Magdalena - Capítulo VI

 


Al fin está aquí, el capítulo que todos y todas deseabais leer desde que leísteis el prólogo.

Es largo, es intenso, va a doler, y es el penúltimo capítulo de la primera parte de Magdalena.

Alto ahí, no os asustéis: no voy a dividir la novela en una saga de tomos interminables. Únicamente, entre este capítulo y el siguiente se cerrará la primera etapa del arco narrativo. Pero antes de seguir, el índice de capítulos.


LISTADO DE CAPITULOS

Prólogo y Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V


CRÉDITOS DEL CAPÍTULO

Créditos del Prólogo y Capítulo I

Créditos del Capítulo II

Créditos del Capítulo III

Créditos del Capítulo IV

Créditos del Capítulo V


Capítulo VI – El Monstruo

 

- No puedo ir más deprisa tampoco, ¿es que no lo ve?

- No me diga que no puede hacerlo, ¡simplemente hágalo!

Doble-W estaba nervioso. El científico correteaba de un lado a otro del laboratorio, aguantando el chaparrón de improperios que el sicario escupía en su dirección.

Sobre la única camilla del salón yacía Magdalena. Sus cabellos rizados ahora ocupaban una papelera en una esquina, y todas las vías que tenía conectadas a su cuerpo no hacían más que succionar su sangre poco a poco.

- ¿Usted entiende algo sobre esto? Si aceleramos el proceso, morirá – dijo el más anciano de los dos.

- ¿Te crees que me importa la chica? Yo sólo sigo órdenes y las cosas se están poniendo feas ahí fuera, al menos hasta que lleguen los refuerzos, pero… ¿sabes lo que pueden tardar en bajar hasta aquí?

El científico se encogió de hombros.

- Lo suficiente como para que usted pueda ser asesinado por uno de esos rebeldes. No sé si me entiende.

Las amenazas de Doble-W surtían efecto en el hombre, que nada más escucharlas comenzó a corretear por la habitación intentando mantener el cuidado suficiente como para evitar destrozos innecesarios.

La chica abrió los ojos. Se sentía débil y la dolía mucho la cabeza. La luz de la estancia la dañó y la obligó a parpadear. No podía moverse, la habían amarrado.

- Buenos días bella durmiente – dijo el sicario.

- ¿Qué quieres de mí? – acertó a balbucear ella.

- Te aseguro que visto tu nuevo corte de pelo no busco lo mismo que todos los hombres.

Magdalena restregó la cabeza contra la camilla y notó su piel chocando contra el tejido. Entonces, lo recordó todo, el sonido de la maquinilla, sus lágrimas, sus gritos…

Fuera sonaron disparos. Era una ráfaga solitaria. Frente a ella acertaba a ver una puerta blindada.

- No creo que quisieras salir por ahí, hay mucha gente mala fuera – la dijo el Lich.

- ¿Dónde estamos?

- En el mismo sitio donde te interrogamos, pero un poco más abajo. ¿Ves lo que pasa cuando eres una niña mala? Que los mayores tenemos que ponernos serios y castigarte.

Magdalena se fijó en los tubos que chupaban la sangre de su cuerpo. Cada vez se sentía más débil y la daba bastante asco.

- Os lo ruego… parad… no puedo más…

- ¿Amas a tu pueblo, señorita?

- ¿A mi pueblo?

- Al pueblo de Cadmillon, por supuesto.

- Yo… amo a mi gente, a la cercana, a la Colmena…

- La Colmena, la Piquera… ¿sabes que todos están en peligro, verdad? Y todo por culpa de esa puta Bruma.

El móvil de Doble-W comenzó a sonar. Era un teléfono de la marca Lemon, un LE-Phone último modelo. El hombre miró un momento a la pantalla y dudó antes de responder, pero lo hizo.

- Está aquí conmigo – dijo ante una pregunta formulada desde el otro lado de la línea.

La chica estaba demasiado débil como para escuchar quién había realizado la llamada, pero por el murmullo parecía un tono femenino y furioso.

- ¡No puedo darme más prisa! Sí, perdone, no debería hablarla así. ¿En cinco minutos? Imposible. Bueno, vale, está bien, en cinco minutos.

Tras colgar, suspiró y miró a la mujer.

- Parece que vas a tener suerte, en cinco minutos tenemos que irnos.

