Magdalena - Capítulo V

 


Esta semana he de reconocer que el nuevo capítulo llega un poco tarde, pero en mi defensa diré que la semana pasada he estado totalmente comprometido con un proyecto de pintura muy largo y laborioso.

¿Qué no me puedo defender? ¡Cierto, cierto! No puedo dejaros así con lo interesante que estaba la cosa. Así que tengo que ponerme al día tanto con esta novela, como con las correcciones de El Caballero Verde.

Cómo siempre, si quieres comenzar la lectura y unirte a los más de doscientos lectoras que ya disfrutan con la aventura, aquí os dejo todo el índice actualizado.


LISTADO DE CAPITULOS

Prólogo y Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV


CRÉDITOS DEL CAPÍTULO

Créditos del Prólogo y Capítulo I

Créditos del Capítulo II

Créditos del Capítulo III

Créditos del Capítulo IV



Capítulo V – El CID

 

- ¡Si no te paras quieto, va a ser peor, joder!

Era la voz del coronel Sreader. Había metido a Taylor en la parte trasera de un coche de policía para poder hablar tranquilamente, pero el muchacho estaba ansioso.

- Sé lo que hacemos cuando ocurren estas cosas… ¡sólo quiero saber si mi amiga ha sido uno de ellos! – gritó.

- ¿Sabes que por hablar así a un superior puedo meterte un tiro entre ceja y ceja, no? Pues lo primero será que te relajes.

- ¿Qué me relaje? Acabo de tomarme mi primer permiso en dos años y tras salvar a todos esos estudiantes me entero de que una persona que me importa puede estar muerta, ¿tú estarías relajado en mi lugar?

- Si de mi vida dependiera su seguridad, al menos lo intentaría, y no me hables de esa heroicidad vuestra porque ciertos tribunales podrían ver insubordinación. Lo mejor será que te vayas a casa, busques a tu amiga y descanses, yo me ocuparé de todo el papeleo.

- Está bien – dijo Taylor de mala gana.

Sreader tenía razón. Por la fuerza no iba a conseguir nada, al menos nada bueno, y por mucho que hubiera salvado la vida de los civiles, algunos tribunales militares podían ponerlo en apuros. Su coronel había sido duro, pero en su mirada podía ver que lo entendía.

El chico abandonó el vehículo y comenzó a desandar sus pasos, buscando alejarse del lugar de los hechos para encontrar un transporte que lo llevara a casa. Salcedo se le acercó, con un cigarrillo en la mano.

- ¿Fumas? – preguntó.

- Sí, a veces – respondió su compañero cogiendo el cigarro.

- Ha sido un día duro, ¿eh? Pero al menos todo ha salido bien.

- Aquí ha salido todo bien, pero yo aún tengo cosas por hacer.

- Ya he oído que gritabas a Sreader, pero joder, tienes que tener cuidado con eso. Si ese hombre te mete un tortazo te parte por la mitad.

- Fabio Salcedo, sospecho que una amiga mía estaba en la estación de Termas esta mañana.

- Oh, vaya, lo siento mucho. Así que por eso estabas así.

- No tengo confirmación, pero su padre me llamó muy asustado y su teléfono no me da señal. He intentado ver si el coronel me contaba algo pero nada. Al menos va a cubrirnos para que no nos abran un expediente disciplinario.

- ¿Cómo se llamaba esa amiga tuya? Miembros de mi unidad estaban destinados allí, así que tal vez pueda averiguar algo, ya sabes, tú me has hecho convertirme en un héroe hoy y yo te devuelvo el favor.

- Preguntar demasiado puede ponerte en peligro.

- Entrar a tiros en el Salón de Actos también y aquí estamos.

- Está bien, se llama Magdalena. Tiene el pelo rizado y castaño, a veces suelto, a veces se hace trenzas… no sé, hace mucho que no la veo. Yo la recuerdo esbelta y algo más bajita que yo.

- Magdalena, menudo nombre. Está bien, dame tu número que te hago una perdida para que tengas tú también el mío y con lo que sea estamos en contacto.

Tras intercambiar sus teléfonos, los dos muchachos se separaron. Salcedo era un tipo aparentemente bastante básico, pero ya había demostrado valor al acompañarlo una vez y ahora quizá podría ser de ayuda.

Tras andar mucho rato, Taylor consiguió un taxi que lo llevara a casa. “Este no sé si está incluido”, pensó. No podía ir en metro vestido de militar y con las armas y bastante vergonzoso era ya que ningún vehículo oficial lo transportara. Puesto a quejarse, tampoco le habían repuesto la munición que había gastado.

