pantalones tras terminar la faena. El hombre ni miró, ya que no estaba interesado en tales menesteres.

Cada vez que llegaba a una bifurcación, afilaba el olfato, siguiendo la dirección opuesta a la que marcaban las corrientes de aire, ya que suponía que iban dirigidas a las mejores habitaciones. “De todos modos, va a dar igual, si no la encuentro a la primera voy a volver a tener que revisarlo todo uno a uno.” El mapa que le había dado el coronel era confuso y seguramente erróneo, con el objetivo de confundir a los visitantes inesperado.

Tras una media hora, por fin localizó una de las salas cercanas a la de máquinas. Allí no había nadie, así que sería más seguro saltar en ella que en la que debía de hacerlo. Con dos pequeños taconazos, la rejilla venció a su peso, permitiéndolo colarse por el hueco. Por suerte, ni él ni la placa metálica hicieron mucho ruido. Las cámaras lo preocupaban, pero sabía que podía servir de distracción para el resto del grupo ya que era el único no uniformado. Se acercó a la única de aquella estancia y sacando un nunchaku de las sombras, la hizo añicos. Era consciente de que ahora tenía los minutos contados, pero como tampoco se esperaban un ataque desde dentro, así que la confusión jugaría a su favor. Pegó la oreja a la puerta y no notó nada fuera, así que la cruzó rápidamente, doblando el pasillo por la izquierda y llegando a la puerta de la sala de máquinas. Tenía un acceso de seguridad que bloqueaba la entrada, por lo que que encendió un mechero y lo arrojó contra el aspersor de incendios, provocando que saltara la alarma y comenzara a mojarse todo.

No tardó mucho en abrirse la puerta mientras un hombre se disponía a salir con urgencia, pero de un golpe en el cuello con su arma, Maelstrom lo hizo caer, entrando él en la habitación.

- ¡Qué diablos! – gritó el controlador desde su asiento.

Junto a él, había otros dos soldados armados que fueron pillados por sorpresa. Antes de que pudieran dispararlo, el hombre se abalanzó sobre uno de ellos y lo golpeó en el brazo derecho, impidiéndolo disparar y girando sobre su cuerpo para interponerlo entre él y las balas de su compañero. Mientras uno de los soldados masacraba al otro, Maelstrom lo empujó sobre su opuesto para hacerlo perder el equilibrio y de un único golpe en el cráneo, lo mató con su nunchaku.

- A mí no me hagas daño, por favor… - suplicó el controlador.

Junto a su mesa, había un paquete de rosquillas marca El Niño Gordo, la cual seguramente reflejara la infancia del trabajador.

- Apágalo todo – dijo el extraño mientras cogía una.

Tras asentir nervioso, el hombre comenzó a pulsar botones y los ventiladores y la refrigeración de la maquinaria comenzaron a cesar, de igual manera que la alarma por humos. Había cumplido, ahora debía de regresar a las sombras.

Aprovechando su distracción, el controlador apretó el botón rojo de la alarma.

- ¿Qué haces? – le gritó Maelstrom.

El trabajador intentó cargar contra él, pero como si fuera un demonio, el antiguo acólito aprovechó su peso para derribarlo sobre las propias máquinas, rompiendo varios de sus huesos por el impacto. De un codazo en la nuez, lo mató.

“Tengo que salir de aquí echando ostias”, pensó.

Se giró para abandonar la estancia, pero una solitaria figura lo esperaba apoyada en el marco de la puerta.

- Cuanto tiempo, viejo amigo – dijo esta.

- Walter – respondió el polizón.

- Esta vez hemos intercambiado nuestros papeles – dijo el sicario mientras acariciaba su pistola. - ¿Quién de los dos crees que será más rápido? ¿Tú con tu puta herencia genética, o yo con mi destreza y mi vieja pistola?

Maelstrom ya había coincidido con aquel que llamaban “el Lich” en el pasado, cuando él engrosaba las filas del Culto. Como detective primero, y agente después, Walter Winterlich se había dedicado a proteger a los inocentes y dar caza en secreto a los grupos radicales. Era un hombre incorruptible, pero el poder y el dinero parecían capaces de alargar la sombra que habita en el corazón de todas las personas.

- No tienes que hacer esto si no quieres – fue lo único que dijo.

- Siempre me he dedicado a dar caza a los que son como tú – respondió.

- Ahora sirves a los que eran como yo, abre los ojos – dijo Maelstrom con un tono sereno. El tiempo corría en su contra, pero tal vez existía una posibilidad de huir sin luchar.

- Yo sirvo al Gobierno Central de Cadmillon y velo por el bien común de sus ciudadanos.

- ¿Matándolos y mutilándolos? ¿Siguiendo a los ricos como un perro faldero? No eras así cuando nos conocimos, y la cicatriz de mi costado da buena fe de ello.

- No sé de qué intentas convencerme, pero tus palabras suenan huecas.

Al mirarlo directamente a los ojos pudo verlo. Sus pupilas brillaban con un tono amarillento antinatural, un color diferente al que él tenía de nacimiento. Podrían tratarse de lentillas, pero no lo creía. Seguramente fuera algo más oscuro.

- A ti no te han hecho lo que a mí, pero te lo harán si no te enfrentas a ellos ahora – dijo el polizón.

- No sé de qué me hablas – respondió su adversario agarrando con fuerza el mango de su Beretta 92 F.