El científico se giró hacia él.

- ¿Cinco minutos? ¡No vamos a tener la dosis suficiente?

- Es lo que hay, señor Kirfeller. Tendremos que conformarnos.

- ¿Y qué vamos a hacer con ella?

- Dejarla aquí, ¿no ves que no tiene fuerzas ni para moverse? Únicamente nos ralentizaría.

- Pero si esos traidores dan con ella…

- Confiemos en que nuestros soldados la encuentren primero y nos la devuelvan.

Las ráfagas de tiros volvieron a sonar fuera, esta vez con más fuerza. El científico se acercó a Doble-W y Magdalena pudo verlo, menudo, jorobado y prácticamente calvo, embutido en una bata con restos de sangre sobre ella.

- No pensará salir por la puerta principal – le dijo al más joven.

- Usaremos el túnel de evacuación.

- ¿El túnel? ¡Hace décadas que no se usa! Además… hay tramos que pasan relativamente cerca de las alcantarillas. Puede ser peligroso.

- Más peligroso es desobedecer a Lera Pyotrolai.

- Lera… Pyotrolai… - murmuró Magdalena.

- ¿No crees que lo mejor será que la matemos? Sabe muchas cosas y no deberías haber pronunciado ese nombre delante de ella – dijo Kirfeller.

- Si sobrevive puede sernos útil en el futuro. En cambio, de ti tal vez no pueda decir lo mismo. Ya sabes, nuevo laboratorio, nuevos profesionales… ¿por qué debería de salvarte la vida? No hemos visto avances en tu investigación.

- ¿Avances? ¡Estamos trabajando día y noche! Si estamos en lo cierto, con la sangre de estos híbridos podremos crear un efecto parecido a lo que se consigue con la Bruma. ¡Imagina lo poderosos que se volverán nuestros soldados! Si me matas, ¡todo eso se perderá!

- La señorita Pyotrolai me ha pedido pruebas, si no, tal vez sea mi cabeza la que pida en bandeja de plata. Sí, de plata – dijo ante la aterrada mirada del científico. – Ya sabes que ella no repara en lujos ni gastos.

- Pero el suero no está depurado del todo. ¡Teníamos órdenes muy estrictas! Primero conseguir el máximo de suministro posible y luego comenzar su producción en masa.

- Bueno, tenemos muestras, ¿no? Podemos probar una en un paciente humano, y si realmente funcionan, significará que el experimento funciona.

- Señor, sin ánimo de ofender, no le recomiendo probarlo. El aumento metabólico es demasiado arriesgado para un ser humano normal a día de hoy, lo hemos depurado para probar en ratones y algunos han fallecido por ello. Si me dais dos semanas más puedo alterarlo para que sea más seguro.

- No me recomienda probarlo… señor Kirfeller, ¿tan inteligente que es y no se ha dado cuenta de que en esta habitación estamos tres personas? Ya que haré caso a sus recomendaciones, pues sabe mucho más que yo, agradecería que fuera usted el que amablemente se sacrifique por la ciencia. No se preocupe, señor Kirfeller, si sobrevive y demuestra que merece la pena seguiremos contando con usted – dijo Doble-W asomando el cañón de su Beretta 92 F bajo su abrigo negro.

El científico retrocedió dos pasos, aterrorizado.

- No tenemos mucho tiempo, a la señorita Pyotrolai no le gusta que la hagan esperar – insistió el sicario.

Kirfeller tragó saliva y se acercó al mobiliario. Empujó un sensor de contacto y accedió a una caja metálica, y sin quitarse los guantes, la abrió. El vaho gélido se despejó en unos instantes, dejando a la vista muchos viales. Tembloroso, tomó uno en sus manos, y tras volver a rogar con la mirada una piedad que nunca llegó, se lo inyectó.

- ¿Y bien? ¿Te sientes más fuerte?

- No me encuentro muy bien… - respondió el científico.

Magdalena observaba incrédula. Aquel hombre se acababa de inyectar su sangre, y de no ser suya, sería de otra persona. Se escucharon más disparos fuera y el cristal de la puerta blindada se tiñó con la sangre de los guardias muertos.

