Magdalena - Prólogo y Capítulo I

 


Vamos a entrar de lleno en el 2021 revelando uno de los proyectos literarios del año: la publicación online de la novela Magdalena.

Sí, lo sé, este es un proyecto que he mantenido en secreto. Ya conocéis mi novela El Ministro del Silencio y sabéis que El Caballero Verde está en una etapa de desarrollo muy avanzada finalizada ya su escritura. Pero de Magdalena no sabéis nada y así tiene que ser. (Además, adelanto que veréis parte de mi obra publicada en una antología en breves... pero tenemos enero para hablar de eso).

¿Qué es Magdalena?

Una novela web de publicación quincenal. Cada dos semanas publicaré un nuevo capítulo, y entre capítulos, presentaré otra entrada donde destacaremos alguno de los puntos claves y echaremos un pequeño vistazo a lo que está por leer. Si no queréis perderos nada, suscribiros en el botón de arriba: es gratis y hará que os lleguen las publicaciones directamente a vuestro correo electrónico unas horas después de ser publicadas.

¿Es para niños? ¿A qué género pertenece?

Yo nunca limito la lectura por la edad, pero es dura. Cuando escribo me gusta recurrir a ese realismo fantástico en que por mucho que no estemos escribiendo hechos históricos, si tienen que pasar cosas terribles, pasan. Sobre el género... ¡sólo tenéis que leer el prólogo y el primer capítulo para saberlo!

Y hasta aquí puedo leer. Ahora, os toca a vosotros.


Prólogo

 

La puta policía lo había echado a patadas de aquel cajero.

“Desalojen la zona”, decían. “Peligro inminente”.

A él le daba igual. Le habían pillado mientras se masturbaba, y tres cartones de vino después, las ganas no se le habían quitado. Encima Maribel, la prostituta, no recorría la calle de siempre aquella noche. ¿Con quién diablos iba a desahogarse ahora? Seguir realizando su solitario acto sexual en algún callejón, mientras se pinchaba, era una tentación que no podía desechar del todo, pero las durezas de su mano derecha no eran ni comparables a la humedad de un cuerpo femenino.

Las calles de la ciudad estaban más transcurridas de lo que acostumbraban a aquellas horas. Serían las tres o las cuatro de la mañana, pero todos los ciudadanos que se habían visto obligados a dejar sus hogares por la Bruma estaban buscando un nuevo refugio donde pasar la noche.

“Pamplinadas”, pensó el borracho. “Quizá entre una de estas golfas encuentre a mi nuevo amor”.

Los años que llevaba viviendo en la calle le habían enseñado que en esos menesteres, no debía de ser muy escogido. “La que caiga, caerá”, era uno de los lemas que compartían entre mendigos.

Al fin y al cabo, lo único que buscaban era “vaciarse los huevos” mientras sobrevivían un día más.

Le parecía imposible recordar que un día él fue ingeniero. Las malas inversiones y un poco de mala suerte habían hecho que lo perdiera todo y que se viera arrastrado al vacío de los sin techo, un pozo sin fondo del que era prácticamente imposible salir.

Encima, los tiempos en que podían ocupar pisos sin muchas repercusiones habían acabado. La policía y los militares no preguntaban, sino que directamente disparaban a aquellos insensatos que buscaban un techo que los protegiera de los elementos, siempre y cuando no estuviera pagado por su bolsillo.

El Gobierno Central necesitaba fondos. La guerra contra aquel enemigo invisible se estaba cobrando cientos de vidas, y detectar donde iba a aparecer la próxima vez, era casi imposible.

A él le daba igual. Día a día solo pensaba en tener el estómago lleno y si tenía suerte, los huevos vacíos. Cuando se permitía soñar, también apostaba por un techo sobre el que dormir.

Alguna farola alumbraba de forma tenue aquel barrio de la Colmena. Los animales, que eran los primeros en notarlo, habían desaparecido. Únicamente los perros que eran llevados por sus familias se atrevían a ladrar, empujando enérgicamente hacia cualquier sitio que los alejara de allí. Ni los gatos maullaban, ni las ratas asomaban sus hocicos.

Las sombras y la poca luz que alimentaba una luna en cuarto creciente hacían del paisaje urbano una escala de grises.