- Déjeme aquí – le dijo al taxista tras ver el alboroto.

La muchedumbre se encontraba frente al portal de Magdalena, así que atando los pocos cabos sueltos que encontró, supo que algo ocurría. Tras perder por tercera vez algunas monedas pagando extra al taxista, desmontó.

- ¡Vamos, sal, joder!

Un policía estaba gritando al padre de Magdalena mientras lo empujaba fuera de su casa. La gente estaba gritando contra el abuso policial y a Taylor le fue imposible acercarse todo lo cerca que quería.

- ¡Dejad los putos desahucios! ¡Es un buen hombre!

“Desahucios, así que ahora lo llaman así”, pensó.

Otros dos hombres de la policía metieron al hombre en el coche al tiempo que el muchacho conseguía acercarse lo suficiente.

- Oye, parad, ¿a dónde os lo lleváis? – preguntó mientras se acercaba.

El policía lo miró de arriba abajo. Era menudo y gordito, prácticamente calvo, con el uniforme bastante limpio y unas grandes esposas descansando en el cinturón junto a su pistola.

- Un puto militar por aquí. Debes de venir de Coliseo.

- Eso no te importa, te he dicho que a dónde os lo lleváis.

- No te incumbe, muchacho, nosotros solo seguimos órdenes. Este hombre no pagaba sus deudas contraídas con el Banco Central, así que ya sabes lo que toca… no te metas.

Taylor apretó el puño pero sintió una mano que le agarró: era Alyn, su madre. Soltó el aire por la boca y dejó a la policía hacer “su trabajo”.

- Ellos sólo siguen órdenes, hijo mío. Vámonos a casa y allí hablaremos tranquilamente sobre todo esto.

Cuando la multitud comenzó a dispersarse, madre e hijo pudieron ver a una figura llegar corriendo y gritando.

- ¿Magdalena? ¿Magdalena? ¿Dónde coño está Magdalena?

Era un hombre de aspecto atlético, metro ochenta, moreno. Peinaba el pelo en casco y la chupa de cuero negro con el símbolo de un águila que llevaba puesta lo hacía inconfundible.

Era Clark. Taylor dejó a su madre y se acercó a él.

- Cálmate – le dijo al acercarse.

No era santo de su devoción, pero ambos estaban afectados por el mismo problema.

- ¿Qué me calme? ¡Joder, he oído cosas terribles! Que si una bomba en Coliseo, que si problemas en el metro… ¡y llego aquí y la policía se ha llevado a su padre!

- Cálmate y sube a casa conmigo y con mi madre. Es peligroso hablar aquí.

Clark lo miró bien. Taylor estaba hecho un asco, con todo su uniforme lleno de mierda y polvo. Durante los años que pasaron juntos se llevaban bastante mal, por no hablar de las continuas riñas entre sus grupos, pero a ambos les importaba aquella chica. Además, él era militar, quizá pudiera ayudarlo a encontrarla. Aceptó y las tres personas caminaron en silencio hasta llegar al hogar de los Longshallow.

Una vez dentro, los tres se sentaron en el salón. Tenía un sofá largo, acolchado con espuma de poliuretano, que aún conservaba las cicatrices de un gato que Garret y Alyn regalaron a su hijo cuando era muy pequeño y que por desgracia ya no estaba entre ellos. Sobre él descansaban dos cojines de color ocre, con estampados florales; y frente a sí, una pequeña mesita de cristal.

- Voy a prepararos algo – dijo la señora Gingercloth.

Aún faltaba una hora para que se hiciera de noche, pero el muchacho no había comido más que una manzana en todo el día y ahora le entraba hambre. Los dos chicos se quedaron solos en el salón.

- Supongo que sabes dónde está Magdalena y por eso me has traído aquí – dijo Clark en tono inquisitorial.

- No lo sé, siento decepcionarte, pero es así. Un conocido mío está investigando y lo único que puedo decirte es que Magdalena no se encontraba ni entre las víctimas del atentado ni entre los estudiantes supervivientes.

- Pero… has visto cómo se han llevado a su padre…

- Lo han desahuciado por impago, en teoría.

- ¿Y tú te lo crees?

- No. Es una operativa común cuando se quiere encubrir algo.

- Entonces dime qué coño podemos hacer.

“Esperar”, pensó Taylor. Pero tanto a él como a su improvisada compañía parecía dárseles mal. Sacó su teléfono del bolsillo y marcó el contacto de Fabio Salcedo.

