Magdalena - Capítulo IV

 


Apurando un poco, que ya es domingo, os traigo el siguiente capítulo de la novela Magdalena. Os puedo prometer que el de hoy será realmente revelador.

Cómo siempre, por si esta es la primera vez que os sumáis a las más de doscientas personas que siguen la novela, os dejo todos los enlaces actualizados por capítulo y por crédito.

LISTADO DE CAPITULOS

Prólogo y Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III



CRÉDITOS DEL CAPÍTULO

Créditos del Prólogo y Capítulo I

Créditos del Capítulo II

Créditos del Capítulo III




Capítulo IV – La prisión del tiempo

 

Gritó y pataleó, pero no sirvió de nada. Estaba aterrada y no sabía cómo podía salir de allí.

Le dolían mucho los nudillos. Había roto la silla del interrogatorio contra el cristal blindado de la sala, pero de poco había servido. Dos lágrimas caían lentamente por sus mejillas recorriendo sus surcos como los ríos en primavera.

Se sentó en el suelo y comenzó a mirar a las rendijas de la ventilación. Le parecía escuchar algo al otro lado, pero quizá era su cabeza jugándola una mala pasada y amenazando con volverla loca.

“¿Cuántas horas llevo ya aquí?” No había respuesta a aquella pregunta. “Tal vez dos, tal vez cuatro…”. Lo peor era el estrés: odiaba estar encerrada. A su alrededor únicamente podía encontrar paredes color marfil, una mesa bastante vieja y el gran cristal.

Doble-W abrió la puerta y entró, llevando consigo una silla plegable y una carpeta.

- Vaya, no te ha sentado bien venir aquí – dijo con tono sarcástico.

Ella intentó lanzarse contra él, pero de un tortazo la sentó en el suelo.

- ¿Por qué me hacéis esto? – preguntó Magdalena entre lágrimas.

- Lo sabes muy bien, así que cuanto antes respondas a mis preguntas, antes podrás irte a casa.

- Los dos sabemos que no me dejarás ir, no después de lo que hicisteis a la gente del metro.

- Habría sido muy egoísta dejarlos con vida, ¿no crees? Unos pocos con un potencial tan grande de hacer daño… imaginad lo que podría pasar si el pueblo de Cadmillon descubre que existen esas criaturillas correteando por los túneles del metro.

- ¿Ya lo sabíais?

- ¿Tú no? ¿Después de tantos años? Por favor, Magdalena – Winterlich posó la carpeta sobre la mesa y la abrió. – Estaba yo pensando… ¿qué puedes decirme sobre tus padres?

- Sólo te pido que no le hagas daño a mi padre, por favor… él no tiene la culpa de nada.

- ¿A tu padre? ¿O tal vez debería decir a tu tío?

Magdalena se quedó muda.

- Bien, vamos entendiéndonos – dijo él. – Me gustaría saber más sobre tus padres biológicos, así que si me das lo que quiero, tal vez yo pueda contarte algo más y mantener a tu tío al margen de esto, siempre que no haga demasiadas preguntas.

- Mis padres murieron, y yo… yo nunca llegué a conocerlos. Mi tío me dijo que ella murió en el parto y él poco después. No sé más… ¡lo juro!

- ¿Y nunca te has preguntado por qué pasa lo que pasa? ¿Por qué la Bruma saca lo peor de algunas personas? Gente marcada por el destino, sin duda.

- No sé a qué te refieres y no tengo tiempo para pensar en ello. Estoy completamente centrada en mis estudios, así que por favor, se lo ruego, déjeme ir.

- ¿Después de haber presenciado lo que has presenciado? Puedo ofrecerte el mismo destino que al resto de pasajeros.

Esta vez la chica volvió a sentir la necesidad de llorar, pero no la quedaban lágrimas dispuestas a sacrificarse por ella. Doble-W se levantó y abandonó la habitación, dejándola con la única compañía de su soledad.

Volvió a escuchar el ruido que provenía de los conductos de ventilación. Pestañeó varias veces, cada vez más deprisa, y se frotó los ojos. Habían comenzado a picarla mucho.