El científico comenzó a retorcerse y se dejó caer de rodillas. Sus nudillos tocaron el suelo de gres grisáceo mientras vomitaba, empapando su bata. Magdalena sintió como sus ojos se salían de sus cuencas cuando su mirada pasó de la incredulidad al terror, y Doble-W se levantó corriendo y se acercó al hombre.

- Aguante señor Kirfeller, ya casi lo tiene.

Las venas del cuello se ensancharon al ritmo de la presión sanguínea y su cara se tornó del color del fuego. El poco pelo que le quedaba se desprendió y su columna crujió cuando se retorció bruscamente hacia atrás. Doble-W apoyó su mano en el hombro del científico y este lo miró directamente a los ojos, transmitiéndole el pánico que sentía.

- ¡Sé fuerte! ¡Domínelo!

Kirfeller arreó un manotazo al agente, arrojándolo contra la camilla de Magdalena y haciéndola caer de lado. La chica se golpeó la cabeza en el rebote y el pistolero gimió de dolor. El científico comenzó a hincharse enormemente, aumentando el tamaño de sus hombros y brazos. El cráneo se fragmentó y comenzó a crecer pero su rostro se mantuvo, formando una diminuta estampa al frente de su cara.

- Creo que tenemos que irnos, señorita – le dijo a la muchacha.

Doble-W comenzó a desatarla mientras el hombre continuaba su transformación. La bata se rompió en mil pedazos y él comenzó a golpearse contra las paredes, incapaz de aguantar el dolor de la mutación, arrojando todo tipo de material de laboratorio, compuestos y cristales por el suelo. Magdalena consiguió levantarse apoyándose en el hombro de Walter y respiró fuerte.

El científico miró a la pareja y dio un paso en su dirección. Su mirada carecía de toda la inteligencia que previamente había tenido.

- Deténgase, señor Kirfeller – dijo el sicario apuntándolo con su arma.

- Usted me ha obligado a hacer esto – dijo el hombre arrojando una caja a la derecha. – Huid mientras podáis… ¡no puedo controlarlo más!

Kirfeller se dejó caer mientras la pareja comenzaba a retroceder hacia la salida trasera. Al alzar la cabeza, la transformación había finalizado y además del aspecto hinchado uno de sus brazos se había convertido en una grotesca extremidad y el otro se había dividido en dos.

La puerta de seguridad se abrió de golpe y entraron tres hombres a través de ella: eran manifestantes. Uno disparó con un revólver al científico, que pareció ignorar el disparo y únicamente se llenó de ira. Tras dos zancadas, agarró con el brazo grotesco al hombre por la cara y le reventó el cráneo. Otro de los hombres lo golpeó con un pico de minería en la espalda, pero Kirfeller se revolvió y lo arrojó por los aires.

- ¡Vamos, es nuestra oportunidad! – gritó Doble-W a Magdalena.

La pareja atravesó la puerta trasera y descendió por un túnel estrecho, dejando atrás golpes, disparos y gritos. Las escaleras estaban húmedas pero la chica se agarró a la barra lateral mientras el hombre intentaba que anduviera más rápido.

- Me ibas a haber dejado allí… ¿por qué me ayudas?

- No soy tan malo como puedo aparentar – dijo él sonriendo.

La puerta fue arrojada por los aires de un impacto y cayó al suelo frente a ellos, rozando sus cabezas. El monstruoso cuerpo de Kirfeller estaba cubierto por la sangre fresca de los tres rebeldes y parecía haber perdido el control sobre sus acciones. Tras proferir un monstruoso rugido, arrancó una de las patas metálicas de la camilla y comenzó a descender tras ellos. Doble-W sacó una esfera del bolsillo y la arrojó al suelo frente al mutante.

- ¡Quédate quieto, cabrón!

La esfera destelló y liberó un campo eléctrico frente a Kirfeller, que intentó atravesarlo pero retrocedió tras recibir la descarga. Gruñó de dolor y volvió a intentarlo, pero fracasó, llenando el aire de olor a carne quemada.

- Esa puta electrogranada no lo va a mantener ahí mucho tiempo, debemos de darnos prisa – dijo él.

La pareja aceleró el paso y cruzó otra puerta, accediendo a un parking subterráneo donde había varios vehículos antiguos, entre ellos la moto a la que el hombre se dirigió directo. Se subió a ella y Magdalena lo hizo tras él, abrazándolo para no caerse cuando arrancara. Por su cabeza se pasó la idea de intentar noquearlo y robar sus llaves, pero estaba demasiado débil como para intentarlo.