- Salcedo, qué tal, soy Taylor.

- Ah, hola amigo mío, tenía pensado llamarte. He averiguado algo pero no sé si es sobre la persona que buscas.

- Bueno, tú cuéntame.

- Hubo un accidente con el metro. Esas… cosas de los túneles, las que aparecen cuando la Bruma, lo atacaron. Pero descuida, que hubo supervivientes. Doble-W estaba allí.

“Doble-W”. Taylor conocía muy bien aquel apodo. Todos los militares y policías lo conocían y no porque le precediera una buena fama. Tras mencionarlo, pintaba mal.

- Bueno, como te iba diciendo… los supervivientes llegaron a la estación de Termas, pero como ocurre en estos casos, Doble-W los ordenó fusilar. ¡Menudo hijo de puta bastardo! Ya sabes que nosotros no podemos decir nada, que es nuestro trabajo…

Al muchacho le dio un vuelco al corazón. Aquello significaba que…

- Aunque no mandó fusilar a todos. Había una chica, muy guapa por lo que me han dicho. A esa no se la cargó, debió de llevársela al CID pero no tengo ni idea de por qué.

- ¿Al CID? – preguntó Clark.

- Oye, ¿estás solo? – preguntó Salcedo.

- Sí, sí, es que estoy algo ronco. Al CID, perfecto. Muchas gracias  compañero.

- Una cosa más, Taylor.

- Dime.

- No hagas el idiota. Puede que ni siquiera sea ella así que no te la juegues.

- Lo tendré en cuenta – dijo antes de colgar.

Los dos hombres se miraron.

- ¿Qué coño es el CID? – preguntó nuevamente Clark.

- Lo primero, cuando esté hablando por teléfono, tú ni existes; de lo contrario podemos meternos en problemas. El CID es el Centro de Investigación y Desarrollo, un pequeño edificio gubernamental donde se llevan a cabo de forma superficial algunas investigaciones.

- ¿Y ese tal Doble-W?

- Walter Winterlich, se hace llamar Doble-W, pero nosotros le llamamos simplemente “el Lich”. Es un hijo de puta de cuidado, un perro asesino del gobierno que se camufla como agente secreto, pero en realidad no es más que un sicario peligroso.

- Joder… ¿y ahora qué piensas hacer? Si existe una mínima posibilidad de que esa chica sea Magdalena…

- Ahora pienso entrar ahí y rescatar a esa chica, sea quien sea. Ya he visto demasiadas injusticias durante los dos últimos años.

- ¿Y después qué, seguirás sirviendo a sus órdenes como un perrito del ejército?

- No tenemos tanta confianza, así que no te pases. El CID cuenta con altas medidas de seguridad pero conozco a alguien que tal vez pueda ayudarnos.

Alyn los estaba escuchando apoyada en el marco de la puerta con una bandeja de comida en sus manos.

- Ya me imaginaba que ibas a volver a irte, así que te he preparado unos sándwiches. Eres tan parecido a tu padre… siempre con la justicia en la boca. ¿Hay alguna manera, o algo que pueda hacer para que te quedes en casa?

- No, mamá. Únicamente no me esperes despierta.

Taylor se levantó y cogió un par de sándwiches de la cesta. Clark fue tras él.

- Muchas gracias señora Gingercloth – la dijo mientras cogía comida para él.

- Ten cuidado si vas a acompañar a mi hijo, él es militar, pero tú no. Puede ser peligroso. Recuerdo cuando erais dos chavales que siempre se peleaban y ahora…

- Ya basta mamá. Ya habrá tiempo de ponerse nostálgica cuando volvamos. Clark… ¿estás seguro de que quieres venir? Alyn tiene razón, va a ser peligroso.

- Si esa chica es Magdalena me niego a abandonarla a su suerte.

- Bien, entonces vamos a ver a un amigo mío.

Antes de salir, Taylor se cambió la ropa por un chándal deportivo y después los dos hombres bajaron por las escaleras andando y se dirigieron a la casa de Benjamín. Tal y como había ocurrido anteriormente, fue Marcos quien les abrió la puerta.

- Buenas tardes señor Lorenz, ¿su hijo al fondo, no? – dijo Taylor al llegar frente a la puerta.

- ¡Para que variar, Taylor! Y ya sabes que puedes llamarme Marcos. Por lo que parece tenemos a un nuevo invitado.

- Clark Mierce, señor.