Una chica solitaria torció a la izquierda en un cruce de caminos. Tendría entorno a veinte años, de estatura media y finas piernas cubiertas por un pantalón vaquero. A su espalda llevaba una mochila, y apretados contra su pecho, un par de libros. Su pelo era castaño y rizoso.

“Tal vez quiera ser mi novia esta noche”, pensó el mendigo.

Él no tenía más que sus ropas roídas, ya que el último cartón de vino había caído vacío junto al asfalto. Tomó el desvío a la izquierda y comenzó a seguirla.

La muchacha alertó al individuo y aceleró el paso, pero él hizo lo mismo. Aterrada, cambió de acera, pero el hombre la imitó. Tenía la barba canosa y sucia, aunque la oscuridad de la noche camuflaba los restos de comida y migas que descansaban sobre ella.

Cuando no pudo más, gritó:

- ¡Detente! ¡Deja de seguirme!

El varón, lejos de sentirse intimidado, comenzó a correr hacia ella. Aunque intentó huir, en cuestión de segundos su cuerpo golpeó el frío suelo urbano. Los dos libros que llevaba en brazos, tomos gruesos de historia y filosofía, cayeron a pocos metros de ella.

- ¡Te lo suplico, detente! – gritó al mendigo.

Sus manos intentaron zafarse del hombre que se había sentado sobre su espalda, pero apenas llegaban a tocarlo por culpa de su mochila.

- ¿No es demasiado tarde para andar sola por aquí? No te hará mal un poco de compañía – dijo el borracho, y su aliento desprendió un hedor putrefacto que no hizo más que aumentar el asco de la mujer.

Con una mano apretó su cuello contra el suelo y con la otra la agarró de los vaqueros por la cintura, intentando bajárselos. Sus bragas comenzaron a asomar: eran de tonos ocres.

- Siempre me han gustado las pijitas como tú – dijo él.

Ella consiguió girarse y pateó al hombre, impactándolo en el pecho y haciéndolo caer de espaldas.

Intentó levantarse, pero sintió unas manos frías y duras agarrándola por las muñecas. Lo siguiente que notó fue un cabezazo, y el dolor de su propia espalda al caer sobre su mochila.

- Por favor… detente… - dijo desorientada.

Una niebla verdosa comenzó a emanar desde las alcantarillas.

- Deja de resistirte y seguro que los dos lo pasamos bien. No quiero hacerte daño.

El hombre dejó caer su peso sobre ella y terminó de bajarla los pantalones. Ahora la tenía frente a frente. Se soltó la cuerda que hacía las veces de cinturón y sacó su sucio y peludo pene.

Aquellas bragas ocres eran la última frontera entre el violador y su víctima.

La niebla comenzó a ser más densa, hasta cubrirlo todo con su cortina de tonos esmeralda.

El primer zarpazo cercenó el pene del violador, y ante el shock del mismo, las fauces de la criatura hicieron el resto.

A la mañana siguiente, los servicios sociales únicamente encontraron el cadáver descuartizado de un mendigo y dos libros en el suelo: “Historia Antigua de Badgdylon” y “Credo de los Antiguos Caminantes”.

Capítulo I - Reencuentro

 

“Pereza, gula, ira, soberbia, avaricia, envidia y lujuria. Hoy en día los seres humanos disponemos de todo, ¿pero hacia dónde vamos?

Hacia el ocaso. Hacia la Bruma enviada por el Arquitecto para castigarnos por nuestros tan numerosos pecados. Los caminos de la ciencia se alejan de nuestra misión en este mundo, el arte nos condena a los excesos, y nuestra carne, débil, se marchita evadiendo nuestras responsabilidades.

El hombre avanza hacia su más trágico destino y la única manera de evadirlo es volviendo al redil y aceptando que únicamente somos obreros, peones de un plan mayor.

Únete al Culto. Marca la “X” en la casilla de la renta por nuestra institución. Con el trabajo honrado evadiremos el sino que envuelve a la humanidad en la Bruma.”

Taylor apagó la televisión. Al fin volvía a casa tras dos años de servicio, y lo último que le interesaba era escuchar propaganda religiosa. Desde que comenzó aquel fenómeno, las sectas se habían multiplicado y los militares como él servían como un primer muro para defender el orden en las calles.

Su madre lo había llamado la noche antes. En aquel tren, dormir era difícil y la vibración de su teléfono móvil había hecho que a los tres tonos respondiera. Parecía que las cosas se habían puesto difíciles en la Colmena.