Cuando el hombre arrancó, la segunda puerta fue reventada por Kirfeller. La bestia gritó y corrió hacia ellos, pero Doble-W logró acelerar la moto y comenzó a esquivar los coches que estaban aparcados mientras el engendro les seguía los talones, arrojando los vehículos con sus golpes y dificultando su huida.

El sicario sacó su pistola alargando la mano derecha y disparó dos veces sobre el científico, impactándolo en el bíceps de uno de los dos brazos menudos y en la mandíbula. En respuesta, Kirfeller arrojó la pata metálica de la silla en dirección a la moto, golpeando contra la rueda trasera cuando estaban cerca de salir del parking. El golpe desestabilizó al vehículo y provocó maniobras bruscas. Magdalena se mareó y fue incapaz de mantenerse agarrada, cayendo contra el suelo y golpeándose en los antebrazos. Doble-W frenó y se detuvo, disparando nuevamente sobre el científico.

- ¿Qué cojones es eso? – gritó alguien desde la puerta.

- Da igual lo que sea, ¡dispara! – gritó otro hombre.

El primero de los dos comenzó a disparar con su pistola a la abominación, mientras el segundo hizo lo propio con su subfusil. Magdalena alzó la vista hacia ellos y le pareció ver que uno era moreno y el otro rubio.

- No puede ser cierto… - dijo.

Kirfeller agarró uno de los coches, un Lock del 46, y lo arrojó hacia los dos hombres, que para evitarlo, saltaron a los lados, adentrándose así en el parking. El rubio apuntó a la cara de la criatura y descargó todo su cargador contra ella. El científico intentó protegerse con su brazo monstruoso mientras avanzaba en su dirección. Cuando se quedó sin balas, la bestia comenzó a correr hacia él, obligándolo a protegerse detrás de uno de los vehículos estacionados para poder recargar.

Doble-W no daba crédito a lo que veía. Aquellos dos chicos no parecían proletarios descontentos. Se acercó a Magdalena, que seguía postrada en el suelo, y la alzó agarrándola de la cintura.

- Tenemos que irnos, señorita. La cosa se va a poner aún más fea – la dijo.

- ¡Deja a mi chica en paz! – gritó el chico moreno.

Clark se abalanzó sobre el sicario, desequilibrándolo y haciendo caer a los tres al suelo nuevamente. Magdalena los miró y vio a su novio sobre el hombre, preparado para golpearlo en la cara. Doble-W detuvo el golpe y apretó fuerte su mano, haciéndola crujir. El chico se quejó y perdió el impulso, haciendo que el Lich lograra dar la vuelta a la tortilla y pudiera hacerlo perder el equilibrio para ponerse sobre él.

Taylor no dejaba de correr mientras Kirfeller lo seguía. Incapaz de recargar, agarró el subfusil con su mano izquierda y tomó la pistola en la derecha. Los vehículos chocaban entre sí dejando un rastro de gasolina y cristales rotos, y la iluminación led del techo comenzaba a apagarse al son de las bombillas rotas. Sin previo aviso, apuntó al científico con el arma y consiguió impactarlo en el ojo izquierdo, incrustando una bala en su cerebro. Kirfeller se llevó las tres manos a la cabeza y gritó.

A lo lejos se escuchó un disparo.

Con más celeridad de la habitual, Kirfeller golpeó con los dos pequeños puños a Taylor, arrojándolo contra el capó de un coche. El muchacho se reincorporó rápidamente a pesar del dolor y pudo esquivar por los pelos un golpe de martillo de la monstruosa extremidad. Pensó rápido, y tras ver a la abominación recubierta de gasolina, encendió su mechero y se lo arrojó. Kirfeller se prendió en llamas e intentó revolcarse por el suelo, pero dado que todo estaba impregnado de aceite, únicamente aceleró el proceso. Antes de que Taylor pudiera hacer nada, había dejado de moverse.