- Ah, el hijo de los Mierce. ¡Qué mayor estás! Si es que ya no os reconozco a ninguno. Pasen, pasen, sentiros como si estuvierais en vuestra propia casa. Mi señora aún no ha vuelto pero yo os preparé algo, ¿café?

Los dos muchachos asintieron. Aparentemente, les haría falta.

Entre golpes al ratón y al teclado se advertía la presencia de Benjamín. El chico, entrado en kilos, tenía unos grandes cascos conectados a su consola que le impedían escuchar a los recién llegados. Taylor se acercó y se los quitó.

- ¡Joder, que puto susto! Qué haces aquí… ¡ostia, Clark! Mejor dicho, que haces tú aquí – dijo señalando al novio de Magdalena.

- Vamos a necesitar tu ayuda, ¿qué tal te manejas con el ordenador? Que por lo que veo, no debes hacerlo nada mal – le dijo su amigo el militar.

Clark estaba aparentemente incómodo. Ninguno de los dos amigos tenía buena relación con él a pesar de que sus familias se conocían, y hoy había pasado por los hogares de ambos; pero no le importaba con tal de que su chica estuviera a salvo.

- Mira, no sé qué cojones estáis haciendo juntos pero a mí no me metáis, que buena pinta no tiene y seguro que tiene que ver con el atentado y con Magdalena – dijo Benjamín.

- ¿Ella es tu amiga, no? ¿Sabes que es probable que esté en peligro? – le respondió Clark.

- Lo es, sí, pero desde que está contigo se ha vuelto rara de cojones. Ya he oído por la radio que ha habido un tiroteo donde estudia y todo eso y obviamente me he preocupado pero no sé qué más queréis de mí.

- Es probable que los del Gobierno Central hayan metido a Magdalena en el CID, tenemos que sacarla de allí antes de que la ocurra nada. Ya sabes la tendencia que tienen los políticos de silenciar aquello que no les interesa… - le dijo Taylor.

- Usando a gente como tú, ¿no? Mira, entrar allí es imposible, tiene una seguridad de la ostia, no podréis ni acercaros a cien metros.

- Por eso he venido a buscar ayuda. Necesito que me consigas algún tipo de plano del recinto y del entramado subterráneo cercano, tengo una idea de cómo entrar pero no me va a valer solo con orientarme bien.

- A ver… ¿qué gano yo?

- Que no te parta los dientes ahora mismo – le respondió Clark.

Taylor sonrió. Empezaba a caerle bien ese tipo. Benjamín tragó saliva y salió de la pantalla del videojuego que estaba jugando dispuesto a comenzar a teclear la información.

- Por partes. Aquí tenéis la referencia catastral, que seguro es falsa pero os puede ayudar a orientaros y tener en cuenta las medidas. El CID se encuentra en el distrito del Foro, en el número diecisiete de la calle Black Jeans. Aquí debería de conseguir un plano del alcantarillado… joder, si te fijas, conecta con las líneas de metro. Vais a tener que llevar alguna linterna encima.

Los dos chicos se miraron incómodos. No parecían tener.

- Bastará con la luz del móvil – dijo Clark.

Benjamín imprimió los planos y se los dio a Taylor.

- Espero que sepáis lo que estáis haciendo.

- Lo que hay que hacer – respondió Taylor.

Ambos hombres se despidieron de su amigo y se marcharon, tomándose el café de golpe. Mientras bajaban, fueron valorando las opciones sobre cómo llegar.

- Podemos usar mi coche. Nos metemos en la Piquera y aparcamos cerca de la entrada que usemos al alcantarillado, así será entrar, salir, y volver a meternos en el vehículo, sin muchos problemas de por medio – dijo Clark.

- Será mejor que ir andando o en taxi, eso desde luego.

La casa del chico estaba cerca y su coche aparcado enfrente. Se trataba de un Fivrolet P-78 de color azul cielo, motor diésel. El interior estaba muy cuidado y limpio y a Taylor le asqueaba la idea de sentarse donde su amiga y su novio podían haber mantenido relaciones, aunque no se le pasaba por la cabeza preguntarlo en voz alta. Tras arrancar, Clark puso la radio. Sonaba música rock clásica.

- Las Pulgas Musicales, me encanta este grupo. Tengo toda su discografía pero este disco de 2.352 es pura gloria – dijo Clark. – ¿Te gusta cómo está el coche? Lo cuido como si fuera mi primogénito.

- Sí, está bien.