Ahora le preocupaba que sus amigos estuvieran bien. Tras tanto tiempo al fin iba a poder ver a Benjamín y a Magdalena. Los tres habían hecho la promesa de que su amistad no podría romperse por mucho tiempo que pasaba y aquella iba a ser una buena oportunidad de ponerlo a prueba.

- Espabila, chaval. Cómo no salgas rápido vas a tener que ir a pata hasta casa.

Era la voz de su coronel, un hombre estricto pero en el fondo, bueno. Desde que Taylor había entrado al ejército al cumplir la mayoría de edad, Sreader había cuidado de él. Debía de recordarle a su hijo. El coronel tendría unos cincuenta años pero estaba en forma, con una musculatura envidiosa, metro novena, tez morena y pelo corto y negro. Su hijo había muerto diez años antes, durante una de las primeras Brumas, y él nunca se había recuperado.

Taylor recordaba haberlo oído hablar solo en su despacho, llorando, presumiblemente borracho, mientras perjuraba sobre su mujer. Estaban divorciados y ella había encontrado en otro hombre el consuelo ante la pérdida de su hijo ya que Sreader pasaba mucho tiempo fuera, organizando a los cuerpos de seguridad ante su nuevo enemigo.

- Tienes razón, señor. No sé ni cómo estarán las cosas para pedir un taxi – respondió él.

- Cada vez peor, últimamente están prácticamente regalando las licencias. Es un negocio arriesgado, ya que un día tienes tu vehículo y al siguiente se ha llenado todo de esa puta niebla y tu coche está destrozado. Por eso te digo que espabiles, para coger uno rápido, ¿o te apetece disfrutar del trazado urbano de la Colmena andando tan cargado?

A pesar del tono serio, sus palabras únicamente tenían la intención de ayudar. El chico tomó su mochila y su maleta y se agarró a una de las barras cercanas a la puerta del tren. Había firmado un acuerdo de pertenencia de las armas a cambio de no poder realizar una negación del servicio ni siquiera durante sus permisos, y aquella maleta era la más pesada a pesar de únicamente tener un subfusil y un par de pistolas.

En la puerta de al lado se situó un grupo de tres chavales, que lo miraron y murmuraron. Taylor no era muy social, pero tenía carácter, y en más de una ocasión había llegado a las manos con sus compañeros. Ahora lo rehuían y decían que no estaba bien de la cabeza, pero tenía sus motivos para comportarse así.

Cuando el tren paró, a él no le esperaba nadie. Sobrepasó como pudo la gran muralla de cuerpos formada por los familiares de los demás soldados, que habían ido a recogerlos, y abandonó la estación. Estaba en las afueras de Cadmillon y a lo lejos podía ver la vegetación comenzando a crecer a pesar de la contaminación, pero ahora debía de internarse en los suburbios que rodeaban la ciudad circular. La Colmena servía como muro de contención ante cualquier amenaza externa para que el Gobierno Central descansara tranquilo.

Paró al primer taxi que pudo y se subió. Los taxistas siempre conocían los horarios de llegada de los militares, así que probablemente iba a intentar timarlo.

- ¿Dónde te llevo, chico?

- A la Colmena, calle Paiden Lark número 12.

- Están las cosas feas en la Colmena, ¿has oído lo de anoche? – preguntó el taxista mientras arrancaba el vehículo.

“Siempre están las cosas feas en la Colmena”, pensó.

- No, pero todas las noches pasa algo.

- Bueno, creo que si vas allí la gente no querrá hablar de otra cosa, así que te interesará saberlo. Ha aparecido un hombre muerto. Un mendigo.

- ¿Y qué tiene de raro? Esa gente se apuñala por un cartón de vino.

- Lo raro es cómo han encontrado el cuerpo, destrozado cómo si lo hubiera matado un animal salvaje. ¡En mitad de la ciudad, dentro de los muros! Y justo en un episodio de Bruma.

El taxi atravesó los muros mientras el taxista hablaba de ellos. No eran más que enormes estructuras de hormigón que separaban los barrios más pobres de la Colmena del resto del mundo.

- Soy militar, ¿sabes? Creo que sabrás que a nosotros nos destinan donde hay episodios de Bruma. No me sorprende lo que dices.