El militar alzó la vista y vio a Clark postrado en el suelo y al Lich agarrando a Magdalena por el cuello mientras intentaba llevársela a la moto. Si fallaba, podría darla a ella, pero no falló. Con un único disparo impactó a Doble-W en el brazo que apresaba a la chica, permitiéndola liberarse y correr en dirección a Taylor. Este volvió a disparar al sicario pero falló, y en respuesta el hombre hizo lo mismo pero el muchacho pudo cubrirse tras una de las pocas columnas que seguían en pie. Tras recargar rápidamente su subfusil, desató una ráfaga de disparos sobre su oponente, obligándolo a cubrirse tras la moto. Magdalena se detuvo junto a Clark y se tiró al suelo a su lado. Taylor avanzó y se colocó detrás de los restos de un vehículo sin perder de vista la ubicación del sicario.

- Esta vez ganas tú, muchacho – le escuchó decir.

Tras impactar contra el suelo, la bomba de humo comenzó a desperdigar su gas por la estancia. Taylor volvió a disparar en su dirección pero lo único que obtuvo por respuesta fue el rugido de la moto al arrancar. En apenas un par de minutos todo volvió a la normalidad y no quedaba ni rastro de Doble-W.

“¡Clark! ¡Magdalena!”, pensó mientras corría en su dirección. La muchacha lloraba, arrodillada junto a él. El chico sangraba a través de una herida en el costado. Taylor se arrodilló.

- Lo ha disparado – dijo la chica entre lágrimas.

- Estoy bien…

- No es mortal – dijo Taylor tras examinar la herida. – Vamos a taponar la herida para evitar que pierdas mucha sangre. La bala no ha alcanzado ningún órgano vital, así que si lo hacemos bien, te recuperarás. ¡Reacciona, Magdalena! ¡Necesito tu ayuda!

El militar arrancó las mangas de su sudadera y preparó un vendaje improvisado con ayuda de Magdalena. Clark se reincorporó poco a poco, dolorido. Escupió sangre.

- ¿Puedes andar? Tenemos que salir de aquí – le preguntó el militar.

- Sí… creo que sí…

Clark se apoyó en los hombros de las otras dos personas y probó a dar unos pasos. El soldado le dio los mapas de los túneles a la chica y guardó su subfusil para tomar en la mano derecha su pistola al necesitar el otro brazo para cargar con su compañero.

- Habéis venido – dijo ella. – Habéis venido a por mí.

- Cómo… cómo iba a dejarte aquí, florecilla… - le dijo su novio mientras intentaba contener el dolor.

Los tres comenzaron a aventurarse en la oscuridad al dejar atrás el parking.

- Tenemos que encontrar una salida cercana utilizando las alcantarillas. Clark necesita un médico, pero uno de la Colmena, es importante que no lo vinculen con las manifestaciones violentas de hoy… y creo que tú también necesitas otro.

- Yo estoy bien, únicamente algo débil… y calva – dijo ella.

- Encontraremos una bonita peluca – la respondió Clark, bromeando como ella.

“No tengo tiempo que perder haciendo el puto aguanta velas”, pensó Taylor. Los túneles estaban oscuros, quitando la pequeña iluminación cercana al parking secreto que serviría a los científicos y a la élite para acceder a los laboratorios. El olor a humedad y a mierda llenaba el ambiente, y tras ellos, el humo del incendio flotaba sobre el cadáver del científico.

- Hoy estoy de fuego hasta los cojones. Debe de ser mi elemento – dijo el rubio en voz alta. – Es una larga historia.

Las goteras y el sonido de las aguas residuales acompañaban al paseo de los tres compañeros. Al fin habían logrado encontrar a la chica y habían tenido la suerte de que fuera su amiga, pero la situación se los había ido de las manos.

- ¿Cómo sabíais que estaba ahí? – preguntó ella.

- Siempre es bueno tener amigos hasta en el infierno – respondió Taylor en memoria de lo acontecido en la Academia Formativa. – Y suerte.

- Aunque nuestra idea era llegar por aquí – respondió Clark articulando mejor las palabras. – Pero la cosa cambió fuera. Ha habido un atentado y yo… estaba muy preocupado por ti… y la gente… no ha aguantado más, han asaltado varios edificios del Gobierno Central.

Magdalena se sobresaltó, incómoda. Con aquella mención, un breve flashback cruzó rápidamente por su cabeza, recordándola los sueños reveladores que había tenido en el laboratorio. Aquel no era el momento de decirle nada a su amigo, primero tenían que ponerse a salvo.