“Parece que cuando empieza a soltarse se ve todo lo gilipollas que es. Su novia está en apuros, contando que sea ella la chica del CID, y a él parecen importarle más las Pulgas Musicales”, pensó Taylor. “Bueno, quizá únicamente esté nervioso e intentando distraerse.”

Comenzó a conducir y al poco tiempo se vio obligado a encender los faros, iluminando la carretera con dos focos de reluciente dorado y ámbar. Había mucha gente por la calle en la Colmena, especialmente trabajadores como la madre de Benjamín que a esas horas comenzaban a volver a casa tras acabar su jornada. Cuando entraron en el primer distrito de la Piquera, el panorama cambió. Un coche comenzó a pitarlos, tal vez porque su modelo era mucho más moderno y pudo intuir la clase social de los del Fivrolet, pero tras intercambiar unos cuantos insultos, continuaron.

- Calle Black Jeans, calle Black Jeans… - murmuraba Clark.

- ¿Sabes cómo llegar?

- Sí, sí. Es que a veces me lío.

Tras media hora dando vueltas, finalmente aparcaron a un par de calles de su destino. El chico se había confundido varias veces con el coche pero Taylor no había pronunciado queja.

- ¿Qué dice ese mapa tuyo? – preguntó Clark al aparcar.

En la Piquera era más difícil hacerlo, pues la mayoría de particulares disponían de sus propios garajes donde encerrar sus coches y los sitios públicos eran de pago. Por suerte hasta la mañana siguiente no deberían de pagar impuestos así que tenían margen de maniobra.

- Dice que vamos a tener que pringarnos un poco. Estaría bien tener una palanca o una barra de hierro para forzar una tapa. La entrada correcta está dos calles a la derecha.

Clark abrió el maletero y sacó justo lo que necesitaban. “Al menos es práctico”, pensó el militar. Los dos chicos tenían que acercarse a una de las entradas a las alcantarillas que se encontraba en un callejón para así intentar pasar descubiertos. Lo que escucharon los sorprendió.

- ¿Qué coño es eso? – preguntó Clark.

- No lo sé.

Al lado de la calle donde habían aparcado, había una marabunta de manifestantes empujando a los militares y a la guardia de la ciudad. La música del Fivrolet P-78 había impedido escuchar sus gritos, pero ahora era imposible no hacerlo.

- Tenemos que pasar por ahí – dijo Taylor. – Nuestra entrada está al otro lado.

- Y no podemos tomar otra, supongo.

- No, no podemos. Toma esto – dijo mientras le daba una de las pistolas. - ¿Has disparado alguna vez?

- Realmente no, pero en las películas dicen que tienes que apretar el gatillo cuando los malos están al otro lado, así que no puede ser muy difícil.

Taylor suspiró resignado. No le gustaba comportarse como una niñera. Ambos se asomaron a una esquina de la calle para comprender el tamaño de la multitud furiosa que se interponía entre ellos y su objetivo, y no pudieron más que aumentar su asombro.

- ¡Alzaos contra los pecadores! ¡Contra aquellos que pisotean nuestros derechos! ¡Arrepentíos y servir, pues él os ama!

Un camión equipado con varios megáfonos adoctrinaba en medio de la glorieta. No podían acertar a conocer el tamaño de la manifestación pero seguramente fueran varios cientos de personas.

- Debe de ser a raíz de los ataques terroristas de esta mañana – dijo Clark.

- Debe de ser, pero ese cabrón del camión no hace más que repetir las putas doctrinas del Culto y se está haciendo de noche.

Los dos chicos avanzaron por detrás de la multitud con las armas ocultas entre la ropa, intentando cruzar la calle antes de internarse entre la gente.

- ¡La lujuria! ¡Esos cerdos gastan todo el dinero de nuestros impuestos en prostitutas con las que copular mientras sus mujeres abrazan a varones más jóvenes y capacitados! ¡Nuestro sudor se convierte en su esperma!

El discurso era desalentador, pero la muchedumbre estaba volviéndose cada vez más violenta, comenzando los disturbios. En las zonas más adelantadas, golpearon los cristales de los comercios, saqueando las tiendas mientras los dos compañeros comenzaron a empujar a los manifestantes más pacíficos para abrirse paso. Pancartas de “Abajo el Falso Gobierno”, “Arriba el Único Dios Verdadero” y “Muerte a la Ciencia” se alzaban como bélicos pendones a los que acompañaban sus valientes guerreros.

- Esto se va a poner feo – advirtió Taylor.

- Fíjate cómo van vestidos. Muchos son trabajadores de las minas del norte – respondió Clark.