Gritó y se pegó contra la pared, aterrada. Una niebla verdosa comenzó a manar de aquellos conductos, lentamente, amenazando con llenar toda la habitación. No tardó en atravesar los orificios nasales de la chica y en inundar sus pulmones. Arañó, pataleó, e hizo todo lo que pudo por evitarlo, pero fue en vano. Al cabo de unos minutos se dejó caer, rendida.

Tal y como había llegado se fue. La niebla se disipó. Magdalena comenzó a respirar agitada el aire puro e intentó recomponerse. La puerta volvió a abrirse y Doble-W entró otra vez por ella.

- Te veo muy nerviosa, ¿ha pasado algo?

Magdalena se moría de ganas por borrar aquella sonrisa estúpida de su boca.

- He estado tirando un poco del hilo y creo que voy a poder sacarte de aquí – dijo él.

A ella se le iluminaron los ojos. Dos hombres armados entraron detrás de su interrogador, protegidos por cascos, chalecos antibalas y porras. Agarraron a Magdalena por los brazos mientras Walter Winterlich cubría su cabeza con una bolsa, para después arrastrarla fuera de la sala de interrogatorios.

- ¡Alto! ¿A dónde me lleváis?

No obtuvo respuesta. Sus piernas se revolvieron a través de laberínticos pasillos, no siempre haciendo pie, hasta que finalmente perdió el conocimiento por culpa del poco aire que la permitía respirar la bolsa que envolvía su cabeza.

Al recuperarlo, ya no estaba en ninguna comisaría. A decir verdad, no sabía exactamente a dónde la había llevado Doble-W desde la estación de Termas, era una especie de edificio administrativo del Gobierno Central; pero ahora estaba totalmente desorientada y encadenada.

Intentó mover piernas y brazos pero era inútil. Sin duda aquello era una especie de celda de alta seguridad de apenas diez metros cuadrados. Miró hacia abajo y la habían cambiado la ropa por un “look” naranja de presidiario.

Al menos aún notaba su larga caballera sobre las sienes. Intentó gritar pero no pudo, no tenía voz. Intentó forzar los grilletes pero no logró nada. A su alrededor únicamente la envolvía un lugar oscuro y siniestro, lleno de muescas y arañazos de los que tuvieron el dudoso honor de estar allí antes que ella.

Una mujer vestida de enfermera entró en la estancia usando lo que parecía una tarjeta magnética.

- ¿Dónde coño estoy? – preguntó Magdalena.

No la gustaba ser mal hablada, al menos no después de conocer la responsabilidad que portaba, pero en aquellos momentos no podía controlar sus modales.

- Traga – dijo ella.

La enfermera metió un puñado de pastillas en la boca de la prisionera y se la mantuvo cerrada, taponando sus fosas nasales hasta que no la quedó más remedio que tragar. Después, dio media vuelta y se fue.

Pronto comenzó a sentirse tremendamente cansada. Toda la adrenalina y la tensión de los momentos previos comenzaron a disiparse y sus párpados empezaron a sentirse pesados.

- Me… habéis… drogado…

Cuando se quiso dar cuenta, estaba soñando. Era un sueño lúcido, y ella era plenamente consciente. Parpadeó rápidamente y se pellizcó el brazo en un intento de despertar pero fue en vano.

Abrió los ojos de golpe y ya no se encontraba en la celda. Igual aquellas pastillas habían provocado que pasara de nuevo, pero lo que más la extrañaba era que no sentía ningún tipo de dolor ni siquiera en las muñecas, donde debía de aparecer la marca de los grilletes.

Magdalena avanzó por un estrecho pasillo a oscuras y al final encontró una solitaria puerta de madera. Giró el pomo y la abrió. Por alguna extraña razón, hasta cruzar su umbral no se fijó en la estancia que la rodeaba. Cerró la puerta a su paso y se tapó los ojos unos instantes hasta acostumbrarse a la luz. Las enfermeras corrían a un lado y a otro, de derecha a izquierda e incluso en la dirección contraria.

Estaba en un hospital, pero no en uno que conociera. Ella únicamente había acudido al hospital de su sector de la Colmena cuando su tío estuvo enfermo o cuando la tocaba vacunarse, a pesar de que las vacunas siempre llegaban demasiado tarde a manos de la gente pobre. Aquel lugar no se le parecía en nada, estaba terriblemente limpio, casi tanto que el pavimento del suelo reflejaba los focos que iluminaban la estancia.