- Todo es culpa de esos embaucadores del Culto, ¡están intentando convencer a todo el mundo de que la culpa de que pasen estas cosas es nuestra, de nuestros pecados y todas esas mierdas! Estaban con un puto megáfono volviendo locos a los manifestantes, y al final mira, ha acabado todo esto con muchísimas muertes – dijo su amigo.

Ella tragó saliva. Sabía más de lo que les había dicho. Ese era el motivo de que no hubiera querido reunirse con Taylor y por lo que evitaba a Clark.

- Magdalena… - comenzó a decir Taylor. – Esa cosa que nos ha atacado en el parking… ¿qué era?

Ella tragó saliva nuevamente.

- Era un científico. El doctor Kirfeller, por lo que tengo entendido.

- No me suena de nada ese nombre, pero su apariencia… ¿qué le había pasado? ¿Qué te estaban haciendo en ese laboratorio?

- No… no es el momento… - dijo Clark.

- Querían mi sangre – respondió ella ignorando a su novio.

- ¿Y para qué podían querer tu sangre? Es muy raro que alguien vaya al CID. Sé lo que hicieron con los demás pasajeros. Ellos… nosotros, debería decir, hacemos eso cuando la gente ve más que lo que debe, y ese tal Kirfeller se parecía mucho a los monstruos que aparecen en la Bruma.

- Así que tú también has participado en esas matanzas… – dijo ella profundamente decepcionada.

- Si estoy aquí es porque he renunciado a ser soldado, es lo único que importa. Respóndeme sincera, ¿qué relación hay entre Kirfeller, tu sangre y la Bruma?

Magdalena miró el mapa y encontró la salida que buscaban. Por suerte, estaba muy cerca. Los tres se detuvieron cuando escucharon corretear alrededor suyo, en los túneles.

- No hagáis ruido – murmuró Taylor en voz baja.

Tras soltar un segundo a Clark, apagó la luz del móvil que llevaba en el bolsillo del pecho para iluminar su camino. Había unas escalerillas junto a ellos. Magdalena fue la primera en subir, poco a poco, intentando no hacer ruido.

Dos de ellos sabían que era lo que había en los túneles.

Clark intentó agarrarse pero no tenía la fuerza necesaria para subir. Respiró fuerte, pero era imposible. A lo lejos se escuchó un gruñido. No se parecía en nada al sonido emitido por los animales que ellos conocían. Empezó a oler raro, y la luz que se filtraba del exterior a través de la apertura, comenzó a nublarse.

“No puede ser”, pensó el soldado. Se aferró a la escalerilla e indicó a Clark que se agarrara a su cuello, realizando un gran esfuerzo físico para subir antes de que la Bruma lo inundara todo.

Al llegar arriba, dejó a su amigo a un lado y cerró rápidamente la trampilla en un intento desesperado de que fuera lo que fuera que habían escuchado allí dentro no saliera detrás de ellos. Al girarse pudo ver a Magdalena llorando de rodillas.

- Lo siento, lo siento muchísimo – dijo ella entre lágrimas. – Debéis iros.

- No podemos abandonarte aquí – la respondió su novio. – No hemos hecho todo esto para nada.

La Bruma comenzó a filtrarse a través de todos los accesos de las cloacas hacia la calle. Habían aparecido en una cuesta. A un lado tenían la fachada de un gran edificio residencial y a su izquierda había dos pequeños patios comunes que daban a varios pisos más pequeños. Delante y detrás había dos calles principales.

- Iros, de verdad. No os preocupéis por mí – repitió la chica quitándose de encima los brazos de su novio.

Él intentaba abrazarla.

- ¡He dicho que no pienso irme sin ti! ¿No te enteras? ¡Así que levántate y vamos a por mi puto Fivrolet P-78!

La densa neblina de color esmeralda se filtraba desde el suelo como si fuera el gas contaminado de una fábrica. Taylor sacó su subfusil y, de repente, lo entendió todo.

- Clark, tenemos que irnos.

Él no se movió del lado de Magdalena, que se había colocado en posición fetal mientras lloraba. La calle estaba en silencio pero se podía escuchar aún el sonido de los disturbios algo más allá.

- ¡Clark, ostia, tenemos que irnos!

- ¡No sin ella! – respondió.