- Ya veo. Esa gente es ruda y peligrosa, así que no perdamos el tiempo.

Los dos chicos comenzaron a oler a quemado y acto seguido a escuchar los disparos y los gritos. Los mineros comenzaron a empujarlos mientras arrojaban cócteles molotov y cargas de minería a los militares, y estos, lejos de retirarse, empezaron a disparar sobre los civiles. Taylor agarró a Clark y lo empujó hacia el escaparate de una heladería.

- Joder, ¿qué coño hacemos ahora? – preguntó el deportista.

- No te separes de mí. Estamos muy cerca. Estos hombres parece que quieren asaltar los edificios del gobierno.

Junto al CID se alzaban varios centros administrativos, como el Centro Tributario Multidisciplinar y el Centro de Control Hidráulico de Cadmillon, ambos coronados por las letras CTM y CCHC respectivamente. Los manifestantes comenzaron a disparar a los militares y a avanzar, mientras el humo se alzaba y desde los edificios residenciales se podían ver ventanas encendidas iluminando la esperanza de aquellos que no querían ser saqueados. Varios bárbaros cruzaron a través de los portales amenazando con destruir la vida de los pobres e indefensos habitantes de la Piquera. Taylor reveló su subfusil y Clark tomó la pistola.

- Venga, es una carrera – dijo el soldado.

Taylor comenzó a correr en dirección al callejón donde se encontraba la entrada que necesitaban y el otro chico lo siguió. Un policía lo disparó y falló, confundiéndolo con un manifestante, y el militar descargó una ráfaga de su arma sobre el agente, impactándolo en el brazo y en el estómago y haciéndolo caer al suelo. Sin inmutarse, continuó, pero una de las cargas de minería hizo caer un muro de piedra. Clark lo seguía, nervioso y asustado. Frente a ellos dos militares corrían envueltos en llamas, únicamente para caer carbonizados.

Se había desatado un infierno en la ciudad y el predicador del camión no hacía más que seguir enardeciendo a los manifestantes, que pronto alcanzaron al trío de edificios gubernamentales.

- No tardarán en sacar los tanques – dijo Taylor a su compañero.

- ¿Y si entramos por la puerta principal? Si nos liamos por los túneles seguro que tardamos demasiado en llegar, pero ahora podemos entrar como dos más. Total… tú ya has matado a un hombre.

- Ni una palabra sobre eso, nunca. No me parece mala idea pero tenemos que ser rápidos.

Los dos hombres comenzaron a correr nuevamente, confiando en el muro de cuerpos formado por aquellos que presionaban a las fuerzas locales. Su protesta no lograría nada ya que los edificios más importantes se encontraban en el círculo más profundo de la ciudad, pero todos los daños que causaran se traducirían en muertes e impuestos sobre la Colmena.

El centro de la glorieta estaba coronado por una fuente monumental sobre la que reinaba la efigie ecuestre de un antiguo presidente, pero ahora su agua se teñía con la sangre de los hombres que flotaban sobre ella.

- ¡No podemos fallar en nuestra sacra misión, pues es el hombre el que se debe a dios y no los siete los que deben de guardar al hombre! ¡La sangre de nuestros hermanos cimentará un nuevo reino sobre el que descenderán los justos!

Taylor se detuvo junto al cadáver de un hombre. A su lado había un pequeño pico de minería que seguramente había sido usado para sembrar muerte. Levantó su arma y apuntó al camión.

-Te juro que voy a cargarme a ese hijo de puta.

- ¡Detente! Si le disparas, ahora todos estos gamberros van a tomarla con nosotros – le respondió Clark mientras bajaba su cañón.

Taylor suspiró. Odiaba aquel discurso y le preocupaba que pudiera trastocar sus planes más de lo que lo estaba haciendo ya. Pisó con fuerza el asfalto y comenzó a correr hacia el CID mirando hacia ambos lados, a pesar de la dificultad que entrañaba hacerlo llevando puesta la capucha de su chándal. Los manifestantes habían echado abajo el cerco del edificio y habían asesinado a los guardas.

El CID era un edificio imponente. Al igual que la mayoría de edificios administrativos del Gobierno Central, estaba protegido por altas alambradas metálicas cuyas entradas estaban defendidas por los miembros de los cuerpos de seguridad y a la puerta principal se accedía subiendo grandes escalones de mármol, muchos de ellos ahora resquebrajados y repletos de vísceras. Al comenzar a subir, Clark no se aguantó más y vomitó. Taylor se situó frente a la puerta principal: medía unos tres metros de alto y era de madera. El olor a barniz parecía protegerla del ataque de aquellos proletarios furiosos que habían decidido reventar las ventanas laterales y saltar a través de ellas.