Igual estaba muerta.

Frente a ella encontró un cristal similar al de la sala de interrogatorios, y con curiosidad, se acercó. Al otro lado había un montón de incubadoras realizando su mecánico trabajo sobre los niños y niñas recién nacidos. Una enfermera negra pasó a su lado sin cuidado, como si ella no estuviera allí. Se esforzó para intentar escuchar lo que decían pero no entendía su idioma.

“Todo esto es muy extraño”, pensó. Dejó a un lado la incubadora y continuó andando hacia la derecha, encontrando nuevamente una única puerta entreabierta al final del pasillo. Se apoyó levemente para mirar dentro y lo único que vio fue a una mujer postrada en una camilla con un bulto entre sus brazos y a un hombre frente a ella. La mujer tenía el pelo castaño claro y estaba sudorosa, vestida con ropa de hospital; frente a ella, el varón portaba guantes y un mono de protección, seguramente para evitar traer bacterias del exterior. Bajo la red que cubría su alopécica cabellera asomaba algún cabello cenizo.

- Llévatela, llévatela lejos de aquí – dijo la mujer entre lágrimas.

- ¿A dónde? ¿Dónde quieres que vaya? – respondió el hombre.

- Donde sea. Busca a mi hermano en Cadmillon, él os dará alojamiento y comida para poder empezar de nuevo lejos de aquí.

- ¿Y tú? ¿Piensas abandonar a tu hija así?

- Cyrus… me estoy muriendo. Nos lo avisaron los médicos desde el momento en que me quedé embarazada… el cáncer… he renunciado a la quimioterapia por ella. No hagas que mi muerte no sirva para nada, no hagas que su vida sea inútil.

El rostro del tal Cyrus se llenó de lágrimas. Intentó hablar, pero no pudo, así que respiró fuerte y se limpió la cara antes de volver a intentarlo.

- Pero… amor mío… ahora puedes recibir el tratamiento…

- Estoy demasiado débil, no puedo sobrevivir a la terapia. Yo elegí esto, la elegí a ella por encima de mí misma. Estos meses hemos tenido suerte, pero sabes que nos buscan, llevan tiempo haciéndolo.

- Yo me enfrentaré a ellos, por ti y por mi hija. ¡No voy a dejar que me arrebaten lo que más quiero únicamente por lo que hay en mi sangre! Es mía, no les pertenece.

- Ellos… llevan décadas… siglos… no lo sé con exactitud, pero llevan muchísimo tiempo preparándolo todo. Por eso se fundó Cadmillon, allí estaréis a salvo…

- Cadmillon es una ciudad de mierda donde los ricos no hacen más que joder a los pobres, ¡no es para eso para lo que se fundó! Por muy buenas intenciones que hubiera detrás, hoy en día no nos espera más que la miseria y la esclavitud.

- Pero al menos viviréis… ¡Cyrus, escúchame! Gente de todo el planeta acude a esa ciudad, lleva años siendo así… allí no podrán encontraros, no se atreverán. “Una ciudad donde todas las lenguas se vuelven una”, recuerda.

- “Una ciudad donde todas las lenguas se vuelven una”, lo sé, por eso se construyó sobre los restos de aquella maldita torre. ¿Te crees que me importan esas historias? Me importáis vosotras, Eucharis, y nada más.

Un golpe sacó a Magdalena del trance hipnótico que la mantenía inmóvil visualizando aquella escena. Las dos personas que hablaban le resultaban familiares, pero lo que vio al girarse la aterró. El sonido provenía de puerta por la que ella había accedido al hospital, y mientras la miraba, sonó otra vez. El pomo comenzó a girar y se abrió lentamente, mientras un brazo grisáceo y musculoso comenzó a restregarse por la pared, acabando su mano en afiladas garras. Tras ellas un cuerpo encorvado llegó al pasillo.