Magdalena comenzó a convulsionarse y se tornó hacia atrás, haciendo crujir todo su cuerpo. Clark la miró horrorizado y consiguió levantarse a pesar del dolor de la bala. Taylor lo agarró por el hombro y tiró de él, pero se liberó y volvió a sentarse junto a ella.

- ¿Qué coño le ocurre, Taylor? – preguntó a voz en grito a su compañero.

De un zarpazo, la cabeza de Clark salió volando por los aires antes de caer sobre la corteza artificial que decoraba uno de los dos patios. La sangre roció todo el pavimento y el cuerpo decapitado cayó tendido sobre el suelo. Taylor comenzó a correr hacia abajo buscando huir de la Bruma.

Se lo tenía que haber olido, pero la adrenalina de aquel día y la resaca del anterior no le habían dejado pensar con claridad. Le dolían todos los músculos del cuerpo, pero en Río Negro le habían acostumbrado a pasar más días sin dormir y a entrenar duro.

No podía hacer nada para enfrentarse a ella. Ya habían visto a esas cosas primero y la única forma de abatirlas era usando artillería pesada, algo que, por desgracia, no tenía.

El golpe se sintió como el impacto de un misil. El cristal saltó por los aires y algo se introdujo en la vivienda. Taylor se protegió de la lluvia de vidrio y escuchó los gritos de terror que venían del interior. Fuera lo que fuera aquella cosa, estaba despedazando a los habitantes del edificio. Derribó la pared e hizo lo mismo con los del piso de al lado, y gracias al ruido, comenzaron a iluminarse todas las ventanas del vecindario. El soldado disparó contra una de ellas para atraer la atención de aquello mientras seguía corriendo.

Cuando saltó delante de él, aún tenía en sus fauces el cuerpo de un niño moreno de no más de seis años. Mirándolo fijamente, apretó, destrozándolo, y acto seguido comenzó a tragar. Era repugnante.

- ¡Detente, ostia! – gritó Taylor disparándolo.

Las balas impactaron en el torso de la criatura pero no lograron atravesar su dermis. Era de color azul grisáceo, como un tiburón, pero uniforme menos en la espalda que era casi negro. De su cabeza colgaba una cresta rizada de color castaño y de su pecho lo hacían dos grandes senos llenos de vasos sanguíneos, tan marcados como los de sus musculosos brazos y piernas. Su nariz era chata y separaba dos ojos rasgados; bajo ellos, dos hileras de afilados dientes trituraban los restos del niño. La sangre fresca de las personas asesinadas decoraba sus garras, dientes, pecho y nariz. Cuando terminó de tragar, rugió.

- ¡Detente, hija de perra! – gritó otro hombre.

De uno de los pequeños pisos laterales surgió un señor en pijama. Tendría entorno a sesenta años, pelo blanco y una escopeta entre sus manos. Tras él corría una mujer joven que llevaba un bebé en brazos y otro niño de la mano. El hombre disparó con su escopeta a la criatura, dañándola.

- Ven a por mí si puedes, jodida abominación – la increpó.

El monstruo saltó hacia el hombre, que entró torpemente en el portal cerrando tras de sí una puerta acristalada. La mujer con los hijos, que podría ser su hija, llegó a un vehículo e intentó abrirlo de la mejor manera que pudo. Taylor disparó a la bestia por la espalda, pero su calibre era ineficaz. De un golpe reventó la puerta de cristal y accedió al portal que se había iluminado por los sensores de movimiento.

- ¿Qué ocurre ahí abajo? – gritó otro hombre escaleras arriba.

La Bruma comenzó a filtrarse dentro del edificio. Un segundo disparo de escopeta enrabietó más al monstruo.

- ¡Cierra la puta puerta y no dejes que entre nadie! – gritó el señor.

Taylor, incapaz de ayudar, siguió corriendo hacia abajo, llegando así a una de las calles principales. Cuando intentó alcanzar el coche en que se había montado la familia, ésta comenzó a acelerar, dejándolo atrás. Tras de sí dejó los gritos de dolor del hombre mientras la criatura lo destrozaba, algo que por suerte duró poco.