- Por aquí – dijo el militar guiando a su compañero.

Clark estaba pálido. No estaba acostumbrado a la sangre y odiaba las agujas. La mera idea de tener que realizarse una analítica hacía que le entraran sudores fríos, y en el momento de la verdad, se veía obligado a tumbarse completamente y comenzar a contar desde cien hacia atrás. Taylor se agarró a las piedras y trepó por el hueco donde debería de haber estado el vidrio, y desde arriba, ayudó a subir a su compañero.

Nada más entrar se encontraron con un largo pasillo decorado a ambos lados por cuadros que representaban bodegones, y bajo sus pies, había una larga alfombra de algodón cubierta de polvo y guijarros. A lo largo del mismo había muchas puertas, y al fondo, torcía a la derecha. Taylor se detuvo en cada intersección pero las puertas laterales eran únicamente despachos de oficinas. Cuando se acercaban al fondo del mismo, un hombre entró por donde habían entrado ellos.

- ¡Muerte a los pecadores! – gritó.

Sus manos estaban cubiertas de tierra y portaban una pala de cavar bañada en sangre. Su rostro, oculto del mundo, se escondía detrás de un fular largo decorado con motivos geométricos. Comenzó a correr hacia ellos con la herramienta alzada, aparentando malas intenciones.

Un disparo. Clark había apretado el gatillo y el proyectil había impactado al hombre en el cuello, empapando el fular con su propia sangre mientras el manifestante moría ahogado.

- Bien hecho – le dijo el militar.

- He… he matado a un hombre… - acertó a decir.

- Seguramente no sea el último que mates hoy, así que ya tendrás tiempo de lamentarte mañana. Recuerda que esto lo hacemos por Magdalena.

- Sí, por Magdalena.

Los dos chicos continuaron avanzando por el pasillo, llegando al final del mismo en lo que se presuponía la parte trasera de la primera planta del edificio. Allí había dos pares de escaleras, uno descendente y otro ascendente.

- Y ahora… ¿a dónde vamos? – dijo el deportista.

- Sabiendo cómo trabajan, puede estar tanto arriba como abajo. Los interrogatorios se hacen en las plantas superiores, dentro del pequeño departamento designado a los de mi oficio, pero si la quieren para planes más oscuros… los laboratorios están abajo.

- Entiendo que seas militar, ¿pero tú cómo sabes todo eso?

- Me enviaron a Río Negro a formarme, ¿sabes qué hacen allí?

- No, no tengo ni idea.

- En Río Negro preparan a los que van a ser agentes de élite, altos mandos… o sicarios. Generalmente una cosa lleva a la otra.

- ¿Y qué coño hacías allí? Quiero decir, ¿cómo acabaste en ese sitio?

- Realmente no es una historia muy larga, saqué buenas notas en las pruebas de acceso y pude escoger ese destino.

- Bueno, pues tú dirás a dónde vamos.

Del interior del edificio provenían gritos. Seguramente más manifestantes estaban accediendo al mismo y los que habían entrado antes se habrían dispersado.

- Vamos arriba. No soy capaz de entender por qué querrían a Magdalena para cualquier otra cosa, aunque tampoco entiendo qué hace allí. Lo más importante es que lleguemos pronto para evitar que estos bárbaros puedan hacerla daño.

Clark asintió y los dos tomaron la escalera izquierda en dirección ascendente. Allí encontraron escaleras que subían más y frente a ellas dos puertas que inconfundiblemente eran los aseos, con dos accesos laterales que rodeaban el edificio.

- Tercera planta – afirmó Taylor.

Con cautela y agarrando su subfusil, encabezó la marcha. No le importaba el saqueo ni el disturbio de la primera planta, lo único que inundaba su cabeza era el miedo a que los refuerzos llegaran antes de que cumplieran su objetivo pues sabía lo que le ocurría a los traidores como él.

Al llegar a la primera planta, vieron caer y estrellarse contra el suelo de la planta inferior a un hombre.

- ¿Cómo de alto es este edificio? – preguntó Clark.

- Según el catastro, cuatro plantas. Sé que la nuestra es la tercera por historias del campamento, no hace falta que me mires así – respondió ante la incrédula mirada del novio de la chica.