Maelstrom se concentró. La semilla de aquel mal aún corría por sus venas y su corrupción lo acompañaría los días de vida que aún le quedaban por vivir. Durante su pertenencia al Culto, había aprendido a controlar alguno de sus secretos. En mitad de la oscuridad, pudo ver el aura azulada de Doble-W. Dirigiéndose a ella, intentó hablarla, pero una sombra se interpuso entre los dos, el fantasma de un hombre que él también había llegado a conocer muy bien. Sus voluntades batallaron en silencio durante apenas un instante que pudo durar toda la eternidad, pero la pureza de Maelstrom se impuso sobre el etéreo fantasma. Al abrir los ojos, Walter estaba caído en el suelo, balbuceando palabras sin sentido, agarrándose la cabeza con ambas manos. El invitado pasó a su lado con cierta lástima: la mente de aquel hombre estaba dividida, fragmentada entre los restos de quien era en realidad y el demonio que lo poseía y del cual no había podido librarlo totalmente. Apoyando su mano sobre el hombro del desamparado, le dijo en voz baja.

- Suerte.

La puerta se cerró tras Sreader y uno de los hombres entró con él. Los otros dos se quedaron fuera, junto a los guardias.

- Coge los libros y vámonos – dijo el coronel.

Garret Longshallow lo miró incrédulo. Estaba demacrado, y no pudo evitar pensar que iban a torturarlo otra vez.

- No te resistas y actúa con normalidad – dijo el otro hombre. – Vamos a sacarte de aquí.

Por primera vez en muchos años, hubo brillo en la mirada del historiador. Agarró con firmeza, pero también con cuidado ambos libros y los apretó contra su costado. Los tres abandonaron la estancia en fila india: primero el coronel, luego el prisionero, y cerrando la fila, el hombre de Mila.

- ¿Ya habéis acabado con el interrogatorio? ¿A dónde os lo lleváis? – preguntó uno de los guardas.

- Órdenes directas de Mattpher, es confidencial – respondió Sreader.

- ¿Tienes documentación escrita? – insistió.

- ¿Es necesario para alguien de mi rango? No creo que a vuestro jefe le gusten los retrasos.

- Entonces permítame hacer una llamada para consultarlo.

Sreader le metió un puñetazo en la cara, derribándolo mientras sangraba por la nariz. El golpe había sonado a fractura.

- ¿Se puede saber qué haces? – exclamó el otro guarda, conmocionado.

- Le enseño a no contradecir a sus superiores. ¿A ti te han educado, o necesitas clases de refuerzo? – respondió el hombre con mal tono.

El guarda tragó saliva y no respondió. Sreader se puso frente a frente con él y lo miró por encima del hombro mientras este bajaba la mirada. Sin mediar palabra, continuó avanzando junto al prisionero mientras los otros dos polizones se unieron al pelotón. Les separaba una planta y varios pasillos del punto de extracción.

- Ya casi lo tenemos – dijo Salcedo en voz baja.

- Y sin ningún inconveniente – añadió otro de los chicos.

Como por arte de magia, la alarma comenzó a sonar, y en apenas unos segundos los corredores estaban infestados de militares recorriendo sus vastos pasillos. Longshallow comenzó a mirar nervioso a ambos lados, pero Salcedo lo dio un leve codazo para que disimulara.

El grupo comenzó a acelerar el paso en dirección al ascensor, que estaba bloqueado por la emergencia. Descendieron por las escaleras rápidamente y se dieron de bruces con Mattpher.

- ¡Coronel Sreader! ¡Hemos detectado a un intruso en la sala de máquinas!

“Maelstrom”, pensó. “No ha sido capaz de llevarlo con discreción”.

- ¿Vas a quedarte ahí plantado? – preguntó el político, rompiendo su concentración. – Espera, ¿a dónde lleva al prisionero?

- Lo estoy escoltando para protegerlo del intruso, señor. Si nos están atacando, seguro que es por su culpa, así que tenemos que desplazarlo.

- ¡Muy bien, muy bien! Da gusto contar con veteranos tan experimentados que ya saben perfectamente lo que deben de hacer. ¡Pues ocúltalo rápido y vuelve para organizar la defensa! De momento han desactivado todas las cámaras y la energía de la base, pero he enviado al Lich a que se encargue de él. ¡Corre!

El político había sido engañado fácilmente. Sreader asintió, orgulloso de su gesta pero triste por descubrir la escasa cantidad de materia gris que contenía el cerebro de aquel que velaba por el pueblo.

No tardaron mucho en llegar al punto de reunión. Maykel y Joshua no estaban allí.

- ¡Tenemos que irnos! – gritó el coronel al juntarse con Benjamín.

- ¡Pero mis amigos aún no han llegado! – gritó el joven.

- No tenemos tiempo para ellos – dijo uno de los hombres.

- ¿Y dónde quedó eso de que ningún soldado será abandonado? – reclamó irónicamente el más gordito del grupo.

- Lo prioritario es el éxito de la misión. Hay mucho en juego y ellos vinieron voluntariamente.

El ruido de las botas de Maelstrom al caer del conducto de ventilación interrrumpió la conversación.

- Buena la has liado, pollito – le dijo Salcedo.

- Sin mí no lo habríais logrado tan fácilmente. ¡Vámonos!

El grupo descendió raudo por la salida de basuras. Benjamín se quedó hasta el final, intentando visualizar a sus amigos, pero nunca llegaron. Finalmente, tuvo que irse. Los militares tardarían en notar su ausencia, y aunque descubrieran su vía de escape, no podrían aplastarlos haciendo descender la basura ya que las máquinas tardarían varias horas en arrancar y poder funcionar. Longshallow caminaba torpemente, con las extremidades atrofiadas por no usarlas. Pronto todos podrían escuchar lo que les tuviera que contar.


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