Reflexión en prosa - El Beso de Buenas Noches

 


Después de unas semanas bastante atareado tanto en la laboral como en la redacción de El Caballero Verde (la que sabéis será mi próxima novela, pero igual he de finalizar otros proyectos antes de publicarla ya que quiero usarla para certámenes literarios), hoy os traigo una pequeña pizca de nostalgia.

Cuando salgo a correr visualizo mis proyectos novelísticos como si fueran películas, y así desarrollo la historia ante mis ojos, pero convocar tal poder tiene un precio: el de recordar cosas que uno no quiere, y cuestionarse hasta las mismas capas de la existencia.

De forma bastante imperfecta, os dejo esta narrativa de tarde de domingo desde el corazón del Barrio de las Letras en Madrid. A ver si vivir a 50m de la casa de Cervantes y de la de Lope de Vega hace que se me pegue algo.

El Beso de Buenas Noches

Son las cosas más pequeñas las que cobran mayor importancia. Correr, reír, comer, llorar… día tras día caemos en la rutina de vivir viendo los segundos pasar como hojas caídas en otoño.

Y no nos damos cuenta de que esas hojas, lejos de marchitarse, se pudren en el alma, alimentando a la nostalgia que años después termina germinando en nuestro ser.

Los mismos pies pero distintos zapatos recorren los adoquines, y como dijo el poeta, los que cambiamos somos nosotros. Lo que ayer era un niño regordete y juguetón, hoy refleja en el espejo un gigante barbudo más cercano de la idea que tenía de su padre de joven que de la que aún guarda de sí mismo. Tanto frío y un incendio en su interior.

¿Y en unos años? Dios dirá, o el hombre que lo creó. El ciclo dará paso a una nueva vida como la noche siempre añora al amanecer, y el niño será padre, y también abuelo, y el nieto llorará y la tierra beberá de aquellos que ella misma engendró.

Por eso cada noche, entre las ocho y las diez, siento en mi mejilla el beso de buenas noches de mi abuela sintiéndome otra vez el niño que no hace mucho dejé de ser.


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