Estaba aterrado. No sabía hacia donde huir ni cómo poder parar los pies a la bestia que, si no se equivocaba, era su amiga. Pronto llegarían los militares, pero frente a él la gente comenzaba a salir a la calle, dispuesta a huir como cada vez que aparecía la Bruma. Magdalena no lo había seguido y por el ruido que provenía de los pisos cercanos, seguramente había entrado en alguna vivienda dispuesta a seguir matando.

- ¡Meteros en vuestras casas y no salgáis! ¡Cerrad con llave, pestillo, candado, todo lo que haga falta, ostia! – comenzó a gritar el militar a voz en grito.

La gente lo miraba desconcertada mientras intentaban acceder a sus vehículos para huir de la Bruma. Los más desafortunados lo hacían andando. La paz duró poco, pues el monstruo saltó desde una ventana a la mitad de la calle.

- Mamá, ¿qué es eso? – se escuchó preguntar a un niño.

La criatura miró a toda la población con el gusto de haber encontrado un tesoro, saboreando el aire como aquel que se dispone a disfrutar de un buen festín.

Los gritos de terror y pánico se perdían como murciélagos entre las farolas que, silenciosas, fundían sus ocres luces con la esmeralda de la extraña niebla. El monstruo saltó sobre sus nuevas víctimas, una pareja de piel negra, y los descuartizó, bañando el suelo urbano con los restos de sus piernas y brazos. Taylor corrió a esconderse en un callejón y sacó su teléfono para enviar su ubicación a Sreader. Después lo arrojó a un cubo de basura y volvió a la vía principal.

La bestia continuó sembrando destrucción a su paso mientras los inocentes de la Piquera intentaban sobrevivir cada a uno a su manera. Taylor disparó una nueva ráfaga sobre ella mientras destripaba a un señor obeso que le recordaba a uno de los banqueros que había visto en los informativos, alcanzando su oreja derecha y destrozando el cartílago. Aquello la hirió y provocó que interrumpiera su banquete, así que tras tragarse las tripas del hombre como si fueran salchichas, posó su mirada en el chico.

- Para de una puta vez, ¡ostia!

La criatura lo miró curiosa y comenzó a avanzar hacia él a cuatro patas. Exhaló el aire a través de su boca y el vaho creó un surco entre la Bruma. El militar la apuntó de nuevo, pero no disparó.

- Sigues ahí dentro, joder, ¡recupera el control!

Cada vez tenía más cerca al monstruo y en sus ojos le pareció ver por unos instantes la mirada de su amiga. Ella se detuvo y se alzó sobre sus cuartos traseros, imponente, demostrando ser mucho más alta que el chico. Rugió, pero él se mantuvo firme.

- ¡Acabad con ella, panda de cabrones!

Disparos y más disparos, provenientes de varias direcciones. Los soldados estaban llegando y habían abierto fuego sobre la criatura, que al verse bajo ataque, se revolvió, saltando en su dirección y despedazando a la infantería. La voz que dio la orden era Sreader.

Dos patrullas de policía llegaron a toda velocidad y Magdalena arrojó el cadáver de un hombre sobre el cristal de uno de los coches, provocando que se estrellara contra una farola. Taylor huyó, intentando alcanzar otro de los callejones paralelos al cual había usado para avisar a su coronel. Con las prisas y el miedo se der detenido, no se fijó en uno de los recién llegados que salió tras él.

- ¡No salgan de sus casas! Repito, ¡no salgan de sus casas! ¡El Gobierno Central está controlando la situación!

Uno de los policías estaba avisando por megafonía a los ciudadanos, pero llegaba tarde pues el suelo ya estaba recubierto con su sangre. El asfalto de hundió bajo el ruido de los tanques que abrieron fuego con sus ametralladoras pesadas sobre el monstruo, impactándolo en la espalda y provocando que gimiera de dolor. Viéndose atrapada, Magdalena golpeó la entrada a las alcantarillas y saltó, dándose a la fuga.

Taylor alcanzó el callejón. Era estrecho y a ambos lados colgaban las escalerillas de las salidas de emergencia de los edificios. En el suelo había cartones y basura acumulada, y a medio camino, una pequeña alambrada y cajas de madera que seguramente conectaran con algún rincón de la Colmena. El soldado se acercó, dispuesto a subir por las cajas y saltar.

- No des ni un paso más – le dijo una voz familiar desde la retaguardia.

Al girarse, la poca luz que había le permitió reconocer al hombre. Era Fabio Salcedo.

 


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