- Ya sabes cómo somos los taxistas que hablamos de todo, pero… ¿y si tuvieran razón?

- ¿Quiénes?

- Esos del Culto. Eres militar, sabrás que siempre que aparece la Bruma se ven esas… cosas. ¿Y si de verdad son un castigo por nuestros pecados?

Taylor suspiró.

- Creo que continuaré el camino andando – dijo.

- ¡No, no! ¡No hace falta! No te preocupes que dejaremos la religión a un lado.

- Bueno, entonces zanjaré el tema. Esos del Culto no son más que unos locos aprovechados que se ríen de las desgracias de la gente para que los sostengamos con nuestros impuestos, nada más. ¿Has visto alguna vez a un monstruo cuando aparece la Bruma?

- Hum… no, realmente no. Pero la gente dice…

- La gente dice muchas cosas.

- Ya sabes que en el gremio llevamos a todo tipo de personas.

- Lleves a quién lleves, empieza a fiarte un poco más de lo que ves y no de lo que te dicen, ¡que así nos va! Es ahí.

Había sido muy borde, pero no soportaba a los charlatanes que con tal de tener un tema de conversación hablaban sin usar su propio criterio. Él había visto cosas, era su trabajo, y prefería que permanecieran en secreto.

Pagó, un poco por encima de lo que le correspondía, pero no se quejó. Tras haberlo tratado así no quería ponerse a discutir por tres o cuatro liras.

Allí estaba su casa, justo en aquel bloque de edificios industriales que habían sido construidos para albergar a los trabajadores encargados de crear la Colmena. Aunque su padre había desaparecido diez años antes, su madre había conseguido mantener la propiedad.

No crecían plantas en el suelo de lo contaminado que estaba, así que el muchacho recorrió el camino hacia su portal y tocó el timbre, que no funcionaba. La puerta no estaba bien cerrada, así que la empujó para poder entrar y subió los tres pisos andando, cargado con su equipaje. Tenía los brazos destrozados, pero aun así logró golpear la puerta.

- ¿Quién va? – dijo desde dentro una voz femenina, adulta, marcada por las inclemencias del destino.

- Soy yo, Taylor.

La mujer abrió la puerta corriendo y abrazó muy fuerte a su hijo, rompiendo a llorar.

- ¡Al fin estás aquí, hijo mío! No sabes todo lo que te he echado de menos.

- Sí, madre. Ya estoy aquí, al menos para una temporada.

- Pasa, pasa.

El chico entró en su hogar. Estaba tal y como lo recordaba, algo más polvoriento, pero igual. La habitación de sus padres seguía cerrada, ya que su madre se había mudado a la de invitados. El salón aún guardaba todos los recuerdos en fotos de papel enlatadas en diversos marcos.

Aún guardaba los posters de los grupos de música adolescentes en su propio cuarto, aunque ahora le parecía algo ridículo. Dejó sobre la cama su mochila y a su lado la maleta que contenía las armas, para unirse a su madre en la cocina.

- Vendrás hambriento, ¿no? – dijo ella mientras metía una pizza precocinada en el horno.

- Ni te lo imaginas.

- ¡Pues dúchate, que si no acaba esa Bruma conmigo, lo hará tu olor corporal!

Avergonzado, el muchacho preparó sus cosas para ducharse. Su madre le había lavado toda la ropa al enterarse de que regresaba así que no le fue difícil preparar una muda limpia.

No recordaba lo placentera que esa la sensación del roce del agua caliente contra su cuerpo, así que lo disfrutó el tiempo que pudo. Tampoco quería gastar demasiado ya que su madre vivía gracias a la pensión de viudedad y al dinero que él la enviaba de vez en cuando. Aquello le quemaba mucho, ya que no estaba claro que su padre hubiera fallecido.

- ¡Mucho mejor ahora! Recuerdo cuando eras un bebé y te bañabas con ese aceite para pieles delicadas…

- Ha pasado mucho tiempo ya – dijo él.

- Dímelo a mí. Los padres nos damos cuenta de lo viejos que somos viendo lo grandes que están nuestros hijos – respondió ella con un tono sombrío.

- Seguro que no es para tanto. ¡Dios, no me lo puedo creer!

- ¿Qué te pasa ahora?

- ¿De verdad tiene champiñones la pizza? ¡Si sabes que los odio!