Parecía un gorila, pero era algo mucho más perturbador. Una cresta de color castaño rizado era el único pelo que tenía, y a su musculoso cuerpo lo acompañaban dos monstruosos senos llenos de vasos sanguíneos y un rostro desolador: nariz chata, ojos rasgados y unas fauces con dos hileras de dientes afilados que recordaban a la mandíbula de un tiburón. Sus cuádriceps se tensaron cuando la bestia se alzó a dos patas mientras olfateaba el ambiente como un perro de presa, fijando su mirada sobre la chica.

Magdalena retrocedió lentamente, empujando con su trasero la puerta que daba a la habitación de Cyrus y Eucharis. La criatura no la quitaba la vista de encima, y por cada paso que ella daba, el ser daba otro igual, caminando a cuatro patas, repartiendo el peso entre los cuartos traseros y sus poderosos brazos. A su alrededor nadie más parecía fijarse en la presencia de aquella extraña pareja. Magdalena llegó a la altura de Eucharis y pudo ver que el bulto que tenía entre los brazos era un bebé recién nacido.

El monstruo comenzó a correr hacia ella. Llegado ese punto, no había nadie más en el pasillo, y la madre y el padre también habían desaparecido. Estaban solos. Magdalena entró en pánico, sabedora de que no tenía escapatoria: no había ninguna otra puerta cerca y no podía franquear el pasillo estando allí la bestia. La única opción era saltar por la ventana.

Se asomó al cristal y lo único que vio era niebla y nubes, así que no sabía ni la altura a la que se encontraba ni qué había al otro lado. Seguramente moriría, pero si dejaba que la alcanzase, moriría seguro. La criatura le pisaba los talones, así que cogió algo de carrerilla y corrió hacia el cristal, rompiéndolo con el impacto de su cuerpo y protegiéndose la cara como pudo con ambos brazos.

Ni siquiera notó el impacto contra el suelo. Se quitó los brazos de la cara y miró a su alrededor, sorprendida al ver que el paisaje se había transformado en el de la Colmena. Frente a ella, estaba el portal de su tío, pero todo el entorno urbano estaba en mejores condiciones de las que podía recordar. Avanzó a tocar el timbre pero la puerta estaba abierta, así que entró y se situó frente a los buzones, intentando leer los nombres de sus vecinos, pero su cansada vista no la quiso hacer el favor de descifrar unos jeroglíficos que únicamente se veían borrosos. Tomó la escalera y subió.

Frente a la puerta había dos pares de zapatos de hombre, uno de vestir y otro de montaña. Magdalena levantó el pequeño tiesto que descansaba frente al marco de la ventana de la zona común. Sabía que únicamente tenía tierra, pero debajo encontró la copia de la llave que su tío siempre dejaba para una emergencia, así que abrió la puerta y comenzó a escuchar los gritos que venían de la cocina. Nuevamente, estaba todo muy cambiado, pero ya no la sorprendía.

- ¿Y quieres que me ocupe de vuestra puta hija? – gritó su tío.

- Serán solo unos meses, mientras tu hermana lucha contra el cáncer. Ella está convencida de que va a morir sola, pero si sabe que Magdalena está a salvo y ve que yo estoy con ella, quizá…

- ¿Quizá qué, engendro? ¿Eres consciente de que nunca me gustaste para ella, verdad? Y ni siquiera en esta ciudad de mierda me dejáis en paz. Dime, ¿qué tengo que hacer yo?

- Por favor, le ruego que la cuides…

“Magdalena”. El tal Cyrus había nombrado al bebé igual que ella, y el hombre con el que discutía era aquel que conocía tan bien. Si Eucharis era su hermana, no dejaba lugar a dudas.

- ¿Y qué gano yo con eso? Deja de decir tonterías de persecuciones místicas y mierdas similares, si eres un maleante y te has metido en problemas por la droga o por las furcias tal vez mi hermana se crea toda esa sarta de mentiras, pero a mí no me tomes por subnormal.

- Sabes que hablo enserio. El propósito con el que fue construida Cadmillon fue para preservar a gentes de todo el mundo por si perdíamos la guerra. Nuestra sociedad está infectada y yo soy parte de esa infección, pero tu hermana no lo era y espero que la niña tampoco.

- Tú eres peor que el cáncer de Eucharis, ¡seguro que lo contrajo por tu culpa!