Ambos continuaron el ascenso con cautela, temerosos de que lo que hubiera arrojado al proletario contra el suelo siguiera arriba. La segunda planta era prácticamente igual a la anterior, pero había sangre en las esquinas que comenzaban el pasillo de la derecha. Taylor se adelantó a investigar pues no quería una sorpresa a la huida, pero no escuchó más que el ruido de papeles revoloteando en la segunda sala. Guardó el aire un par de segundos y se asomó con su arma por delante.

- ¡Alto, alto, no dispares! – le gritó el hombre que estaba dentro.

Por cómo iba vestido, era únicamente un funcionario.

- Aunque no dispare, no sobrevivirás mucho si tardan en llegar tus refuerzos. ¿Qué buscas?

- Necesito el maldito USB donde guardo todo mi trabajo, si no mañana va a ser un día muy duro de papeleo…

- No creo que mañana te hagan venir a trabajar.

- Ya sabes cómo es esto.

- ¡Cuidado! – gritó Clark.

El chico saltó sobre Taylor haciéndolo caer al suelo. Al otro lado del pasillo había un hombre armado que se disponía a dispararlo con un rifle, pero gracias a la caída, erró. Clark disparó dos disparos en su dirección haciendo que el tirador tuviera que ocultarse.

- Vamos a morir, ¡vamos a morir! ¿Ahora qué voy a decirle a mi familia? – dijo el funcionario.

Tendría unos treinta y pocos, pelo corto engominado hacia atrás y un traje de tela negra. Los dos hombres se levantaron y retrocedieron sin perder de vista todos los rincones en que podía esconderse su adversario. El histérico funcionario cerró la puerta de su despacho.

Con la cabeza, Taylor indicó a su compañero que fuera subiendo. Él le cubriría controlando los dos accesos que tenía el tirador para hostigarlos. Clark subió a la tercera planta pero allí no había nadie. De pronto, escuchó una ráfaga de disparos.

- El tirador ha sido abatido – dijo el militar.

- Qué frío eres. Acabas con una vida y te da igual.

- Te aseguro que cada noche me lamento por todas las vidas que he quitado injustamente, pero la de un tipo como ese no formará parte de mis oraciones.

- ¿Ahora rezas?

- Es una forma de hablar.

La distribución de la tercera planta era un poco diferente. A pesar de disponer de los dos baños a ambos lados, en vez de dos corredores únicamente había una sala diáfana antes de dar a una gran pared gris con una única puerta del mismo color. Los dos hombres se acercaron pero requería una tarjeta de identificación para abrirse. Tras mirarse el uno al otro, Taylor sacó su pistola y disparó a la cerradura, y acto seguido tiró la puerta abajo de una patada.

- Que no te engañen estas medidas de seguridad, siempre se abren igual – dijo a su compañero.

Tras la puerta había numerosas salas de interrogatorio separadas las unas de las otras por mamparas y del exterior por grandes cristaleras. Varias estaban abiertas.

- Vamos a dividirnos, pero ten cuidado que no sabemos lo que puede haber ahí fuera. Tú empiezas por las de la derecha y nos juntamos en el centro – dijo el que hacía las veces de líder.

Tras revisar bien cada habitación, parecía que no iban a encontrar más que arañazos y restos de golpes de los cautivos. El militar había oído historias horribles de lo que se hacía con los prisioneros que sufrían interrogatorios en el Centro de Investigación y Desarrollo, y por eso, no podía dejar de mirar inquieto las rendijas que conectaban con el laboratorio subterráneo. A una vuelta, sacó el teléfono y vio diez llamadas perdidas de Sreader.

- ¡Taylor, mira lo que he encontrado!

El grito lo sacó de su cautiverio mientras se imaginaba la reacción de su coronel. En una de las salas más cercanas al centro Clark había encontrado algo en el suelo.

- ¿Ves este lirio amarillo? Se lo regalé a Magdalena esta mañana. Ha estado aquí.

 

 

 

 

 

 




Comentarios

  1. Me ha gustado mucho. No puedo esperar al siguiente capítulo. En algunos momentos la escena me ha recordado a ciertos videojuegos donde hay que completar misiones. Que ganas de que encuentren a Magdalena.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias Beatriz! La verdad es que esa era justo la intención que tenía al escribirlo, así que si a ti te ha llegado como quería, ¡doblemente bueno! Me alegro mucho. En unos días echaremos un vistazo al siguiente capítulo... pero te adelanto que será también largo y que es probable que en él encuentren a ya a Magdalena... ¡Un saludo!

      Eliminar

Publicar un comentario

Prueba

Entradas populares