- No te quejes tanto que no saben a nada.

Madre e hijo se sentaron tranquilamente a comer la pizza acompañada de algún refresco con gas. Alyn rozaría los cuarenta y cinco, pero era delgada, de metro sesenta y seis, y un cabello casi gris que añoraba el rubio mate de sus años mozos.

Cuando solo quedaban migas y alguno de los bordes de pizza que ella misma había dejado, su madre se levantó a sacar una tarta del frigorífico.

- ¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz! – se puso a cantar ella.

La tarta tenía trozos de chocolate derritiéndose sobre la nata montada, pequeños fragmentos de delicioso placer dulce.

- Pero… si hoy no es mi cumpleaños – dijo Taylor en voz baja.

- Has pasado dos cumpleaños por ahí fuera sin que tu madre pueda abrazarte, ¡es el momento de celebrarlos juntos!

Ambos comieron con lágrimas en los ojos y sin miedo al dolor de estómago que vendría después. Una vez terminaron, hablaron de temas más importantes en la sobremesa.

- ¿Qué tal te apañas? – la preguntó su hijo sin rodeos.

- Bueno, tengo lo suficiente para vivir, que es más de lo que tienen muchos por aquí.

- Estos ignorantes del Gobierno Central… no hacen más que subir los impuestos a todo, pero luego a los que trabajamos para ellos, como yo, no nos suben el sueldo.

- Hijo, tienes un trabajo, tu padre estaría orgulloso de ti.

- Y lo estará cuando yo mismo se lo diga.

- Seguro que sí.

- No hemos vuelto a saber nada de él, ¿no?

- Nada de nada. Nadie en el barrio ha vuelto a decir nada del tema. El otro día lo estuve hablando con Pili la pescadera, pero esos macarras del Culto nos cortaron la conversación.

- ¿Os hicieron algo?

- No, qué va. Simplemente se pusieron a gritar en mitad de la calle con esos altavoces que siempre llevan ellos.

- No son más que palabras, no te dejes influenciar.

- Ya lo sé, hijo, pero luego una ve que lo que ve y tiene dudas, ¿sabes?

- Que habrás visto tú, madre.

- La maldita Bruma. El otro día nos desalojaron a todos de madrugada porque apareció por aquí, ni te imaginas el frío que hacía. Y luego apareció ese mendigo muerto…

- Algo he oído, pero ya sabes cómo es la gente que lo exagera todo

- Tú estás en el ejército, ¿no hay nada que quieras decir a tu madre?

- Hay poca cosa que pueda decirte, únicamente que hagas caso a las autoridades cuando os desplacen por la Bruma. Es un asunto muy serio. Pero a esos del Culto… ni una limosna. Papá no lo habría visto con buenos ojos.

Su madre intentó no hablar más del tema ya que Taylor no era racional al respecto, así que cambió de tema.

- No sabes el tesoro que es tu amiga Magdalena.

- ¿Cómo no iba a saberlo? Si nos conocemos desde hace muchos años.

- Es que me ha ayudado mucho desde que te fuiste al ejército. El otro día, por ejemplo, me la encontré en el mercado y me ayudó a subir las bolsas a casa. Y cuando estuve mala… bueno, eso, que me está ayudando mucho esa chica.

- ¿Cómo que cuando estuviste mala? No me dijiste nada.

- No es nada de que tengas que preocuparte, una gripe, nada más.

- Tienes que contarme esas cosas, mamá.

- No puedo. Tú estás por ahí, de servicio, jugándote la vida… ¿cómo voy a preocuparte más? ¿Para que bajes la guardia y te maten? No, no, no puedo perderte a ti también.

- Madre… - dijo él con voz seca.

- Lo que te quería decir es que esa chica te quiere mucho, deberías de hacerla una visita ahora que estás por aquí.

- Claro que sí, a ella y a Benjamín. Cuando me fui aún era menor de edad… ¡y ya tiene diecinueve! ¡Qué ganas tengo de que estemos los tres juntos, cómo en los viejos tiempos! ¿Crees que seguirá tan regordete?

- ¿Qué si creo? ¡A él también le veo mucho! ¿No ves que su madre tiene una charcutería dos calles más abajo? Y ya te puedo asegurar yo que mientras sigan con ese negocio no va a bajar ni un gramo… aunque es un chaval muy agradable.