El tío de Magdalena intentó empujar a Cyrus, pero este le agarró por los brazos y lo detuvo. Ambos cayeron al suelo forcejeando, pero más que para intentar hacerse daño, la chica tuvo la sensación de que querían liberarse de su frustración, sacarla fuera. Al poco tiempo se separaron y los dos comenzaron a llorar.

- Está bien, está bien, lo haré. Cuidaré de ella, pero tienes que prometerme una cosa.

- Lo que me pidas.

- Trae a mi hermana sana y salva, os aceche el peligro que os aceche y cueste lo que cueste. Prométeme también que si es necesario darías tu vida por ella. Es la única familia que me queda. Yo sé lo que es perder una esposa y nunca he tenido hijos.

- Entonces cría a Magdalena como si fuera tuya. Yo te prometo dar mi vida por Eucharis, si no, no volvería ahora a por ella. Las fronteras permanecerán abiertas por mucho que esos capullos del Gobierno Central hagan de las suyas, así que en cuanto mejore volveremos.

- “Esos capullos” del Gobierno Central, como tú los has llamado, son los únicos que logran sacar hacia delante esta ciudad. Si realmente se fundó por lo que dices…

- Bueno, da igual. Antes de irme quiero darte una cosa.

Cyrus cogió una mochila del suelo y la puso sobre una mesa de cocina blanca y alargada, de plástico duro pero con cuatro firmes patas de madera. De ella sacó dos libros que Magdalena conocía muy bien, “Historia Antigua de Badgdylon” y “Credo de los Antiguos Caminantes”.

- ¿Qué demonios es esto? – preguntó su tío.

- Son libros prohibidos. Si la situación empeora y no consigo volver, dáselos a mi hija cuando sea el momento adecuado.

- ¿El momento adecuado? ¿Cuál es el momento adecuado?

- Seguro que cuando lo sea, lo sabrás. Esos libros esconden los secretos por los que ella está aquí. Protégelos igual que a ella.

- Está… está bien, claro.

El frigorífico comenzó a abrirse lentamente pero ninguno de los dos hombres reparó en ello. La misma mano, el mismo brazo, las mimas garras. La criatura comenzó a salir lentamente del electrodoméstico, siendo un misterio el cómo había logrado entrar allí. Arañó la superficie exterior del congelador dejando caer a su paso los imanes de la nevera, y su mirada nuevamente se clavó en la de Magdalena, esbozando una especie de mueca que podía confundirse con una monstruosa sonrisa.

La chica tomó un vaso de cristal y se lo arrojó a la criatura, impactando en su hombro derecho y estallando en pedazos, inundando el suelo con sus vidriosos restos. Su perseguidor dio un paso hacia ella, clavándoselos en el pie, pero no pareció importarle. Ella cogió otro vaso y se lo volvió a arrojar, pero lo detuvo de un manotazo. Tenía que volver a huir.

Magdalena agarró el aspirador que descansaba junto a la puerta y lo tiró, intentando bloquear el paso mientras se daba media vuelta y comenzaba a correr por el pasillo, que era mucho más largo de lo que recordaba. La bestia destrozó la puerta de la cocina a su paso y comenzó a andar detrás de ella, sin borrar su burlona sonrisa.

- No puedes huir de mí – dijo con una voz ahogada y gutural.

La chica continuó corriendo y finalmente llegó frente a la puerta de su habitación, pero a diferencia de la suya en que descansaba una gran “M” sobre el marco y estaba pintada de rojo, era una puerta normal de caoba con un acabado brillante y sin ninguna consonante que la coronada. La cerradura estaba atrancada y la criatura parecía que iba a darla caza.

- Soy inevitable – volvió a decir.

Magdalena estaba aterrada y la voz de aquel ser aumentaba sus niveles de pánico. Finalmente logró forzar la cerradura y entrar en la habitación.

Lo primero que sintió fue la lluvia cayendo sobre sus mejillas y la tierra bajo sus zapatillas. Había poco césped y el suelo estaba embarrado en aquel paisaje que rodeaba a los olmos, guardianes de madera que se alzaban imponentes sobre el cementerio.