- Es un buen tipo, sí. ¿No te parece curioso que ninguno de los tres tengamos hermanos?

- Igual por eso sois tan buenos amigos, porque sois como hermanos los unos de los otros.

Taylor asintió y sonrió. Agradecía mucho haber conocido a aquellos chicos hace diez años cuando comenzó la Bruma. Una noche, en medio del caos, durante uno de los primeros desalojos, se encontraron en pijama y rodeados de mantas, llorando por el miedo que tenían a lo desconocido. Mientras sus padres andaban nerviosos a un lado y a otro, ellos tres comenzaron a hablar de cosas de críos, y esa misma semana fueron a jugar juntos al parque.

Ahora aquella inocencia se había perdido.

Tras la siesta, dejó a su madre y se fue a buscar a Benjamín. Vivía cerca, con sus padres, así que se acercó a su portal y timbró.

- ¿Sí? – dijo la voz de un hombre mayor al otro lado del telefonillo.

- ¿Está Benjamín? Soy Taylor.

- ¡Taylor! Sube, sube, que mi hijo está aquí tirado frente al ordenador.

El soldado subió las escaleras nervioso. Tenía muchas ganas de volver a verlo.

En la puerta lo recibió un hombre de unos sesenta años, bajito y regordete, prácticamente calvo y en una bata que iba a juego con sus zapatillas de andar por casa.

- ¡Pero qué grande y fuerte estás! – le dijo nada más verlo.

- ¡Buenas tardes Marcos! Se hace lo que se puede. ¿Qué tal todo?

- Muy bien, muy bien. Pasa, al fondo está Benjamín, ya conoces cuál es su habitación. ¡No se despega de esa maldita consola! Si quieres algo pídemelo, que mi mujer está trabajando.

Benjamín siempre había sido un apasionado de la informática y de los videojuegos. Su padre era un funcionario jubilado, así que económicamente les iba bien y podían permitirse vivir un poco mejor que el resto de habitantes de la Colmena.

La casa estaba perfectamente ordenada y no había ni ápice de polvo. Se escuchaba el repiqueteo frenético de los dedos de su amigo contra el teclado. Olía a maíz frito y por el suelo había calcetines sucios y camisetas de grupos de rock.

- No te despegas de eso ni para saludar a un viejo amigo, por lo que veo.

- Dios mío, ¡Taylor! ¡Metro setenta y siete de pura fibra por lo que veo! Hay que ver lo que ha hecho contigo el ejército – gritó Benjamín, sorprendido de ver a su camarada, pero sin soltar las manos del teclado.

- Tú en cambio estás más gordo, canalla. ¡Parece que no te has movido de ahí en dos años!

- No andas muy desencaminado.

Benjamín tenía el pelo rubio, como Taylor, pero corto y rizado. Llevaba ropa de deporte ajustada que apretaba su característica barriga y la barba que llenaba su cara tenía restos de comida. Los granos tampoco eran cosa del pasado, ni las gafas.

- Venga, dúchate y vamos a buscar a Magdalena – dijo el militar.

- ¿Magdalena? Desde que está con ese tal Clark no la veo nada.

- ¿Clark? ¿El payaso aquel del instituto?

- El mismo. ¡Dios, joder! ¡Es que no puedo estar a jugar y a hacerte caso a la vez! – gritó el chico al perder en el videojuego. – Dame un momento que lo quito y me ducho.

El chaval hizo lo propio, apagando la el ordenador y cogiendo ropa limpia para poder asearse y cambiarse. Olía a cerrado, así que Taylor abrió la ventana, dejando a la luz solar y al aire fresco penetrar en una estancia donde desde hacía mucho tiempo se les había negado el acceso. Benjamín tenía baldas donde descansaban, polvorientos, trofeos de una infancia en la que jugaba al tenis, pero ahora su ritmo cardiaco no lo aguantaría. Ante tal nivel de suciedad, prefirió no sentarse, así que se cruzó de brazos y esperó de pie.

Poco después regresó su amigo.

- Bueno, ¡vámonos! – dijo al aparecer frente a la puerta de su habitación.

Por alguna razón, se había perfumado, pero acostumbrado a hacerlo poco, esta vez fue exceso.

- ¡Hasta luego papá!

- Hasta luego señor Lorenz.

- Adiós, niños. No volváis muy tarde y tened cuidado – dijo Marcos despidiéndose.