Frente a ella, un único hombre aguantaba un paraguas frente a una tumba. Vestía de negro y en su rostro se podían confundir los surcos de agua. Estaba más mayor, maltratado por el destino, pero al acercarse descubrió que indudablemente se trataba de Cyrus.

- Hola, soy yo, Magdalena… tu hija – le dijo ella, emocionada, con las lágrimas naciendo de sus ojos.

Pero él no la escuchaba. Una vez más, era como si ella no estuviera allí, así que intentó gritar pero fue en vano. Tenía frente a sí a su padre por primera vez en la vida, y al lado, la tumba de su madre.

“Eucharis. 2.317-2.344. Que descanse por siempre con todo el amor de su marido, su hermano y su hija.”

Un hombre se acercó a Cyrus. Llevaba un abrigo largo marrón y un gorro del cual asomaba cabello rubio. Mediría algo menos de metro ochenta y era bastante delgado pero no poseía un cuerpo atlético. En su boca tenía un cigarrillo que amenazaba con morir vencido por la lluvia.

- Un curioso lugar para reunirnos, ¿verdad? – le dijo su padre al advertir la presencia del recién llegado.

- Lo siento en el alma, de verdad…

- No hace falta que lo hagas, no nos conocíamos lo suficiente.

Los rasgos del extraño le parecían bastante familiares a la chica, especialmente los ojos marrones que le sonaba haber visto ya en alguna parte.

- Igualmente, es una pena. Veintisiete años… era muy joven, y más con un marido y una hija.

- ¿Sabes una cosa, señor Longshallow? Eucharis y yo nunca llegamos a casarnos. Teníamos planes para hacerlo, pero el embarazo… fue todo muy repentino, demasiado. Un día estábamos celebrando nuestro amor, y al día siguiente la hospitalizaron por los vómitos. Imagina mi sorpresa cuando el doctor me dijo que tenía una noticia buena para darme, y una mala. Mi mujer estaba embarazada pero tenía cáncer.

“Longshallow”, pensó. Ella conocía ese apellido. Lo conocía muy bien.

- Tiene que ser muy duro. Mi mujer está a punto de dar a luz, ya le dije que por eso no quería pasar mucho tiempo fuera de casa. Ni me imagino cómo me hubiera sentido yo en su lugar…

- Es como si te clavasen un puñal en el corazón y en vez de morirte sintieras como te desangras poco a poco mientras te arrebatan todo lo que amas en el mundo. Nuestro noviazgo fue duro, ¿sabes? Llegamos aquí tras atravesar varias ciudades a lo largo del mundo, huyendo siempre del mismo enemigo. Nuestra idea era establecernos en Cadmillon y poder ver cómo crecía nuestra hija mientras disfrutábamos de un matrimonio feliz, pero no pudo ser señor Longshallow. Hay fantasmas que nunca dejan de atormentarnos.

- Bueno, sintiendo mucho cortarle, me gustaría preguntarle el motivo de nuestra cita. Cuando me contactó me dijo que tenía información relevante sobre mi investigación pero no me dijo nada más.

- Por supuesto, por supuesto. Cómo sois los historiadores, ¡siempre vais al grano! ¿Curioso, no? Os pasáis meses enteros leyendo textos densísimos únicamente para encontrar el párrafo correcto, pero cuando os citáis con alguien, todo son prisas. Está bien, ha llegado a mis oídos que está realizando una investigación sobre los Antiguos Caminantes y la ciudad perdida de Badgylon.

- Así es, pero no cuento con el respaldo de la comunidad científica. Un equipo de investigadores me ayuda a datar los objetos que sacamos de los yacimientos, pero poco más, es bastante frustrante y en la facultad los compañeros se burlan de mí.

- ¿Y por qué la iniciaste? Quiero decir, ¿qué te atrajo del tema como para poner en juego tu propio nombre dentro de la comunidad de eruditos?

- La verdad, señor Tesat. Desde que era un crío siempre he perseguido la verdad, por eso me hice historiador y por eso inicié esta investigación, para descubrir la verdad que está ahí fuera y no la que nos transmiten los políticos. Pero ahora mismo incluso yo dudo de haber hecho bien, me he quedado estancado revisando las fuentes.

- ¿Qué harías si te digo que Cadmillon se asienta sobre las ruinas de la antigua Badgylon?