Los dos amigos salieron al exterior sin retomar ninguna de las conversaciones que aún tenían pendientes, pero Taylor no pudo aguantar más una vez las calles vacías los rodearon.

- ¿Qué cojones ha podido ver en Clark? Si ella es tan buena chica y él tan subnormal.

- Yo que sé, ¿me ves pinta de tener un chocho ahí abajo? Igual la mola ese rollo de malote, o que se yo. Cuando juego al Housenite la mayoría de niños rata se pillan las “skins” de los chulos… pues igual a las chicas las gusta lo mismo.

- Nada, no puede ser, tiene que haber algo más. Es que no me pegan nada.

- ¿Qué estás, celoso?

- ¿Yo? Que va, pero me da rabia. Llevamos tantísimos años siendo amigos y no quiero que se joda la vida así.

- Dijo el que se hizo militar. ¡Por el Gobierno Central!

El tono sarcástico de Benjamín no hizo gracia a su compañero.

- Y qué que no opine lo mismo que los políticos, es un trabajo.

- Un trabajo en que defiendes sus intereses. No veas la de “manifas” que estamos montando nosotros, ¡y pum! Mi mejor amigo va y se hace militar.

- Estáis muy confundidos con esos pleitos de vuestra izquierda radical, a ver si te crees que todos los militares o policías somos de extrema derecha. Algunos únicamente queremos ayudar a los demás o tener un buen trabajo.

- Hasta que la Bruma nos separe – respondió Benjamín usando nuevamente el sarcasmo.

- Déjalo, no se puede hablar de nada enserio contigo.

- Igual te has vuelto demasiado serio estos años.

“Igual”, pensó Taylor. “Si tú hubieras visto lo que yo…”.

No tardaron en llegar al portal de Magdalena. Había un pequeño florero con flores secas junto a la puerta. El militar timbró.

- ¿Sí? – dijo una voz masculina al otro lado.

“No parece la voz de Clark”.

- Soy Taylor. He venido con Benjamín a ver si está Magdalena y quiere bajar a dar una vuelta.

- Ah, Taylor. Mi hija está enferma, pero si vas a seguir por aquí, podéis volver otro día a ver si se encuentra mejor. Buena tarde.

El hombre cortó la comunicación. Era su padre.

- Te lo dije. Está muy rara.

- Qué tiene que ver, era su padre. Nunca le hemos gustado a ese hombre.

- Tampoco creo que le guste Clark y mira como cubre a su hija.

- Bueno, podemos tirarla piedrecitas en la ventana.

- ¿En la ventana? Vive en un sexto, ¿recuerdas? Imagínate que te cargas algo. Anda, deja de hacer el canelo y vamos a tomar algo. Cuando la apetezca ya se dejará ver.

Taylor asintió. Los dos amigos fueron a uno de los bares locales de aspecto sombrío, donde la suciedad de los cristales apenas dejaba pasar la luz del sol. Los punkis, amigos de Benjamín, miraban mal al militar, pero este no quiso buscar conflicto.

- Que les den, nosotros a lo nuestro – dijo el gordito.

- Bueno, son tus amigos.

- Tú también. Ya hablaré con ellos. ¿Qué quieres tomar?

El más mayor de los dos sacó un billete de la cartera y lo puso sobre la mesa.

- Una Rock Damm, y tú pídete lo que quieras que a la primera invito yo.

- ¡Marchando dos Rock Damm!

Pronto comenzó a anochecer mientras ambos amigos se ponían al día entre cervezas y algún que otro cigarrillo. Mientras tanto, lejos de allí, en el centro de la ciudad, dos altos cargos se reunían en secreto.

- ¿Tienes los libros? – dijo uno de ellos. Su tono era seco y fuerte, muy masculino y adulto.

- Sí – respondió ella. – Alguien está metiendo las narices donde no le llaman.

- Guárdalos bajo llave donde nadie ajeno a nuestra organización pueda encontrarlos.

- Había pensado hacerlo en la base al norte de Cadmillon, junto al granero abandonado.

- Donde sea, pero no dejes ninguna evidencia de dónde pueden estar. Y una cosa más.

- Dime, señor.

- Busca a su portador y siléncialo.

La mujer sonrió y abandonó la sala acompañada por el ruido de sus tacones.


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