- Te diría que únicamente son rumores y leyendas. No ha podido ser demostrado nunca.

- Bueno, ¿no te parece curioso que gentes de todos los rincones del mundo lleguen allí? Un estado reducido, una ciudad con una estructura circular… y todo de reciente creación. A mí me parece curioso que incluso tú y yo estemos hablando aquí y ahora cuando nuestras familias descienden de lugares tan distantes en el mundo, ¡sólo hace falta comparar nuestros apellidos!

- Me parece curioso, sí, pero lo más seguro es que únicamente sea propaganda política para atraer a más gente a esa puñetera Colmena.

- Seré franco con usted, señor Longshallow. A mí no me queda mucho tiempo, vienen a buscarme, pero todo lo referido a los Antiguos Caminantes y a Badgylon es verdad. Si quieres completar tu investigación deberás viajar a Cadmillon.

- Pero… no puedo. Ya le he dicho que mi mujer va a dar a luz en cualquier momento, y el chico…

- Viaja con ellos. Si saben que nos hemos reunido, es probable que intenten daros caza a vosotros también. Los míos llevan siglos provocando esto, avanzando hacia el inevitable final… ¡debes de detenerlos!

- ¿Los tuyos? ¿Detenerlos yo? Únicamente soy un historiador, y en breves, seré un padre primerizo. No soy la persona que buscas.

- Los míos… el secreto está en la sangre, señor Longshallow. Busca al hermano de mi mujer, vive en la Colmena y mi hija Magdalena vive con él. Ella tiene apenas unos tres meses. No sé cómo acabará todo esto pero quizá la niña pueda ayudarte en un futuro. Mi cuñado tiene dos libros que necesitas pero te pido que cuando los leas, se los devuelvas para que mi hija pueda hacer lo mismo cuando sea adulta. El mundo tiene derecho a conocer la verdad… antes de que sea demasiado tarde.

Los dos hombres estrecharon sus manos derechas mientras la chica observaba la escena conmocionada. Su padre y el de Taylor… no era casualidad que se conocieran, pero su amigo la dijo que con las primeras Brumas él había desaparecido.

Tenía que contárselo todo y recuperar los dos libros ahora que sabía de dónde venían. Su tío únicamente le había dicho que eran un legado familiar, pero en ningún momento había mencionado su importancia o rareza.

La tierra húmeda salpicó el suelo cuando la monstruosa mano emergió del suelo justo delante de la tumba de su madre. El monstruo sacó de la tierra su otra zarpa y comenzó a desenterrar su cuerpo justo de dónde debía descansar el cuerpo de Eucharis.

Magdalena retrocedió. Esta vez no tenía ninguna puerta que atravesar, así que comenzó a correr hacia el este. La criatura la persiguió, saltando entre los árboles y destrozándolos a su paso, hostigando a la chica como un tigre que juega con su presa.

- ¡Déjame en paz! – gritó ella.

- Yo te seguiré allá a donde vayas – escuchó en su mente.

Era la voz de la bestia, tan seca como un puñado de tierra del camposanto en la garganta.

La chica llegó a los límites del cementerio, una valla de acero oxidada que acaba en diferentes puntas. Comenzó a correr hacia el sur, siguiendo el muro, intentando llegar a una puerta. Fuera únicamente había niebla. El monstruo cayó frente a ella y se irguió bípedo. Aterrorizada, ella retrocedió dos pasos mientras sus miradas no se separaban. La criatura apoyó su peso sobre sus cuartos traseros y saltó en su dirección.

- ¡Para! – gritó Magdalena.

Pero al abrir los ojos, no había nadie que pudiera escucharla. Miró a ambos lados y no vio más que la sala parcialmente iluminada de un laboratorio, lleno de probetas en las cuales había cuerpos extraños flotando en líquido. Intentó moverse, pero estaba atada a una camilla.

- Vaya, al fin te has despertado.

Era la voz cascada de un hombre viejo. No podía verlo, estaba detrás de ella. Una maquinilla de cortar el pelo comenzó a sonar a sus espaldas y el hombre la acercó a su cabeza, mientras, entre lágrimas, cabellos castaños comenzaron a caer en el suelo del laboratorio.

 


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